2/10/22: DOMINGO 27 DEL AÑO “C”

Ha 1,2-2,4 + 2 Tm 1,6-14 + Lc 17,5-10

Señor, auméntanos la fe

Jesús había estado hablando a sus discípulos sobre el perdón. Les había dicho: «Si tu hermano te ofende, repréndele y si cambia de actitud, perdónale. Aunque te ofenda siete veces en un día, si siete veces viene a decirte "me arrepiento", perdónalo» (Lc 17,3-4). Al escucharle, los discípulos se vieron tan pequeños, tan incapaces de vivir aquello que les proponía que le pidieron ayuda: «Señor, auméntanos la fe».

Las grandes causas necesitan de la fe

Las grandes causas necesitan de la fe, de la fe que se hace convencimiento de que aquello que es justo y bueno es posible alcanzarlo y merece la pena empeñar la vida en ello. ¡Cuántos avances sociales han sido posibles gracias a que algunas personas lo vieron claro y apostaron por ello, convencidas de que con su lucha hacían posible una sociedad mejor! Y trabajaron y lucharon por hacerlo realidad, aunque las dificultades parecieran insalvables.

La fe de la gente cotidiana

Pero no es necesario ir tan lejos. También, aquí y ahora, la vida nos muestra a «pequeñas-grandes» personas que viven con fe en sí mismas, con fe en los demás, con fe en la humanidad. Padres y madres que se desvelan porque sus hijos no solo saquen una buena carrera, sino que sean, antes que nada, buenas personas; personas anónimas con fe en sí mismas, que se levantan cada mañana a pesar de los fracasos profesionales, de los desamores, de los abandonos, del peso de los años; ángeles anónimos que siempre regalan una sonrisa, comparten una soledad, aportan unos euros para una causa, etc. La fe es confianza, convencimiento, determinación Para vivir y luchar por una vida digna nos es necesaria la fe. Para amar y perdonar, como Jesús, necesitamos de la fe. Para trabajar junto a Él por el Reino de Dios necesitamos de la fe. Las opciones importantes en la vida solo las tomamos desde el convencimiento y únicamente permanecemos en ellas desde la determinación.

¡Si tuvierais fe!

Jesús sentía admiración por las personas con fe. Recordemos cómo a la mujer con flujos de sangre le dijo: «Ánimo, hija, por tu fe has quedado sanada» (Mt 9,22); y cómo, al ciego Bartimeo le dijo: «por tu fe has sido sanado» (Mc 10,52). Jesús sintió admiración por la fe de aquellos hombres que descolgaron a un paralítico desde el tejado para que pudiera llegar hasta él (Lc 5,17-26); y admirado por la fe de un oficial romano dijo a la gente: «Os aseguro que en Israel no he encontrado tanta fe como en este hombre» (Lc 7,9). Hoy, Jesús podría decirnos: «si tuvierais fe como un granito de mostaza», el mundo sería una casa más habitable para todos; la vida sería menos dura para mucha gente; la Iglesia sería más evangélica; vuestra vida sería una buena noticia, una noticia feliz para todos los que os conocen y rodean.


25/9/22: DOMINGO 26 DEL AÑO “C”

Amós 6,1-7 + 1 Tm 6,11-16 + Lc 16,19-31

Se acabó la orgía de los disolutos

El profeta Amós denuncia a lo largo de todo su libro los abusos y las injusticias que tienen lugar en el Israel de su tiempo, lo que traerá el inevitable castigo sobre el pueblo. En la primera lectura vemos cómo anuncia a los que son en aquel momento los principales del pueblo que también serán los que encabecen la marcha hacia el destierro en el despojo total. Pero Amós destaca que el castigo tiene su causa, y esta es el abuso que hacen los ricos y poderosos de su tiempo que viven en lujosos palacios, banquetean espléndidamente y carecen de la compasión solidaria con los acontecimientos del pueblo de Dios. Esto genera una serie de injusticias, pues esta situación de bienestar solo pueden permitírsela los ricos a costa de los pobres, olvidándose de ellos y oprimiéndolos. Esta forma de actuar es completamente contraria al espíritu que Dios exige de su pueblo. Esta actitud encuentra su respaldo en una interpretación falsa de la religión y apoyada por unos jueces de los que dirá el propio Amós en otro lugar: «convierten la justicia en amargura y arrojan el derecho por tierra» y que «odian a los acusados y detestan al que habla con franqueza».

