21/7/24: DOMINGO 16 DEL AÑO “B”

Jer 23,1-6 + Ef 2,13-18 + Mc 6,30-34

El evangelio que hemos escuchado nos narra el regreso de los Doce, muy contentos de su misión evangelizadora: Jesús ante el acoso del pueblo, les propone descansar en un lugar solitario, solos. Pero, al llegar al lugar que creían solitario, se encuentran con una gran muchedumbre. Jesús se da cuenta de la situación del pueblo y esto le provoca el mismo sentimiento que tuvo al encontrarse con el leproso; es la reacción propia del amor tierno ante la miseria y la degradación de la gente. Sentimiento que en el Antiguo Testamento se atribuye a Dios. Lo que conmueve a Jesús es que la multitud estaba como ovejas sin pastor, desorientadas por el abandono de los dirigentes. Jesús asume el papel del Buen Pastor.

Venid a un sitio tranquilo a descansar

El evangelio nos presenta a los Doce que comparten con Jesús la misma misión: anunciar y curar. Cumplida su misión, se reagrupan en tomo a Él para hacer un balance de lo realizado. Jesús les invita descansar: estaban muy estresados: «no tenían tiempo ni para comer». Lo importante y prioritario en la tarea pastoral es cuidar al pastor.

Encontrar ratos de descanso, saber descansar, se nos presenta como una necesidad vital. Hay que saber descansar, ya que el cansancio que más nos está afectando es un tipo de cansancio mucho más hondo que el físico; es un cansancio existencial, que consiste en realizar actividades sin saber «por qué», ni «para qué», ni sus consecuencias; es un vivir vacío, sin sentido. Descansar es saber parar para vivir, reír, ser... Pero no es nada fácil descansar. Los problemas nos absorben y perdemos horizonte y visión. Estamos rodeados de mucho ruido fuera y dentro de nosotros, que nos incapacita reflexionar y contemplar. Por eso, es preciso que tomemos distancia para conseguir tener calma, para que miremos con objetividad todo lo que sucede a nuestro alrededor. Descansar es disfrutar de manera sencilla, cordial, entrañable, del regalo de la existencia; es hacer las paces en nuestro interior; reencontramos con lo mejor de uno mismo y posibilitar que reaparezca la capacidad de saber mirar y observar, es lo que se llama «contemplación», a fin de descubrir toda esa vida rica que no se ve.

Transparentar al Buen Pastor

Jesús es el único y verdadero pastor. A los demás se les llama pastores del pueblo en cuanto que le representan o mejor transparentan sus rasgos. Un rasgo a representar es la «compasión», ser capaz de compartir los sentimientos de los hermanos. Pues esto significa el término «compasión»: abrazar visceralmente los sentimientos o la situación del otro; sintonizar con la pena, el dolor o miseria ajena. Es lo que dice san Pablo: «con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad... No tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente sencilla». Esta cercanía vivencial y acogida cordial y compasiva es tan fundamental y tan prioritaria que pide interrumpir el descanso y acercarse con calma a escuchar y compartir la situación de necesidad del otro. Así es como actuó Jesús, el verdadero pastor.



14/7/24: DOMINGO 15 DEL AÑO “B”

Am 7,12-15 + Ef 1,3-14 + Mc 6,7-13

No llevéis nada para el camino

Llevad únicamente un bastón, unas sandalias y una túnica. Solo una. Y no llevéis nada más. Ni pan, ni alforja, ni dinero. Es el estilo de Jesús y el estilo que quiere para sus discípulos, a los que envía en misión. Sencillez, pobreza, abandono de seguridades humanas, confianza en la voluntad del Padre. Estas maneras rompen nuestros esquemas mentales y estilos de vida. Hijos de esta cultura de la eficacia, nosotros deseamos tenerlo todo planificado, disponer de los mejores medios, tener a nuestro favor las mejores previsiones y la seguridad de que obtendremos buenos resultados.

En Jesús vemos el estilo que Dios quiere en sus discípulos para hacer posible una humanidad más humana. No será a través del poder, ni del dinero, ni del prestigio, ni de la confianza ciega en nuestras fuerzas como contribuiremos a que su Reino crezca en la historia. No. Será mediante la sencillez que no se impone; mediante la pobreza que comparte lo que se es y se tiene; mediante la huida de tantas falsas seguridades que, como espejismos, nos encierran en nosotros y nos alejan de los demás.

Convertíos y creed en el Evangelio

Jesús estaba convencido de la fuerza imparable y transformadora que tenía el mensaje que proclamaba, por eso, no se anduvo con rodeos y con la convicción y la simplicidad que solo tienen los profetas les decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Estas palabras, si las escuchamos sin prisa, con calma, pueden resonar en nosotros con la misma fuerza que sonaron en el corazón de muchos de aquellos hombres y mujeres. La presencia amorosa de Dios sigue siendo la misma. Dios siempre está cerca. El Reino siempre es actual.

El profeta de Nazaret veía lo que los demás no eran capaces de percibir: la cercanía del Reino. La increíble cercanía amorosa de Dios. Presencia escondida y callada en lo más profundo de la vida, de la historia, de los corazones. Presencia de la que mana, como de una fuente, la vida que corre sin fin. Claridad que todo lo ilumina y lo llena de belleza y de sentido. Amor infinito que cada mañana, como si de la primera mañana se tratara, hace posible el milagro de que todas las cosas tengan vida y sean.

El Evangelio nos vuelve a llamar

Hoy, el Evangelio nos vuelve a llamar: convertíos, cambiad la mente y el corazón. Creed esta buena noticia. Abrid los ojos. En algún momento del camino, al ver la reacción desigual de la gente a su llamada Jesús exclamó: «Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has dado a conocer a los sencillos» (Mt 11,25). Ojalá esta exclamación de Jesús sea también por nosotros, porque nos hemos atrevido a elegir la senda de la sencillez, senda que capacita para acoger el Reino de Dios.



7/7/24: DOMINGO 14 DEL AÑO “B”

Ez 2,2-5 + 2 Co 12,7-10 + Mc 6,1-6

Una sorpresa en Nazaret

Jesús vuelve a su pueblo, al pueblo que le vio crecer. Allí vive su gente. Allí vive su familia, su madre, sus hermanos y sus hermanas. Como era la costumbre, al llegar el sábado, todo el pueblo se reunió en la sinagoga para escuchar la Palabra de Dios. Tras la lectura, cualquier varón adulto podía tomar la palabra. Y ese día, Jesús se puso a comentar las escrituras. En sus palabras había sabiduría, y la gente de su pueblo quedó sorprendida. La sorpresa les llevó a hacerse preguntas: ¿Pero este no es Jesús, a quien conocemos desde niño? ¿Acaso no es el hijo del carpintero? ¿Cómo es posible?

De la sorpresa a la incomprensión

Y de la sorpresa fueron pasando a la incomprensión y al desprecio. Jesús había sido vecino suyo durante 30 años. Le conocían de sobra y conocían a su familia. ¿Cómo iba a ser Él un profeta? No podía ser que alguien tan cercano y cotidiano, tan de pueblo, fuera un profeta de Dios. ¿Cómo iba a ser profeta el hijo del carpintero? ¿En qué cabeza cabía semejante cosa? Y, además, aquella gente vivía muy aferrada a sus visiones sobre Dios y a sus tradiciones religiosas. La novedad del Reino que Jesús anunciaba les resultaba escandalosa. Y no le creyeron. Se encerraron en sus viejos esquemas y prejuicios. Jesús se extrañó de su falta de fe y les dijo: «no desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Seguramente que Jesús esperaba encontrar compresión y apoyo, pero se encontró con la incomprensión y el desprecio.