El rico y el pobre Lázaro

En la línea de la denuncia de los profetas, presenta Jesús a los fariseos que se preocupan solo de su propio bienestar despreocupándose de los más pobres. En esta parábola vemos a un rico que se despreocupa de todo para vivir bien y no solo se despreocupa sino que crea injusticia a su alrededor, pues es totalmente ajeno a la miseria de aquel que junto a su puerta se alimenta de lo que tiran de su mesa.

La riqueza insolidaria y desmedida de uno trae la pobreza y la miseria del otro, lo que supone que si no hubiera tanto rico derrochador no habría tanto mendigo a las puertas. Es lo que Jesús quiere hacer entender a los fariseos con esta parábola llamándolos a la conversión, pues el destino del rico, que con su actitud insolidaria está produciendo una grave injusticia, es la muerte, mientras que el destino del pobre es la vida. Por eso urge una conversión desde la Palabra de Dios, porque si no es así, ni aunque un muerto resucite, ni aunque suceda un milagro cambiarán de actitud.

¿Y nosotros?

Esto a nosotros nos llama a la reflexión, pues aunque es cierto que todos somos víctimas de la crisis, que a nadie nos sobra mucho, también es verdad que somos ciudadanos del primer mundo, que tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas y que, incluso, nos permitimos algún capricho, y que lo que para nosotros son necesidades básicas, para otros son lujos inalcanzables, pues en nuestro mundo tenemos una realidad incuestionable; y es que hay unas 70.000 personas que mueren cada día de hambre, que con lo que unas pocas naciones tiran o desperdician podrían salir de la pobreza otras muchas. Por eso, si no queremos convertirnos en el rico injusto de la parábola, esto no puede dejarnos indiferentes y adoptar-una actitud de «austeridad solidaria», o como nos dice el lema de Cáritas: «Vive sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir»

Que cuando hoy nos dispongamos a partir y compartir el Pan del cielo, el Señor nos dé un corazón solidario para compartir el pan de la tierra con nuestros hermanos necesitados.


18/9/22: DOMINGO 25 DEL AÑO “C”

Amós 8,4-7 + 1 Tm 2,1-8 + Lc 16,1-13

¿Dios está de parte de la injusticia?

Esta frase de la parábola puede resonar en nosotros al acabar la lectura de este evangelio: «y el amo alabó al administrador injusto». Y a partir de aquí empieza la confusión: ¿cómo es posible que se alabe a este administrador ladrón, mentiroso y defraudador? Y si encima identificamos al amo de este administrador con nuestro propio Dios entonces el desconcierto podría ser total. Sin embargo, nada más lejos, Dios no alaba la mentira ni está de parte de la injusticia. Vayamos por partes.

Es una paràbola

No estamos ante un discurso doctrinal de Jesús sino ante el relato de una parábola. Esta solo nos la relata Lucas y no debemos olvidar el carácter peculiar de estos relatos. Con las imágenes y hechos narrados Jesús busca atraer la atención de sus oyentes y transmitir, eso sí, un mensaje claro y diáfano. En nuestro caso dicho mensaje lo podríamos resumir así: ser astutos para el bien. Y como enseñanza complementaria: amar a Dios y hacer un uso recto del dinero.

La figura del administrador injusto

Si hay un personaje que centra la atención en la parábola es este. Fijémonos en él. Su amo había puesto la confianza en él, el administrador la había traicionado malgastando sus bienes. Y una vez descubierto, nuestro personaje estuvo muy hábil y muy rápido para buscar una solución airosa para su vida. De nuevo recurrió a la treta del engaño y el fraude, pensando solo en sí mismo. Jesús ha dibujado con maestría este personaje. El veredicto que se espera sobre él es el peor. Sin embargo, Jesús acaba poniendo en labios del amo unas palabras de alabanza porque había actuado con astucia. Hasta aquí la parábola, a continuación -esto también hay que leerlo-vienen las palabras claves de Jesús: los hijos de la luz (los cristianos) tenemos que ser igual de astutos que los hijos de este mundo. Astutos, pero astutos y rápidos siempre para el bien, nunca para el mal o el engaño.

Dios y el dinero

Este segundo mensaje está muy presente en la obra de Lucas. Del dinero nos tenemos que servir, no hacerlo nuestro Dios. Son conocidos los casos en los que alguna persona ha arruinado su vida por buscar solo tener más dinero, acumular más, ganar más. Es un círculo vicioso que puede deshumanizar a la persona. Que nuestra fidelidad sea siempre para el Señor y nunca para ese afán de tener. Nuestro amor a Dios, a nuestros seres queridos debe estar por encima del dinero. Y nuestro amor debe tener consecuencias prácticas, debe estar despierto, ser rápido, actuar. Repetimos: astutos siempre para el bien.


11/9/22: DOMINGO 24 DEL AÑO “C”

Ex 32,7-14 + 1 Tm 1,12-17 + Lc 15,1-32

¿En qué Dios creemos?

¿En el Dios de los escribas y fariseos o en el Dios de Jesús? ¿En el Dios de la ley fría y rígida o en el Dios de la misericordia que nos muestra Jesús? ¿En el Dios de tradiciones inamovibles o en el Dios que, cada día, hace nuevas todas las cosas? ¿En el Dios de las personas religiosas y cumplidoras o en el Dios que busca a sus hijos perdidos? ¿En qué Dios creemos? Es bueno hacernos preguntas. No hemos de tener miedo. «La verdad os hará libres», nos dice Jesús. En él descubrimos la verdad sobre Dios, él es la respuesta a nuestras preguntas.

El Dios de los escribas y fariseos

Aquellos escribas y fariseos no se hacían preguntas. Estaban seguros de su fe y de su doctrina. Creían saberlo todo y, por eso, se habían vuelto arrogantes. Se creían poseedores de la verdad sobre Dios y la imponían al pueblo. Habían edificado una religión que, en nombre de Dios, dividía y excluía. A un lado los cumplidores de la ley, al otro lado los pecadores. A un lado los creyentes y al otro los descreídos. Con Jesús llegó una novedad insospechada, una novedad que rompía con una manera de entender y vivir a Dios. Una novedad tan radical que a muchos se les hizo imposible de aceptar. «Ese acoge a los pecadores y come con ellos», decían. Para muchas personas religiosas era inconcebible que un hombre de Dios hiciera lo que acostumbraba a hacer Jesús. Acoger a pecadores y comer con ellos era un escándalo.

Las parábolas de la misericordia

Y Jesús les explicó por qué hacía todo aquello. Se lo explicó con parábolas sencillas y claras como la luz del día. En ellas hablaba de un Dios que es como una mujer que busca la moneda que se le perdió; que es como el pastor que busca a la oveja que se le había perdido; que es como un padre bueno que espera a la puerta de casa al hijo que se marchó y se perdió.

¿Creo en el Dios que nos anuncia Jesús?

¿Un Dios que me busca, que nos busca, que desea para todos una vida feliz y dichosa? ¿Un Dios que es feliz cuando nos encuentra? ¿Qué sale corriendo a abrazarnos cuando volvemos a casa? ¿Un Dios que busca a los que se perdieron y a los que perdimos porque los abandonamos en el camino? Estas parábolas de Jesús deberíamos guardarlas en el corazón como un tesoro. Deberíamos volver a ellas a menudo porque nos revelan la experiencia más íntima que vivía Jesús y quería trasmitirnos: que Dios es misericordia.


PRIMER DOMINGO DE SEPTIEMBRE:

FIESTA DE SANT LLOP

Sa 9,13-18 + Fil 9-17 + Lc 14,25-33

Jesús marca nuestro camino

El Evangelio nos presenta las «exigencias» del seguidor de Jesús. Los deberes del discípulo se apoyan en la experiencia de encuentro con el Señor y en la relación intensa con Él. Sin estas, difícilmente podremos estar a la altura de la vocación a la que hemos sido convocados: estar con Jesús y anunciar su mensaje, ser «discípulos misioneros». Para hacerlo posible es necesario posponer todo, cargar con la propia cruz y renunciar a las seguridades en las que tantas veces ponemos nuestra esperanza.