Preguntas que nos ayudan a avanzar

El relato evangélico es para nosotros un espejo en el que poder mirarnos y desde el que poder hacernos preguntas que nos ayuden a avanzar. ¿Realmente, quién es Jesús para nosotros, que nos confesamos cristianos? ¿Creemos en su palabra e intentamos acoger la novedad que nos anuncia o creemos conocerlo suficientemente y preferimos seguir viviendo encerrados en nuestras ideas religiosas y en nuestras tradiciones? No podemos dar por hecho, aunque seamos cristianos, que ya conozcamos a Jesús y que ya estemos abiertos a la novedad del Reino, que anuncia.

Jesús siempre es una sorpresa

Jesús siempre es una sorpresa, entonces y ahora. En Nazaret removió las ideas que sus vecinos y parientes tenían sobre Él y sobre Dios. Y su presencia actual, en la Iglesia Pueblo de Dios, remueve también nuestras ideas sobre Él y sobre Dios. El evangelista nos dice que en Nazaret no fueron capaces de abrirse a la novedad de su propuesta. En la Iglesia, vemos cómo nos cuesta poner su persona y su proyecto en el centro de la vida cristiana. Nos es difícil desembarazarnos de envoltorios religiosos que no sirven y volver a la simplicidad del Evangelio. Nos encontramos ante un gran desafío. Nuestra vida cristiana será auténtica y una buena noticia para nuestros vecinos, si nos abrimos a la novedad de Jesús. En cambio, si nos dejamos llevar solamente por la inercia de lo que nos enseñaron un día, de las normas, ritos y tradiciones, nuestra vida será religiosa, pero poco cristiana, pues nos faltará lo único importante: Jesús.



30/6/24: DIUMENGE 13 DE L’ANY “B”

Sa 1,13-2,24 + 2 Co 8,7-15 + Mc 5,21-43

■ Tocar a Jesús

La fama de Jesús no tardó en extenderse. Sus palabras sorprendían. Sus prodigios eran comentados. Su perdón no dejaba indiferente. Su novedosa mirada de la realidad y de las personas sorprendían. Se dirigía a Dios como Abba. Muy pronto se convirtió en alguien especial que era buscado, esperado y requerido para sanar y cambiar la realidad de sufrimiento que vivían muchas personas. Quien le tocaba quedaba curado. Quien le escuchaba quedaba transformado. Quien le seguía descubría un horizonte nuevo de vida. No tardaron en aparecer seguidores, algunos ocasionales, otros permanentes. También aparecieron sus críticos. Enemigos que se veían desautorizados por su mensaje inclusivo, solidario y profundamente creyente.

■ Levántate

En el evangelio encontramos una abundante actividad sanadora de Jesús. Devuelve la vista, cura sorderas, hace caminar a los cojos, expulsa demonios... devuelve la vida. Él mira más allá de lo aparente para descubrir la situación de cada persona. Para Jesús los muertos no están muertos. Los cojos pueden andar. Los ciegos vuelven a ver. Los impuros quedan purificados. Y los sordos oyen un mensaje de vida y salvación. Es la vida que Dios regala a raudales. Es volver a vivir. Su objetivo es restituir los mejores valores de cada persona y restaurar lo que había quedado roto por la enfermedad, el pecado o la marginación. Es la voluntad de Dios... que nadie quede postrado, lastrado por la decepción o marginado por los demás.

■ Tocar la realidad

El Evangelio nos enseña a «tocar la realidad» a entrar en contacto con las personas y las situaciones que viven. Tocar la realidad es sentir que el otro me pertenece, que su vida forma parte de la mía, que su dolor me duele. Un mensaje que supera la solidaridad para convertirse en auténtica experiencia fraterna. Tocar la realidad nos transforma y nos salva.

■ El gozo de Dios

La voluntad de Dios es la vida de las personas. Su alegría es nuestro bien. Dios apuesta ilimitadamente por nosotros, por nuestro bien y por el bien de todo el mundo. Su proyecto de amor lo vemos en la actividad sanadora de Jesús y en su entrega apasionada y absoluta por cada persona. La alegría y la voluntad de Dios es la felicidad de todos y cada uno de sus hijos.

■ Distinguíos por la generosidad

Es la distinción del creyente. Es la actitud de aquel que ha sentido el amor y la entrega de Jesucristo. La generosidad, la solidaridad y el trabajo por la justicia es participación del plan salvador de Dios que sigue actuando hoy. La Iglesia es sacramento de Dios, testimonio de vida, y apuesta por todos. Trabaja por igualar la realidad para que nadie quede postrado. Compartir los recursos y ayudar a levantar a quien la historia, la vida o el entorno ha dejado por los suelos. En definitiva, repetir lo que hizo Jesucristo.



23/6/24: DOMINGO 12 DEL AÑO “B”

Job 38,8-11 + 2 Co 5,14-17 + Mc 4,35-40

■ La comunidad de Marcos.

Cuando Marcos escribe su evangelio, al narrar el episodio de la tempestad en el lago, no pretende sólo narrarnos una historia sucedida años atrás, sino que quiere dar una respuesta a las preocupaciones de su comunidad. En la joven Iglesia ha pasado ya el entusiasmo de la primera generación con su espíritu fundacional. Algunas comunidades cristianas estaban internamente divididas por las tensiones sociales entre ricos y pobres. Algunos se sentían amenazados en sus privilegios por una comunidad de hermanos y hermanas. Los políticos veían la fuerza subversiva del Evangelio y se desató una ola de persecuciones sobre la joven Iglesia. Esteban fue lapidado, Pedro crucificado, Pablo decapitado. ¡La Iglesia de los mártires!

Desde este trasfondo histórico, Marcos cuenta la historia de la tempestad calmada. Marcos quiere decir: hay tempestades en el lago, tempestades en la Iglesia, tempestades en la vida. Ser cristiano no quiere decir que estamos libres de la tempestad. Ser cristiano quiere decir que no estamos solos en la tempestad. Pase lo que pase, el Señor está en la barca.

■ Cuando llega la tempestad.

Los discípulos eran pescadores y dominaban el oficio. Remar y manejar la vela era su tarea diaria. Conocían el lago y las condiciones del tiempo. No puede pasar nada. No hay problema. Al menos, así pensaban.

En mi vida personal ocurre algo semejante. Todo está en orden. Tras años de formación y trabajo dominamos la situación. También en la vida familiar tras los primeros años de matrimonio y la experiencia que hemos ido acumulando en la educación de los hijos, todo está en orden, dentro de ciertos límites. ¿Todo va bien? Todo va bien, gracias a Dios.

En la barca de la Iglesia, en la primera mitad del siglo pasado, no había presagios de tormenta. Una disciplina estricta reinaba a bordo, la tripulación obedecía. Los seminarios estaban a rebosar. El anuario del Vaticano engrosaba con el número de misiones abiertas.

■ La crisis en la Iglesia.

La imagen de la barca con Jesús y los discípulos en la tempestad del lago es muy expresiva. La Iglesia se ha recurrido a ella repetidas veces para comprender mejor el propio destino. Especialmente en tiempos de persecución.

También en la situación actual. De pronto viene la tormenta. El viento en contra silba en nuestros oídos. Las estadísticas nos reflejan el descenso de la práctica religiosa, de las vocaciones, de los que se declaran católicos. Crece la desorientación. Dios está lejos. Y Jesús duerme. ¡Cómo puede dormir!

■ ¿No te importa que nos hundamos?

Nos acordamos de Santa Bárbara, cuando truena. En la barca hay, desde luego, uno que reza: <Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». No es la oración piadosa de un devocionario. La jaculatoria es, más bien, un grito de auxilio, un reproche, una acusación. Pero este grito pidiendo ayuda provoca el cambio. Contra el pánico se ve una salida. Contra el miedo hay confianza. Contra la desesperación y la resignación hay pequeña chispa de ánimo y esperanza. Y éste que reza trae la salvación para toda la barca. Jesús «se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: —¡Silencio, cállate!—. El viento cesó y vino una gran calma».