Sin aferrarnos a las seguridades

Las palabras de Jesús son muy claras y nos resultan muy duras y radicales. ¿Podemos vivir sin seguridades? ¿Qué significa que tenemos que renunciar a todo? Sabemos que Él lo hizo. Abandonó la seguridad de su entorno familiar y puso, en primer lugar, su misión de anunciar el Reino de Dios. Jesucristo nos invita a vivir libres de las ataduras que nos impiden seguirlo y a comprometernos con su mensaje. Él nos recuerda que no hay mayor seguridad que la confianza en Dios. Esta es la experiencia de mayor libertad, puesto que toda nuestra vida pasa a estar iluminada y orientada por su voluntad. ¡Él es la mayor verdad!

Sin miedo a las dificultades

Las dificultades son nuestras cruces y limitaciones. La mayor dificultad para seguir a Jesús es el pecado y la falta de coraje para seguirlo. Pero en nuestros cálculos para vivir la fe no podemos olvidar que Dios mismo «tira» de nosotros, que su Palabra nos orienta, su gracia nos fortalece y la comunidad cristiana nos ayuda. Naturalmente que tenemos que poner de nuestra parte..., sin nuestro compromiso y voluntad no sería posible. Para seguir los pasos de Jesús hay que experimentar su llamada..., pero también responderle con convicción: ¡Señor quiero vivir tu Evangelio!

Así lo hizo María

María, la madre del Señor y su primera discípula, vivió la confianza de la fe y el riesgo de seguirlo. Ella fue la primera que renunció a todas las seguridades y puso toda su confianza en Dios. Supo comprender su voluntad y le dijo que sí, asumiendo un futuro incierto. ¿Qué significaba ser la madre de Dios? Ella sabía que iba a ser un camino diferente, único y lleno de dificultades e incomprensiones... Sin embargo, no lo dudó, se fio de Dios y recorrió el camino de la fe en el que se unen la seguridad de Dios y la certeza de la cruz. El día 8 también recordamos la Natividad de María, la Madre de Dios. Que su ejemplo y su intercesión nos ayuden a nosotros a seguir los pasos de Jesús.


28/8/22: Diumenge 22 de l’any “C”

Sir 3,17-29 + He 12,18-24 + Lc 14,7-14

Jesús no evita las situaciones conflictivas

. Jesús quiso entrar a comer a la casa de uno de los principales fariseos y seguro que no le sería fácil porque algunos de los fariseos siempre estaban acechándolo. La intención de Jesús sería -como siempre- sana y sin doblez. Querría estar con ellos, comer con ellos, dialogar con ellos y anunciarles, eso sí, la Buena Noticia de Dios. Sin embargo, esta intención buena de Jesús a esos fariseos la convierten en sus corazones en algo malo, pues están espiando a Jesús, buscando ver el resquicio, la equivocación que Jesús pueda cometer para reprochársela enseguida. No se puede vivir siempre sospechando del otro, al final quien así actúa él mismo determina cómo va a ser su corazón: frío y desconfiado.

¿Qué lugar ocupar?

Jesús no pierde detalle, enseguida observa que esos comensales ocupan los primeros puestos en la mesa. Sabrán mucho de leyes y de interpretar la Torá estos fariseos, pero de humildad saben poco. Por eso Jesús, con gran paciencia, les cuenta esta parábola de los invitados a la boda. Parábola que como tantas veces sucede no hay que explicar, se explica por sí misma. En este caso lo difícil es cumplir el mensaje que nos ofrece. No se trata tanto de elegir una silla u otra, sino de que cada uno pensemos cuál es nuestro lugar en el mundo, en nuestra familia, en nuestra parroquia, con nuestros amigos... y desde ahí, desde el lugar que cada uno vivimos, qué actitud tomamos ante la vida. Básicamente son dos las actitudes: el orgullo o la humildad. El creerse y/o querer ser más que los demás o aceptar con sencillez y alegría quien soy, lo que tengo y todo lo que Dios me ha dado. La humildad no hace de menos a la persona ni la denigra. Es una forma de vivir, una actitud ante la vida que nos propone Jesús.

Hacer el bien sin buscar reconocimientos.

Después de la parábola de la boda Jesús se dirige a su anfitrión, su enseñanza aún no ha acabado. Ahora ya no solo se trata de ser humilde sino de subir otro peldaño más en la perfección: no buscar correspondencias. No hagas el bien pensando o desando que te devuelvan el mismo bien que tú has hecho. Por eso Jesús, siguiendo el mismo hilo temático de las comidas, cenas y banquetes, pide a su anfitrión que no invite a todos aquellos que le puedan devolver la invitación. Hacer el bien siempre es loable, pero si la actitud con la que lo hacemos es desinteresada y gratuita al cien por cien, este buen hecho tendrá un valor mayor.