■ Cobardes.

El miedo que sienten los discípulos ante el peligro, Jesús lo califica como falta de fe: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Al final de la historia queda esta pregunta flotando en el aire. Una pregunta a los discípulos en la barca. Una pregunta a la comunidad de Marcos en tiempos de persecución. Una pregunta a la Iglesia después del Concilio en una sociedad poscristiana. Pero sobre todo una pregunta a mí personalmente en la barca zarandeada de mi vida. Y de este evangelio escucho la petición de Marcos a nosotros, los que creemos en Jesús, de que en las situaciones caóticas nos volvamos hacia este Jesús con todas nuestras fuerzas y le pidamos ayuda.



16/ 6/ 24: DOMINGO 11 DEL AÑO “B”

Ez 17,22-24 + 2 Co 5,6-10 + Mc 4,26-34

Sin que sepamos cómo

La vida es un don maravilloso que hemos recibido. En ella vivimos mil y una experiencias, acontecimientos felices o dramáticos que pasan a configurar nuestra forma de ser. Situaciones recurrentes o únicas que nos van moldeando y determinan nuestras aspiraciones, sentimientos y sueños. Todo sucede, en muchos casos, sin que sepamos cómo. De hecho, no siempre entendemos el porqué de lo que nos pasa..., forma parte del gran misterio de la vida.

Pero los creyentes sabemos que Dios se hace presente desde lo más profundo de los acontecimientos y en lo más hondo de las relaciones, no tanto como quien los determina directamente, sino como Aquel que da sentido a lo que experimentamos y vivimos. Él nos ayuda a afrontarlos y a crecer cada día en el amor.

Dios hace crecer la vida

El evangelio, en una parábola fantástica, nos recuerda que la vida tiene su dinamismo propio y también crece por sí misma, incluso más allá de nuestro esfuerzo. La semilla más pequeña puede llegar a ser un gran árbol y el gesto o la palabra más sencilla puede provocar una revolución en la vida. Por eso Dios, que es el buen sembrador, nos invita a participar en una siembra de buenas obras. Seguro que recogeremos los frutos de aquello que hayamos sembrado y que Él, con su gracia se encargará de multiplicar.

El Señor trabaja nuestro corazón hasta cuando dormimos. Es el alfarero que modela nuestro espíritu; el labrador que cuida la viña de nuestra vida; el buen pastor que se desvive por nosotros, su rebaño; Él es el mejor educador, médico, entrenador... que podamos tener. Ahora bien, es necesario dejarnos moldear, cuidar, curar, educar... por Él. En definitiva, abrir nuestra vida a su amor.

Transforma nuestro corazón

Vivimos un momento complejo en todos los ámbitos. La crisis provocada por la COVID-19 nos ha dejado heridas personales, familiares, sociales y eclesiales que nos llevará tiempo curar. En demasiadas ocasiones nos instalamos en el desánimo y el pesimismo y nos cuesta elevar la mirada. Es, como una tierra árida, a la que le cuesta ser fecunda.

Pero hoy, el Señor, nos sigue pidiendo que sigamos sembrando con Él y que sepamos esperar a que lleguen los frutos. Trabajar y confiar. Comprometernos y esperar. Sabemos que el Señor nos dará el incremento.

Sembrar esperanza, derramar compañía, regalar ternura, comprometernos con la justicia y el bien común, estar cerca de los que sufren... son buenas semillas que darán fruto abundante y que pueden llegar a ser grandes árboles de una sociedad mejor. Sin duda, Dios nos anima a ello y cuenta con nosotros.



9/6/24: DOMINGO 10 DEL AÑO “B”

Gen 3,9-15 + 2 Co 3,13ss + Mc 3,20-35

■ En el principio era la discordia.

Hemos recordado en la primera lectura la insolidaridad entre Adán y Eva que habían sido cómplices en el pecado, desobedeciendo la orden de Dios. Pero el Señor, promete la conversión y el perdón a nuestros primeros padres.

■ Jesús nos ha traído la paz y la concordia.

Jesús vino a salvarnos. Vino a los suyos, a los hombres, pero no lo recibieron, no lo recibimos. Entre Jesús y los hombres se interponen; las estructuras de pecado, que desvirtúan la buena voluntad. En aquel tiempo, el mensaje de Jesús tropezó con las estructuras del poder y los poderosos maquinaron su muerte sin descanso hasta colgarlo en la cruz. En aquel entonces, su palabra tropezó con las teorías legalistas de los escribas, y éstos desvirtuaron su mensaje achacándolo a cosa del demonio. Incluso los más allegados, sus familiares, avergonzados, trataron de retirarlo de la escena pública y disuadirle en su misión. Jesús desautorizó a los poderosos, desenmascaró a los sabios y entendidos, se enfrentó a sus familiares: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

■ Estos son mi madre y mis hermanos.

Jesús pronunció estas palabras mientras paseaba su vista señalando a los que le escuchaban «El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi madre y mi hermano...». Con estas palabras quiso aclarar algo fundamental, a saber, que, por encima de los lazos de la carne y de la sangre, están los del espíritu que nos hace a todos hijos de Dios. Las palabras de Jesús no cabe entenderlas en tono de menosprecio hacia su familia, y menos aún hacia su madre. Ya en otra ocasión había insistido en el mismo argumento, cuando una de las oyentes proclamó a voz en grito: «Bendita la madre que te crió y te amamantó». En aquella ocasión, Jesús hubo de rectificar, no para rebajar a su madre, sino para subrayar sus méritos. Por eso dijo: «Bienaventurado más bien el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica».

Jesús no menosprecia el hecho biológico de la maternidad de María, pero enaltece la maternidad responsable de la Virgen, cargando los méritos en la libertad y responsabilidad de María al aceptar la voluntad de Dios: «Hágase en mí, según su palabra».

■ La familia cristiana.

Con frecuencia, con este nombre de familia cristiana damos por supuesto que se trata de una familia en la que todos, padres e hijos, son y viven como cristianos. Pero es mucho más, pues se refiere a que todos los cristianos debemos ser como una familia por el amor y la solidaridad entre nosotros: Empequeñecemos el amor cristiano, si lo reducimos al ámbito de la carne y de la sangre, es decir, a lo biológico, en menoscabo del espíritu de hijos de Dios, que recibimos todos en el bautismo. Y este mismo malentendido suele darse cuando hablamos de pueblos cristianos o de naciones católicas, mutilando el amor en aras de la cultura o de la política. Pues lo que nos une es el Espíritu de Jesús, que está por encima de toda carne y sangre, por encima de raza, pueblo o nación. Desde la perspectiva de Jesús en el evangelio, la familia, como el pueblo o la nación, deben ser medios para acercarnos al hombre en otra familia, en otro pueblo o en otra nación

■ La familia de Dios.

Ni siquiera los lazos de la religión deberían ser un pretexto para convertir el carácter ecuménico del evangelio en un gueto católico o cristiano. Nuestra vocación, la misión a la que hemos sido convocados por Dios, es la de construir con esfuerzo y sin mutilaciones de ninguna clase la gran familia humana, la de todos los hombres de todos los pueblos, porque todos somos hijos del mismo Padre que está en el cielo. En la construcción de esa fraternidad universal hay infinidad de trabas que lo impiden. Son las estructuras de pecado que recortan nuestra voluntad y nuestra capacidad de obrar. El cambio de estructuras pasa por tanto por la conversión personal, pues es el pecado lo que está en la raíz de tales situaciones.



2/6/24 = DOMINGO DEL CORPUS “B”

Ex 24,3-8 + He 9,11-15 + Mc 14,12-26

El Cuerpo y la Sangre de Cristo

En la vida pasan muchas cosas, unas buenas y otras malas y las recordamos. Las buenas para alegrarnos, las malas para poner todos los medios necesarios para que no nos vuelvan a suceder. ¿Qué acontecimientos importantes recordamos este año? Cada persona, cada año recuerda una fecha importante. ¿Qué fecha es? La fecha de su nacimiento y lo celebramos con la fiesta del cumpleaños.

El domingo del Corpus

Hoy celebramos un domingo muy importante: La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesús. La fiesta de la Eucaristía. ¿Qué recordamos, que celebramos en esta fiesta? Recordamos que un día Jesús, estando cenando con sus amigos cogió el pan lo partió y se lo dio diciendo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Y después hizo lo mismo con la copa llena de vino: Tomad y bebed, esta es mi sangre.

Recordamos que Jesús nos entregó todo su amor, toda su persona, toda su vida. Recordamos su vida su muerte y su resurrección. Recordamos que se ha quedado con nosotros para siempre. Pero no solo recordamos una vez al año lo que Jesús hizo, sino que lo recordamos cada domingo, cada vez que celebramos la Eucaristía. Y celebramos así porque el mismo Jesús nos lo encargó al decirnos: Haced esto en memoria mía.

La Eucaristía

La Eucaristía, la fiesta de Jesús, no es solo recuerdo de lo que pasó, sino que el mismo Jesús se hace presente entre nosotros. Ese pan al ponerlo sobre el altar y al pronunciar las mismas palabras de Jesús, es Jesús de verdad y está en medio de nosotros. Al comerlo nos unimos a Él muy estrechamente y unidos a Jesús nos unimos los unos a los otros con el lazo fuerte del amor.

En la Eucaristía no solo nos alimentamos con su cuerpo hecho pan, sino que también nos alimentamos con el pan de su palabra y con el pan del amor fraterno, por eso es importante celebrar y participar en la Eucaristía.

Hoy es un domingo importante, una fiesta para dar gracias a Jesús por su gran amor, por regalarnos su cuerpo como alimento y es también una fiesta para alabarlo, bendecirlo y para recordar que nosotros también tenemos que hacernos pan para todos y no pan duro, no mendrugos, sino pan tierno, cariñoso, dulce como un pastel, es decir, ser pan lleno de amor, ser personas con un corazón muy grande en el que quepan todos como en el corazón de Dios.

Donde se celebra la procesión del Santísimo después de la Eucaristía se podrá experimentar que Jesús se ha entregado no solo a unos pocos, sino a la población entera.



26/5/24: DOMINGO DE LA TRINIDAD “B”

Dt 4,32-40 + Rm 8,14-17 + Mt 28,16-20

Siempre hay que regresar a Galilea

Celebramos hoy el domingo de la Santísima Trinidad y, sin embargo, el Evangelio empieza hablándonos de Galilea. No escuchamos complicados tratados teológicos sobre la relación entre las tres personas divinas. Galilea evoca sencillez, evoca vuelta a los orígenes. Quizá la fe en la Trinidad también tenga mucho de sencillo: confiar, abrirnos a esa protección y cuidado que Dios -uno y trino- nos dispensa.

Los once han regresado a Galilea y esta mención no es solamente un lugar geográfico sino un lugar teológico. Allí empezó todo, allí está la patria chica de Jesús, Nazaret, allí empezó a predicar. Allí curó, allí infundió esperanza a tanta gente. Jesús resucitado regresa al Padre y pide a los suyos que continúen su misión. Regresar a Galilea puede significar también para nosotros que la misión de Jesús la debemos llevar a cabo en nuestra vida corriente, la de cada día.

Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo: la familia divina

Jesús durante su ministerio público había hablado siempre de su Padre Dios. Jesús procede de Dios, dice y hace lo que ha oído decir y visto hacer a su Padre. Recordamos también los largos ratos de oración que Jesús pasaba ante Dios. También Jesús nos hablará del Espíritu Santo que habría de venir cuando él ya no estuviera, cuando él ya hubiera regresado al Padre. Jesús no actuó nunca, ni actúa, por su propia cuenta. Por eso ahora, cuando manda a los suyos a la misión les pide que bauticen en el nombre de la Trinidad.

La causa de Jesús no se puede entender sin la referencia a Dios Padre y al Espíritu. Ya que la voluntad inquebrantable de Dios de establecer una alianza de amor con el género humano se ha hecho tangible en Jesucristo y se mantiene en este tiempo gracias al impulso del Espíritu Santo. Además, los discípulos tendrán que enseñar, a los que quieran iniciarse en la fe, todo lo que aprendieron de Jesús.

Creer en la Trinidad es confiar

En la misión no estamos solos. En nuestra Galilea particular, ahí, en nuestra vida cotidiana es donde estamos llamados a ser testigos de Jesucristo, ahí contamos con todo el apoyo de Dios Padre, de su Hijo Jesús y del Espíritu Santo.

Aquellos buenos hombres y mujeres, los primeros discípulos no intentaron explicar con la razón lo que estaban viviendo. Vacilaron, pero al final se fiaron de Dios y de la palabra de Jesús y eso les hizo entregarse con todas sus fuerzas a continuar la misión con resultados realmente extraordinarios. Creer en la Trinidad es confiar.



19/5/24: DOMINGO DE PENTECOSTÉS “B”

Ac 2,1-11 + Ga 5,16-25 + Jn 15,26-16,15

Desde los primeros siglos de la Iglesia, la solemnidad de Pentecostés ha sido la festividad de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y el arranque misionero de la Iglesia.

Unidos en oración

El evangelista Lucas nos señala que la venida del Espíritu Santo acontece cuando están juntos y en oración. Con esto nos está diciendo que la oración es el ambiente adecuado para recibir al Espíritu y nos recuerda que también hoy es solo desde la oración como podemos esperar recibir al Espíritu de Dios.

El Espíritu construye la unidad

También nos hace notar el libro de los Hechos que cuando los apóstoles salen a predicar, entre los que se encontraban allí había gentes de muy diversas procedencias y sin embargo nos dice el libro de los Hechos: «cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en-nuestra propia lengua». Frente- a la confusión de Babel, el Espíritu de Dios trae la .unidad, frente al pecado que supone el intento del hombre de ser como Dios, el Espíritu restituye la unidad y la comunión entre los hombres.

El Espíritu dirige la evangelización

El aliento o el viento en toda la tradición hace referencia al Espíritu de Dios. Es el Espíritu que viene sobre la Iglesia para ser enviada al mundo. El Espíritu de Dios distribuye en la Iglesia sus dones o carismas que tienen que ponerse al servicio de la edificación del Pueblo de Dios y Pablo en la segunda lectura está clarificando cuál debe ser el uso correcto - de los carismas ante los abusos que se habían producido- en la comunidad de Corinto. Nos aclara que el Espíritu es el continuador de la obra de Jesús, el que nos hace comprender quién es Jesús y nos hace confesar que Jesús es el Señor, confesión de fe qué solo podemos hacer- bajo la acción del Espíritu Santo.

Renovación para vivir un nuevo Pentecostés

Pero celebrar hoy Pentecostés no es contemplar -algo del pasado sin_ o -vivir la eterna novedad del Espíritu, como nos recordaba el papa san Juan XXIII en la convocatoria del Concilio Vaticano II: «Dígnese el Espíritu divino escuchar de la manera más `consoladora -la oración que todos los días sube a Él desde todos los rincones de la tierra: "Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés"». Tenemos que tomar conciencia de los carismas que hemos recibido y que manifiestan la diversidad, pero para conseguir la unidad y la comunión. Pentecostés hoy nos invita a abrir fronteras y ensanchar horizontes a -acoger a nuestros hermanos de cualquier cultura y condición, pues en el Espíritu todos somos uno en Cristo Jesús.