21/8/22: DOMINGO 21 DEL AÑO “C”

Is 66,18-21 + He 12,5-13 + Lc 13,22-30

■ Falsa seguridad.

Los judíos en tiempos de Jesús y especialmente los notables piadosos y religiosos se sentían superiores a los pueblos vecinos. Pertenecían al pueblo elegido. Sólo ellos conocían los mandamientos de Dios y cumplían sus preceptos. Por eso eran admirados y venerados por el pueblo. Eran hijos. de Abrahán, y sin embargo es a ellos a quienes Jesús dirige su reprensión, porque se comportaban como orgullosos y seguros de sí mismos.

Todos los que vamos a misa somos cristianos, no lo podemos poner en duda: estamos bautizados en el nombre de Jesucristo y podemos llamarnos cristianos. Hicimos la primera comunión, nos confirmaron, nos hemos casado por la Iglesia, vamos el domingo a misa, de vez en cuando nos confesamos; todo está en orden, tenemos reservada una entrada para el Reino de los Cielos. Nos sentimos seguros y protegidos, pues sabemos que Dios es un Padre amoroso que perdona nuestras debilidades y deslices con los que nos separamos de Él.

Según el evangelio, las cosas no parecen tan sencillas como nos las habíamos imaginado. En el evangelio se habla de la «puerta estrecha», incluso de la «puerta cerrada», y del «llanto y rechinar de dientes».

Para Jesús no hay una salvación automática; por eso no contesta a la pregunta con cifras sino con la exigencia de «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha». No la especulación sobre quién se salva y quién no, sino solamente el esfuerzo.

■ La puerta del Reino de los Cielos.

¿A qué puerta se refiere Jesús en el evangelio? ¿Adónde conduce esa puerta? La puerta del Reino de los Cielos, la puerta a Dios. ¿Y dónde está esa puerta? Es difícil decirlo. Puede ser la puerta de un hospital, donde visito a un enfermo. Jesús mismo ha dicho: “Lo que hacéis a uno de estos pequeños, me lo hacéis a mí”. Puede ser la puerta que traspaso para pedir perdón a otro, cuando le he hecho daño. Puede ser la puerta por la que salgo fuera, a la naturaleza, a la admirable creación de Dios. Puede ser la puerta de la iglesia, por la que entro para estar con Dios.

Cuando Jesús habla de que debemos intentar con todas las fuerzas entrar por la puerta estrecha, no se refiere a la fuerza de los músculos sino a otras fuerzas que posee el ser humano. Hay muchas fuerzas que pueden ayudar al hombre a entrar por la puerta, también por la puerta estrecha. A menudo necesito la fuerza de la atención para ver la puerta y no pasar de largo. Necesito la fuerza del valor porque se requiere mucho ánimo para ir al otro y pedirle perdón. Hace falta valor a veces para ir a la iglesia. Necesito la fuerza de la compasión y de un buen corazón cuando visito enfermos. Son puertas cotidianas del todo, quizá incluso la puerta de mi propia vivienda. Y detrás de esa puerta descubro a. Dios, si me esfuerzo por atravesarla.

15/8/22

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Ap 12,1-10 + 1 Co 15,20-27 + Lc 1,39-56

María, una vida llena de encuentros

María, la humilde joven Nazarena, vivió múltiples experiencias que determinaron su vida, pero también la nuestra; desde el encuentro con Dios que, por medio de su ángel, le invitó a ser la madre del redentor y al que, aun sin saber muy bien qué significaba, se atrevió a decir «¡Cuenta conmigo!»; hasta la relación con su propio Hijo, Jesús, a quien escuchó y siguió desde su concepción hasta su muerte y resurrección, convirtiéndose, para nosotros, en modelo de creyente; pasando por el viaje, ya embarazada, para ayudar a su prima Isabel necesitada de apoyo; y también el camino vivido con los seguidores de Jesús, la Iglesia naciente, que vivía a trompicones la enseñanza del Maestro. Así y en mil momentos más, fue acogiendo la voluntad de Dios, dejando moldear su corazón y cambiando, con sigilo, la historia de la humanidad.

María, bendecida por Dios, es bendición para los demás.