12/5/24: DIUMENGE DE L’ASCENSIÓ “B”

Ac 1,1-11 + Ef 4,1-13 + Mc 16,15-20

La ascensión del Señor

Hemos escuchado el relato de la ascensión del Señor a los cielos, en la versión de Lucas, en los Hechos y en la del evangelio de Marcos. Así culmina gloriosamente la presencia de Jesucristo en la tierra. Bajó del cielo, se hizo carne en el seno de María Virgen, y después de subir a Jerusalén para cumplir la voluntad de su Padre, subió a la cruz para dar su vida por la salvación de todos, y subió al cielo. Allí está sentado a la derecha del Padre. Pero el Señor está con nosotros.

Así nos saludamos y con ese deseo participamos siempre en la eucaristía. Está con nosotros, reunidos en su nombre, está en la Iglesia, y con nosotros permanecerá hasta el último día. Ésa es su promesa y su compromiso antes de partir. Así es como la encarnación —Dios se hace carne en el mundo— se perpetúa y perpetúa la presencia de Dios con nosotros y en nosotros. Porque ahora somos nosotros, como aquella otra vez María, los que recibimos la palabra de Dios, que acabamos de escuchar, y la acogemos en nuestras entrañas para alumbrarla en nuestras obras, en nuestra vida, en nuestro testimonio.

La hora de la responsabilidad

La ascensión del Señor no es una huida; se va sólo para hacernos sitio, para dar lugar a la misión de la Iglesia, para abrir el tiempo de nuestra responsabilidad. La misión está confiada a la predicación, para que todos puedan creer y ser bautizados; pero hace falta que la predicación de la Iglesia y el testimonio de los cristianos sean creíbles. Y ¿cómo puede ser creíble nuestra predicación y nuestro testimonio, si nosotros mismos no estamos muy convencidos? Los discípulos de Jesús tardaron mucho en aceptar lo que habían visto y oído. La muerte de Jesús no entraba en sus cálculos demasiado humanos y trastocó todos sus planes. Después de la resurrección las cosas no estaban del todo claras. Veían a Jesús, pero no daban crédito a sus ojos; pensaban que se trataba de un fantasma. Le escuchaban, pero no acababan de entender y aceptar sus mandatos. Y en vez de salir a predicar, se encerraron para no complicar más las cosas, para no ser salpicados por las consecuencias de la muerte de Jesús. Pero el Señor cumplió su promesa, y su Espíritu acabó con todos los prejuicios y disipó todos sus temores, llenándolos de coraje. Y así, recobrada su autoestima, fueron capaces de dar la cara y predicar y ser testigos hasta dar la vida.

El Señor está con nosotros

Nuestra situación hoy, aunque no revista la misma gravedad de la de los discípulos, también resulta confusa y comprometedora para nosotros. Pasaron los tiempos en que la sociedad era cristiana y el ambiente favorable a las manifestaciones de fe. Hoy tenemos que asumir una sociedad pluralista en la que coexistimos distintos credos. ¿Seremos capaces de respetarnos y relacionarnos con amor? Mas aún, tenemos que asumir el laicismo, no siempre imparcial, sino a veces beligerante. ¿Seremos capaces de aceptarlo y no romper relaciones con los otros?

En cualquier caso, no se trata de vendernos a la comodidad de todo da igual, sino de saber en cada momento guardar nuestra postura. Sólo así podemos establecer lazos de amistad y de relación. Sólo así podremos seguir siendo fieles a la misión y a Jesús, Porque la misión sigue y sigue la responsabilidad. Urge que recuperemos la autoestima, que nos sintamos discípulos de Jesús y que valoremos su Evangelio, como el bien más precioso que no podemos guardarnos para nosotros solos, sino que tenemos que compartirlo con los demás, cuantos más, mejor. Hay que seguir predicando, y también con el ejemplo.



5/5/24: DIUMENGE 6 DE PASQUA “B”

Ac 10,25-48 + 1 Jo 4,7-10 + Jo 15,9-17

Preguem pels malalts i la gent gran

Haced esto en memoria mía

«No te olvides de los pobres», le dijo el cardenal Humes al recién elegido papa, Francisco, porque nunca hay que dar las cosas por sabidas o por hechas. Nuestra memoria suele ser frágil y, a menudo, olvidamos las cosas verdaderamente importantes y centrales de la vida: quiénes somos, cómo hemos llegado hasta aquí, qué es lo fundamental. Quien cuida su memoria tendrá capacidad para recoger lo mejor de su historia pasada y podrá enriquecer el presente; y tampoco olvidará lo negativo, pero para no volver a repetirlo.

Los cristianos somos y vivimos haciendo memoria de Jesús y cuando no lo hacemos así nos perdemos por los caminos de la historia. «Haced esto en memoria mía» les dijo en la última cena. Jesús no quería que lo olvidáramos porque aquel gesto y aquellas palabras simbolizaban toda su vida. Una vida entregada por amor. Los discípulos lo sabían.

Como yo os he amado

No olvidar. Tener memoria. Por eso, hoy Jesús nos insiste: «Esto os mando, que os améis unos a otros como yo os he amado». Palabras a las que hemos de volver una y otra vez para no olvidarlas y para hacerlas vida en nosotros, sus seguidores. No son unas palabras cualesquiera, son el centro del cristianismo, el testamento de Jesús: «Esto os mando, que os améis unos a otros, como yo os he amado». Si nos olvidáramos de este mandamiento, traicionaríamos la memoria de Jesús. El cristianismo se convertiría en la sal que se vuelve sosa y solo sirve para tirarla a la basura.

El amor es una luz

Quizá la característica mayor de los primeros cristianos era cómo se querían entre ellos. Aquel estilo de vivir era una novedad y causaba admiración entre los paganos que, en palabras de Tertuliano, decían: «mirad cómo se aman, mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro».

Tan en la memoria tenían a Jesús y su mandamiento del amor que aquellas comunidades se convirtieron en refugio de mucha gente pobre, desprotegida, en una sociedad despiadada como era el Imperio de Roma. Era el mandamiento del amor hecho compasión por los pobres.

Hoy, en las encuestas de opinión la institución eclesial más valorada es Cáritas, por su labor social en favor de los desfavorecidos; y, en la Iglesia, las personas más valoradas son los misioneros y misioneras, pues apostaron dejar tierra y casa, y apostaron por compartir su vida con los hermanos y hermanas de otras tierras, casi siempre pobres.

Con su entrega nos recuerdan la vida y las palabras de Jesús: «Amaos como yo os he amado», porqué el amor es una luz -en el fondo la única- que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar.

Conozcamos a Dios amando a los de cerca y a los de lejos. Creamos y hagamos nuestras las palabras de la primera carta de Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16).



28/4/24: DIUMENGE 5 DE PASQUA “B”

Ac 9,26-31 + 1 Jo 3,18-24 + Jo 15,1-8

Yo soy

El evangelio de este domingo no es ninguna escena narrativa sino un discurso de Jesús acerca de su identidad y el modo en cómo debe ser la relación con Él para todos aquellos que le quieran seguir. En el evangelio de Juan encontramos estas frases «Yo soy» en repetidas ocasiones, en este caso Jesús se compara con la vid verdadera. Su Padre Dios es el labrador que generosamente riega y cuida la viña. Nosotros, los sarmientos unidos a la Vida, que es Jesús.

Ejes nucleares del discurso

En este lenguaje alegórico conviene identificar pronto los ejes principales del discurso. Podrían ser estos: permanecer fuertemente unidos a Jesús tendrá como una de sus consecuencias dar fruto abundante; por el contrario no estar unidos a Jesús nos incapacitará para dar buen fruto; y por último, y de nuevo en positivo, ese buen fruto que daremos, si estamos unidos a Jesús, servirá para dar gloria a Dios Padre, el generoso labrador.

Unión con Jesús

Así que si vamos al origen de todo, la clave radica en la unión firme, duradera y estable con Jesús. Dejemos ahora el lenguaje teológico de Juan y preguntémonos cómo es hoy mi unión con Jesús, ¿en qué radica? ¿cómo se articula mi relación con Jesús, en clave de rutina, de amistad, de pasión, de rechazo?

No es ninguna obligación creer en Jesús ni ser amigo suyo ni intimar en la relación con Él. Es más bien una amistad que se nos ofrece, pero es una amistad que conviene tomar en serio. Porque efectivamente, quien da el paso de «profundizar» en la amistad con Jesús, esto le puede cambiar la vida. Ninguno de nosotros deberíamos pensar que esta invitación no es para nosotros.

Solamente descubriendo a Jesús como el verdadero amigo que no falla (es también nuestro Salvador, el Hijo de Dios y Dios mismo) uno se podrá plantear no perder esta amistad que no tiene precio. Intimando en la relación con Jesús uno descubrirá cómo es Él, cómo vivió, cómo actuó, y uno tendrá ganas de imitarlo, de ser como Él, de dar en definitiva buen fruto. Pero hay que empezar por el principio. Hay que querer ser amigo de Jesús, hay que dar los pasos para que esta relación sea única. Y esto no lo puede hacer nadie por nosotros.

Y las buenas obres

Podríamos decir que resultado de esta unión con Jesús es ese «fruto abundante» que detalla el evangelio. Nunca nuestras buenas obras debieran servir para nuestro engreimiento personal, o para creer que somos las mejores personas. Y quizá esta sea una tentación que nos es muy familiar, porque cuando hacemos una obra buena quizá estemos esperando un aplauso y sin embargo no sería lo correcto. Lo correcto, imitando a Jesús, sería ofrecer todas nuestras buenas obras al buen Labrador que es Dios.



21/4/24: DIUMENGE 4 DE PASQUA “B”

Ac 4,8-12 + 1 Jo 3,1-2 + Jo 10,11-18

Necesitamos referentes

Las personas nos miramos a nosotros mismos y miramos a los demás. Nos comparamos. Admiramos y tenemos envidia. Quisiéramos imitar a unos y queremos marcar diferencias con otros. No solo los niños necesitan personas en las que compararse como en un espejo, e intentar imitarlas. Lo mismo sucede con los adolescentes, con los jóvenes, incluso con los adultos. También las personas que ya hemos pasado las primeras etapas de la vida, buscamos «referentes» en la vida laboral, moral y espiritual. Hace unos años, entre los cristianos, estaba la figura del «confesor» o del «padre espiritual» a quien poníamos como «director» de nuestra vida. Luego aparecieron con fuerza otros «maestros» (muchos de ellos de matriz no cristiana), que proponían caminos de vida. Hoy se está recuperando, de nuevo, la necesidad del acompañamiento y la figura del acompañante.

El discipulado como identidad

La vida cristiana es vida que «nace de» Cristo Jesús, se centra en «Jesús maestro y pastor» y quiere vivirla «en seguimiento de Cristo Jesús. No hay más secretos. Jesús no es solo un «personaje de la historia», que lo es. Jesús no es solo un prohombre de inigualable memoria, que lo es. Jesús no solo es un «maestro de vida interior», que lo es. Para los cristianos Jesús es «el Señor», y la vida cristiana se juega en su discipulado. En palabras del evangelio de hoy: Jesús es el «Buen Pastor» que da la vida por sus ovejas, por todos y cada uno de nosotros. No es un «asalariado», sino el Señor que nos ama, y nosotros correspondemos a este amor.

Solo seguimos a Jesús

Puede parecer demasiado «excluyente» en estos tiempos que corren, donde se huyen de las declaraciones consideradas «cerradas» o «dogmáticas». El evangelio da la pista a seguir: Jesús, como todos los pastores del mundo, se pone delante del rebaño y marca tanto los caminos como el ritmo. El cristiano se pone tras sus pasos, se fía de sus decisiones, se deja marcar el ritmo por Jesús, Buen Pastor.

Una espiritualidad para hoy

Corren tiempos duros donde unos no tienen ninguna espiritualidad. Solo pretenden «sobrevivir» en esta locura global, que no controlamos, que es la pandemia. Otros buscan respuestas en los horóscopos, en la magia, en la diosa fortuna que reparte millones. Otros apuntan hacia espiritualidades sin contenidos «fuertes» y sin «relatos»: yo estoy bien, tú estás bien. El cristianismo nos propone a Jesús como «maestro» de espiritualidad, que pasa por la muerte en cruz, y nos asegura Vida, con mayúscula. El cristianismo no es una «ideología del ayer», sino una «espiritualidad para hoy».



14/4/24: DIUMENGE 3 DE PASQUA “B”

Ac 1,13-19 + 1 Jo 2,1-5 + Lc 24,35-48

Jesús resucitado no es un fantasma

Lucas es discreto en el relato de las apariciones de Jesús resucitado. La que hoy nos ofrece tiene lugar en un entorno que bien podemos considerar como «eucarístico». Después de haberse aparecido a los caminantes de Emaús, Jesús se presenta en medio de los discípulos sin especificar el lugar. Los evangelistas han tenido que presentar las apariciones de Jesús resucitado de forma que los discípulos puedan ver que el Resucitado es el mismo Crucificado, pero, al mismo tiempo con un cuerpo glorioso al que no le afectan ya ni el espacio ni el tiempo.

Jesús resucitado vive entre nosotros

Precisamente porque Jesús resucitado no está afectado por el espacio y el tiempo, puede estar en el corazón de nuestra historia, en cada Eucaristía, en cada ser humano. Existen algunos bautizados en la fe católica que han alcanzado una buena madurez humana y creyente y se quedan tan tranquilos diciendo que Jesús vino a nuestro mundo para convocar y proclamar el Reino de Dios. Y, una vez resucitado, sube junto a su Padre y nos deja a nosotros la misión de llevar a término el Reino de Dios. Si esto es así, entonces Jesús ya no es Señor de la historia y, por lo mismo, no salva. Él está con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Y no solamente en misa, sino en cada una de nuestras historias, en cada ser humano.

Gracias al acto de fe accedemos a la relación con Jesús

Y accedemos a la presencia del Resucitado de una forma bien sencilla: a través de un mínimo acto de fe. De esa forma estamos ya en su presencia y Él en la nuestra. Esa presencia nos permite seguir viviendo la vida ordinaria con sus vaivenes, pero empiezas a notar que todo lo ordinario es distinto. Además, esa presencia e inmediatez de relación con Él nos permite vivir todo con Él: lo bueno y lo malo, las virtudes y los pecados; las posibilidades y las limitaciones. Poco a poco vamos viviendo de su ser y Él hace que nuestra vida empiece a vivir de Él. Él es la fuente.

Para nuestro día a día

¿Se puede probar la Resurrección? No; pero el creyente sabe, a la luz de la vida que surge de sus entrañas cuando se adhiere al Resucitado, que lo que nota por dentro y lo que los discípulos de Jesús han dicho de Él en el Nuevo Testamento coinciden. Es una certeza misteriosa, pero indefectible, más fuerte que la muerte. ¿Fanatismo? ¿Por qué, sin embargo, en vez de producir efectos psicológicos y sociales de carácter patológico, produce lo contrario, liberación interior y comunión interpersonal?



7/4/24: DIUMENGE 2 DE PASQUA “B”

Ac 4,32-35 + 1 Jo 5,1-6 + Jo 20,19-31

Preguem pels qui reben el Baptisme

¿Qué sucedió?