María supo reconocer y acoger la voluntad de Dios en medio de todas las circunstancias de su vida, incluso en las adversas y amargas donde podía no resultar evidente. Ella «proclama la grandeza del Señor» presente en la vida de las personas, dando consuelo, curando y levantando a los postrados. Ella ha experimentado que Dios no es indiferente ante sus hijos necesitados y que siempre sale en nuestra ayuda, muchas veces, por medio de otras personas. Ser bendecidos por Dios no significa que se cumplan nuestros planes o que gane nuestro equipo, sino reconocer que Él sale a nuestro encuentro y nos invita a abrir nuestra vida a su voluntad. Así Dios podrá nacer, crecer y vivir en nosotros, como lo hizo en María, y, a través nuestro, llegar al mundo entero.

María, llevada al cielo

En María se encuentran Dios y la humanidad. Su capacidad de acoger la voluntad de Dios y no ponerle barreras la hace ser una puerta abierta entre Dios y nosotros, entre el cielo y la tierra. Su docilidad para albergar en su corazón al mismo Dios, nos enseña a confiar en Él absoluta- mente. Su humildad siendo «una más» ante la Iglesia naciente, la hace merecedora del reconocimiento universal. Su compromiso con las personas, anteponiéndolas a ella misma, la hace ser la mujer más excepcional...

Todo en ella es bueno, todo en ella es amor, todo en ella es de Dios. Por eso celebramos que María es llevada al cielo. No es una conquista, es un don del mismo Dios que cautivó a María y la hizo ser referencia para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia. Que ella, que sabe bien de nuestra vida, interceda por nosotros.



14/8/22: DOMINGO 20 DEL AÑO C

Jer 38,4-10 + He 12,1-4 + Lc 12,49-53

La palabra profética

La vida de Jeremías, como la de Jesús, incluyen la denuncia profética, y expresan deseos de cambios profundos nacidos de la voluntad de Dios. La situación puede y debe cambiar, y este anuncio acarreará riesgos para la vida del profeta y división entre sus oyentes. Por esta vocación profética Jeremías conocerá la cárcel, y Cristo será la «bandera discutida» preconizada por el anciano Simeón. División que Jesús asume como parte de sumisión salvadora y transformadora. La palabra profética será perseguida, la querrán apagar quienes dicen ver en ella un peligro para el pueblo. La razón de fondo es que peligran su situación y privilegios respecto de ese pueblo al que dicen servir y proteger

Paz

Resulta fuerte oír en labios de Jesús las palabras «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Y una división que afecta a los lazos familiares más profundos, de padres e hijos. Contrastan estas palabras con la paz que canta al nacimiento de Jesús, y la paz que despide su contacto último con los discípulos en los textos de resurrección. Toda una vida bajo el signo de la paz.

Un deseo ardiente

Es el mismo evangelio de hoy, sus primeras palabras, las que nos pueden ayudar a comprender esta paradoja: la división nacerá de los mismos deseos de Jesús expresados con la imagen «ardiente», la imagen del fuego: «¡He venido a prender fuego en el mundo!». Con que viveza expresa Jesús el deseo de que las cosas cambien. Un cambio nada superficial, sino un cambio desde la raíz. Jesús está viviendo en medio de un pueblo que sufre, un pueblo sometido a otros que le someten, dominio político extranjero, pobreza del pueblo sencillo que sufre para hacer frente a su penuria, juicio, religioso y exclusión de la Ley por parte de quienes presentan con dureza hipócrita a un dios duro, como ellos, un dios hecho de condenas y preceptos menores que cargan como losas pesadas sobre la conciencia del pueblo dominado por su prepotencia religiosa.

Seguidores fieles de Jesús

Liberar a esos oprimidos, anunciar a esos pobres la Buena Noticia, proclamar a un Dios de gracia, serán las señas mesiánicas de Jesús. A lo largo de la historia, han sido muchos los seguidores fieles de Jesús que, con su vida y palabra proféticas, han prolongado el deseó de su Señor, y les ha ardido el corazón en la tarea de construir el Reino. Hacen posible que el mundo arda en llamas de justicia, de paz verdadera, en llamas de amor, libertad y solidaridad hacia los últimos, hacia la periferia del mundo.

Con esos deseos Jesús, con su vida entera, queremos comulgar quienes participamos hoy en esta Eucaristía.