La muerte de Jesús significó, para sus discípulos, fracaso y miedo. Los relatos evangélicos lo dicen con mucha claridad: «Estaban en una casa, con las puertas cerradas por miedo» (Jn 20,19). Esta situación contrasta con otra bien distinta, como hemos escuchado en la primera lectura: que «los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Señor con mucho valor» (Hch 4,33).

Y surge la pregunta: ¿qué sucedió, entre medias, en la vida de aquellos discípulos derrotados? ¿Cuál fue la causa de tal cambio? Los relatos evangélicos dicen que en la vida de aquellos hombres y mujeres tuvo lugar un acontecimiento que los transformó. Jesús resucitado llegó a ellos como llega el día, con el alba, y disipa la oscuridad de la noche. Y en su vida se hizo el día. Aquel encuentro los cambió radicalmente y comenzaron a vivir una vida nueva, al estilo de Jesús. Mirémonos. Nos cuesta creer que el encuentro con Cristo resucitado sea posible. Quizá no deseamos ese encuentro pues estamos confortablemente instalados en nuestras costumbres, sin deseos de cambio. Nos podemos mirar en Tomás.

Tomás y nosotros

Tomás no estaba con el grupo la tarde en que llegó Jesús y, cuando volvió, le dijeron: «Hemos visto al Señor» (Jn 20,25). Tomás es imagen de cada uno de nosotros. Como él, también nos cuesta creer y también creemos con dudas. Tomás también es figura de muchos de nosotros cuando no nos conformamos solo con lo que nos han contado y buscamos y deseamos, sinceramente, encontrarnos a Jesús resucitado. En la incredulidad de Tomás hay honestidad y sana rebeldía. No vale cualquier anuncio del resucitado, solo nos vale el anuncio del Cristo que fue crucificado. «Si no veo en sus manos a señal de los clavos...» (Jn 20,25).

Encontrarnos con el Resucitado

La incredulidad y también el inconformismo le condujo, a Tomás, hasta Jesús. Cristo resucitado vino a Él y pudo experimentar de nuevo el calor de su mirada acogedora, la ternura de sus manos, la fuerza de sus palabras llenas de vida; pudo ver en sus ojos el amor y la determinación de dar la vida por el Reino del Padre. I supo que era Él, el mismo Jesús, ahora resucitado. Tomás creyó y la confesión de su fe es la más rotunda de todo el evangelio: «Señor mío y Dios mío». ¿No necesitaremos, hoy y siempre, mirar un poco más a Tomás y, como él, tener la honradez y a humildad de confesar nuestra poca fe en Jesús resucitado? ¿Y, como él, no contentarnos con lo dado y dicho, sino desear ver y tocar al resucitado?



31/3/24: DOMINGO DE PASCUA “B”

Fets 10,34-43 + Col 3,1-4 + Jo 20,1-19

Jesús ha resucitado

¡Jesús, al que crucificaron, vive! ¡Alegré¬monos! Nada ni nadie nos podrá arreba¬tar esta alegría. Los cristianos vivimos de esta feliz noticia: Jesús ha resucitado; Dios lo ha levantado del polvo de la nada, lo ha rescatado de la oscuridad y del olvi¬do de la muerte. Se lo ha llevado con Él, al reino de la vida, al reino de la luz y de la alegría. Este Domingo de Pascua no es un día cualquiera. Es el día más extraordi¬nario, el día jamás soñado, pues ha suce-dido lo que nunca nos atrevimos a imagi¬nar y lo que siempre nos costará creer: que Jesús vive. Ha resucitado. El salmo nos ayuda a expresar esta la alegría: «este es el día en que actuó el Señor, sea nues¬tra alegría y nuestro gozo» (Sal 117).

El resucitado viene a nuestro encuentro

¿Es, acaso, una ensoñación? ¿Solo un de¬seo? ¿Una creencia sin fundamento? ¿O se trata de la verdad más grande y más importante para la humanidad? Sus se-guidores y amigos, los primeros discípu¬los, aquellos que compartieron camino y vida con él, tampoco se lo podían creer. Ellos, que lo amaban, pero que lo habían abandonado en su hora más triste y de¬cisiva, no daban crédito a lo que ahora experimentaban. El resucitado venía a ellos. Lo descubrieron al asomarse a lo más profundo de sí mismos, a lo más profundo de su experiencia con Él. Era Él sin lugar a dudas. Era el mismo Jesús que habían conocido y que ahora venía a ellos resucitado de entre los muertos.

Nos acoge y nos perdona

Lo reconocieron porque, abatidos como estaban, se sintieron acogidos y perdo¬nados; porque su presencia les llenó el corazón de paz; porque sus palabras re¬sonaban en su interior con la misma fuerza que el día que las escucharon de sus labios; porque, por fin, en la oscuri¬dad, vieron la luz que desprendía su vi¬da y creyeron en Él y en su mensaje. Lo reconocieron porque, muertos de miedo como estaban, se sintieron inundados por una fuerza que los empujaban a sa¬lir a la intemperie de la vida y de sus peligros para proclamar que el crucifi¬cado había resucitado y que lo habían visto.

Lo reconoceremos al partir el pan

Jesús resucitó y, desde entonces, vive para siempre y siempre buscará salir a nuestro encuentro. Hoy, como aquellos primeros discípulos, tenemos la oportu¬nidad de abrir nuestros ojos, nuestro co¬razón, abrir toda nuestra vida y poder así reconocerlo en el partir el pan de la eucaristía, que es él mismo; y poder re¬conocerlo, también, al partir nuestro pan con los pobres, sus preferidos, los prime¬ros en su Reino.



24/3/24: DOMINGO DE RAMOS “B”

Is 50,4-7 + Fl 2,6-11 + Mc 14,1-15,47

¿Quién es Jesús?

¿Quién es Jesús? Hagámonos, personal y comunitariamente, esta pregunta radical para el cristianismo. ¿Quién es Jesús? Esta es la pregunta que recorre el evangelio de Marcos. Se la había hecho Jesús a sus discípulos en algún momento del camino del seguimiento: «y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Ahora, en el relato de la Pasión, vuelve a aparecer la pregunta en labios del sumo sacerdote: «¿eres tú el Mesías?».

«Tú eres el Mesías»

En aquella ocasión, Pedro había contestado sin pensárselo dos veces: «Tú eres el Mesías». Pedro quería a Jesús, sentía admiración por Él. Había jurado que no lo abandonaría jamás. Se había dejaba llevar por la emoción, pero aún no sabía por dónde pasaba el señorío de Jesús. Y Jesús comenzó a explicarles lo que iba a suceder: el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Pero Pedro no estaba de acuerdo con aquella elección del maestro, no le gustaba el camino del que les hablaba.

El Siervo de Yahvé

Ahora, al finalizar el evangelio, en el relato de la Pasión, Marcos responde a la pregunta sobre la identidad de Jesús. Este es Jesús: el amor desarmado de Dios, el Siervo de Yahvé, el Mesías crucificado, la entrega gratuita de Dios hasta la muerte en cruz. Pedro, como el resto de discípulos, no podía sospechar algo así. Tampoco nosotros nos atrevemos a creer en un amor así. Sorprendido por este amor de Jesús, Pedro derramó muchas lágrimas.

Seamos discípulos

A Jesús solo lo podemos comprender después de una larga aventura vital en la que, como Pedro, algunas veces le juramos amor incondicional, pero otras muchas nos rebelamos por sus opciones que no queremos aceptar, y lo negamos y lo traicionamos.

¿Quién es Jesús? Todos los catecismos y todos los saberes no nos bastan porque solo conocemos verdaderamente aquello que hemos vivido. Por eso, para conocer a Jesús hemos de hacer el camino que hicieron aquellos hombres y mujeres, primeros discípulos de Jesús. Hemos de hacer el camino de Pedro. Hemos de situarnos como discípulos y estar dispuestos a aprender de Él y a seguirlo a pesar de todas las resistencias, de todas las oscuridades y de todos nuestros pecados. Como Pedro hemos de aprender a derramar lágrimas.