7/8/22: DIUMENGE 19 DE L’ANY “C”

Sa 8,6-9 + He 11,1-19 + Lc 12,32-48

Un poco de orden

El evangelio de este domingo es relativamente largo, nos encontramos en él dos parábolas distintas diferenciadas por la pregunta de Pedro y una enseñanza al inicio sobre los bienes materiales y la verdadera riqueza. Por si esto no fuera poco no faltan palabras de Jesús de no fácil interpretación como las finales de este evangelio que dicen que «al que mucho se le dio, mucho se le reclamará». Así que es necesario poner un poco de orden y contemplar nuestro evangelio de forma unitaria y no segmentada. Y sobre todo, antes de cualquier consideración, atender bien a las primeras palabras del texto que contienen una palabra de aliento («no temas») y la formulación de una promesa ya realizada: Dios nos ha concedido ya el Reino.

El tesoro inagotable

«Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». Esta frase tan clara de Jesús no deja lugar a dudas. Es verdad que en esta ocasión el término de la comparación es la riqueza, los bienes materiales. O, mejor dicho, el uso que hagamos de ellos. Una forma de lograr ese tesoro auténtico, nos dirá Jesús, es compartir los bienes y dar limosna. Este medio prepara nuestro corazón para que el dinero no lo estropee.

Primera parábola

Tenemos que estar preparados porque el Señor va a volver, no sabemos la hora. Pero en ningún caso interpretamos esta parábola en términos de amenaza, sino más bien de llamada de atención, de invitación a la vigilancia. Estamos todos tan pegados a nuestra realidad cotidiana, a los afanes de nuestro trabajo, de nuestra familia, de la sociedad... que a veces se nos puede pasar por alto que nuestro paso por esta tierra es transitorio. Tenemos que levantar la vista y mirar el horizonte de nuestra vida terrenal, sabiendo que después de este la vida no se agota.

Segunda parábola

Estar vigilantes sí, estar preparados. La segunda parábola tiene un tema parecido a la anterior, pero en esta aprendemos que mientras esperamos esa llegada última del Señor no nos tenemos que quedar de brazos cruzados. Se trata de ponernos a trabajar sirviendo a nuestros hermanos. Como aquel administrador fiel y prudente que cumplió su trabajo correctamente. Tenemos que estar vigilantes para descubrir al Señor que hoy ya viene a nuestras vidas. Tenemos que no perder la esperanza del cielo, prepararnos para esa definitiva llegada del Señor. Y mientras tanto, ser responsables, y hacer fructificar lo mucho que el Señor nos ha dado, por amor y por sincero agradecimiento.


31/7/22: DOMINGO 18 DEL AÑO “C”

Coh 2,21-23 + Col 3,1-11 + Lc 12,13-21

Instrucción de los discípulos.

El evangelista Lucas, sitúa a Jesús en el marco de su viaje a Jerusalén, dónde va instruyendo a los discípulos. Aquí, concretamente les habla de la inutilidad de las riquezas, del poseer. Para ello utiliza esta parábola del «rico necio», que nos presenta el evangelio.

Jesús no es juez de pleitos de riquezas injustas.

El evangelio comienza presentando a uno que pretende comprometer a Jesús en un pleito de herencias, pleitos que, incluso hoy, son causa de enfrentamientos cainitas entre hermanos, entre familias... y que hacen brotar la codicia de las personas, pero Jesús deja claro que Él no ha venido a este mundo para dirimir cuestiones económicas y aprovecha la ocasión para advertir severamente contra los peligros de la codicia, pues posiblemente el pleito entre los hermanos sería para aprovecharse el uno de la parte del otro. Por ello Lucas habla de la banalidad de las riquezas en este mundo.

Criterios y valores que mueven nuestra vida.

En el fondo, esta Palabra, confronta dos maneras de entender la vida, de plantearnos qué criterios nos mueven, qué valores defendemos. Porque podemos darnos cuenta de que, en última instancia, las riquezas de este mundo, trabajar para disfrutar, enriquecemos sin preocuparnos por los demás genera en nosotros ansiedad y nos aboca al sinsentido, es la experiencia de Qohélet en la primera lectura. Para el que se preocupa únicamente de sí mismo acumulando riquezas, muchas veces, de manera injusta, todo es vanidad, la vanidad de unas riquezas que no podremos llevar con nosotros en el momento supremo. Es lo que plantea el evangelio con esta parábola del rico necio, de donde podemos deducir que el rico es necio, porque él se irá sin poderse llevar sus bienes; los bienes de aquí no duran, por tanto, solo merece la pena lo que dura para siempre, y experimentamos que el dinero es un amo; si le servimos no servimos al verdadero Amo que es al que hay que servir.

Vaciedad de las riquezas de este mundo.

Desde aquí vemos que las riquezas de este mundo no traen la felicidad al hombre, no dan al hombre el auténtico sentido de su vida, más bien lo abocan a la frustración y a la depresión.

La auténtica riqueza tenemos que buscarla en «los bienes de allá arriba», como nos dice san Pablo en la segunda lectura y esto supone ser consecuentes con nuestra condición de bautizados. En el bautismo fuimos incorporados a la muerte y Resurrección de Cristo y tenemos que vivir una vida nueva, una vida en Cristo resucitado. Para esto nos dice san Pablo que tenemos que despojarnos de nuestra vieja condición, tenemos que matar al hombre viejo que quiere permanecer en nosotros con sus obras. Renunciar a la codicia, avaricia, etc. Tenemos que vivir como criaturas nuevas construyendo un nuevo orden, una nueva vida basada en la fraternidad, en la justicia, en la unidad, en la solidaridad, sobre todo con aquellos que más lo necesitan.



24/7/22: DOMINGO 17 DEL AÑO “C”

Gen 18,20-32 + Col 2,12-24 + Lc 11,1-13

Llamados a vivir en relación con Dios.

Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. Esta es nuestra vida de cristianos, de hijos de Dios. La dignidad y grandeza nos viene dada, porque estamos llamados a vivir en la presencia del Padre. La Palabra de Dios nos acerca a esa relación de confianza y cercanía, de cada persona con Dios. Porque hemos sido creados por Amor y para el amor (a Dios y a los hermanos). Y porque nuestra oración-relación con este Padre lo llena todo: la oración no es un adorno, ni un añadido, a lo que ya somos y vivimos. Es ese clima y relación que ilumina toda realidad, en donde encontramos apoyo, sentido y fortaleza. La nuestra no ha de ser una relación como pidiendo razones o exigiendo comportamientos a Dios, sino algo natural, sencillo: la relación con un Padre del que esperamos en cada momento lo mejor que nos puede dar.

De tú a Tú.

Abrahán, que vivió confiando en Dios, «negocia» y habla a su Señor, casi hasta el cansancio, desde la confianza total, pidiendo el perdón para los demás..., hasta conseguir la atención de Dios. Confianza, insistencia, mirar por los demás..., y apelar a la justicia de Dios que se manifiesta en favor de las personas. Dios no está lejos de su pueblo, de sus hijos, sino que mira y baja a ver las razones de su acusación. Aquí no hay ningún temor, sino total confianza en que, aunque exista razón para la condena, el amor del Padre se manifiesta en el perdón y la misericordia. No destruiré la ciudad, dirá Dios, sin encuentro en ella algún justo.

Dios siempre nos escucha.

La relación-oración con Dios siempre es escuchada. No hablamos a una idea, sino a una presencia que nos guía por el camino de la vida, nos muestra su Misericordia, porque el Padre nos ha dado Su Vida y su perdón en Jesús. Llamados por el Bautismo, nos decía Pablo, por haber creído, vivimos en la Vida. No hay lugar para el abandono. Hay lugar para la Vida resucitada, porque todo mal quedó clavado en la Cruz de Jesús.

Si le decimos Padre.

A veces nos preguntamos cómo tiene que ser la oración. Que si solos o con los demás, que si en silencio o en medio de las tareas. Y Jesús, el Maestro de oración, también nos enseña. Sus amigos le dijeron: Señor, enséñanos a rezar, dinos Tú «cómo» se hace. Y Jesús se retira un poco, dedica tiempo, se abre a la relación y la escucha, y llama a Dios Padre nuestro. Ese es el modelo, que acompaña con la imagen de un amigo que insiste una y otra vez, y con la de un padre que nunca da nada malo a sus hijos. Jesús nos dice que el nuestro es un Padre/Madre con entrañas de amor y de misericordia que nos da lo mejor que tiene: su mismo Espíritu.