¿Quién es Jesús para mí? Dejémonos conducir por el Espíritu en la contemplación de la pasión y descubramos en ella quién es Jesús.



17/3/24: DOMINGO 5 DE CUARESMA “B”

Jer 31,31-34 + He 5,7-9 + Jn 12,20-33

En el quinto domingo de Cuaresma resuenan en las lecturas que acabamos de escuchar palabras como: glorificación, salvación, espíritu nuevo y nueva Alianza. No parece que hablen del final de nada, sino todo lo contrario. Algo nuevo está a punto de comenzar.

«Queremos ver a Jesús», dicen los griegos a los discípulos en el evangelio de hoy. ¿Cómo había llegado a ellos la noticia sobre Jesús, qué les había provocado su búsqueda? La noticia es una persona, no es un acontecimiento de actualidad ni un chisme que corre por los medios.

Andrés y Felipe, discípulos mediadores

La gente, normalmente, no nos acercamos a una persona directamente; casi siempre lo hacemos por medio de otras personas que sabemos que tienen relación con ella, que la conocen, que hacen cosas con ella, que se juntan en determinados sitios con otras personas que defienden las mismas causas.

La «hora» del Maestro

Al comienzo del evangelio de Juan, en las bodas de Caná, Jesús le dice a María cuando solicita su intervención: «Mujer, todavía no ha llegado mi hora». En el pasaje de hoy, Jesús dirá: «ha llegado la hora de la glorificación del Hijo del hombre», y más adelante: «Padre, líbrame de esta hora».

Como nos sucede a muchas personas, ante algo importante que va a suceder en nuestra vida, tenemos muchas ganas de que se realice; pero, por otra parte, sentimos cierto temor a que llegue a suceder.

El grano enterrado en la tierra

El ejemplo, que pone el evangelio ante todo esto, es el del grano de trigo. En el saco o en el granero no hace nada, no sirve para nada; es necesario que sea sembrado en una tierra, previamente preparada, para que muera (desaparezca) en su interior y podamos recoger el fruto abundante en una espiga.

Así es la vida de cualquier persona: preparación, siembra y cosecha de vida nueva. Así es la vida de Jesús cuando la sembramos en el corazón de las personas, previamente preparadas para acogerla y producir vida abundante para el crecimiento personal y colectivo.

Las razones del corazón

Al corazón solemos atribuirle los sentimientos, las razones nos parece que son propias de la inteligencia, del pensamiento, de la cabeza. Más no es así; el pensar en los demás, el ver cómo viven y por lo que están pasando, también nos lleva a acercarnos a ellos, a acogerlos en nuestras casas y en nuestras cosas. Los planes, las razones de nuestro Dios, los llevamos escritos en nuestro corazón; ahí guardamos todo aquello que nos importa, que nos ayuda a llevar una vida con sentido y en compañía de otras personas que poseen las mismas razones del corazón.



10/3/24: DOMINGO 4 DE CUARESMA “B”

2 Cro 36,14-23 + Ef 2,4-10 + Jn 3,14-21

La suerte de cada persona: condena o salvación

Usamos este lenguaje principalmente religioso, aunque pertenece también a otros mundos (jurídico, sanitario, socia, etc.) porque es claro, rotundo, contundente, si bien tiene su dificultad. En efecto, un reo hallado culpable es condenado, mientras que uno hallado inocente, es salvado. Un enfermo terminal está condenado a la muerte, mientras que una infección cogida a tiempo lo salva, aunque sea temporalmente. Un pobre de solemnidad está condenado a la miseria, mientras que un rico salva sus compromisos vitales con holgura. ¿Podemos decir lo mismo de la suerte de una persona, en su vida humana, en la realización de sus proyectos, en su condición de ser única y responsable ante sí misma, ante la sociedad, ante los demás y ante Dios?

La condena que nos imponemos o que nos imponent

Con mucha frecuencia la condena viene de fuera: el pobre que nace en una familia pobre y nunca puede remontar su penosa situación; el enfermo que nace muy débil y nunca alcanza límites satisfactorios de salud; el marginado que no sabe más que de calles y de cárceles desde su infancia... ¿Fatalismo? ¿Determinismo? ¿Mala suerte? ¿Culpa de una sociedad incapaz de solucionar muchos de estos problemas que tienen solución? ¿Insolidaridad o frialdad de los que vivimos en este mundo?

Dios no condena

Las condenas existen en la vida ordinaria, pero Dios no condena. Ni condenó a nadie en el pasado, ni lo hace ahora, ni lo hará en el futuro. Las imágenes de un Dios celoso, envidioso, colérico, iracundo... no hacen justicia a Dios. Son falsas y muy graves. Quizá, de forma sencilla pero clara, los creyentes deberíamos evitar estos juicios tan perniciosos sobre un Dios que reparte castigos y premios; no solo porque no son falsos, sino porque son «antievangélicos» y hacen daño a muchas personas.

Jesús nos revela la salvación de Dios

El evangelio recoge uno de los núcleos del mensaje cristiano; o, si se quiere, de la revelación de Dios en Jesús. Dios es amor, y ama; el exceso de su amor incondicional («tanto amó Dios al mundo») se hace patente en el envío de su Hijo (Jesús); un paso más, en la «entrega» de su Hijo. San Juan no plantea en ningún momento que esta «donación» del Hijo sea cruel, sino que lo hace «por amor», para que nadie se pierda. El plan de salvación de Dios se abre a la gran humanidad, que se entiende como receptora de este amor de Dios manifestado en Jesús. Este es el mensaje cristiano, paradójico, verdadero y esperanzador a la vez.



3/3/24: DOMINGO 3 DE CUARESMA “B”

Ex 20,1-17 + 1 Co 1,22-25 + Jn 2,13-25

Los diez mandamientos

El capítulo 20 del libro del Éxodo, proclamado hoy como primera lectura, recoge lo que muchos conocemos como los diez mandamientos. Son un don para Israel y un camino de sabiduría para la vida, más que un código a cumplir para sentirnos en orden con Dios. En el marco de una teofanía o manifestación de Dios, Yahveh establece una alianza con todo su pueblo, no solo con algunos individuos, como habían sido otras alianzas (con Noé, con Abrahán...).

Esas estipulaciones, ¿cómo vivirlas?

Dicen los estudiosos que los diez mandamientos son los términos contractuales de un pacto entre Yahveh y su pueblo Israel. Desde una perspectiva legal son estipulaciones que, cumpliéndolas, el israelita o el cristiano cumplen con lo que Dios manda. Desde una perspectiva espiritual y relacional entre el creyente y Dios constituyen un camino de sabiduría que, al mismo tiempo, permite una relación cara a cara con Yahveh, situación a la que muchos cristianos no están acostumbrados y no se atreven a vivirla.

Los mandamientos de Dios pueden vivirse, como casi todo lo esencial de la vida, de dos formas: como derecho ante Dios o como Don de Dios. Con demasiada frecuencia, Israel los vivió como derecho cayendo en el orgullo y la pretensión de que Dios se acomodara a los deseos de Israel. Los profetas lo denunciarán siglos más tarde.

Vivirlos como don significa que Dios ofrece un camino al ser humano para vivir en la justicia, en la verdad y en la comunión.

El problema está en el corazón

La lectura del evangelio de hoy nos completa la comprensión de los diez mandamientos. ¿De dónde le brota al ser humano el deseo de manipular lo sagrado en su propio beneficio? ¿De dónde sacan algunos ilustrados la pretensión de que hacer la voluntad de Dios es algo que oprime y esclaviza? Tengo la sensación de que no se han enterado de nada.

Con Jesús ha llegado la hora de cambiar el «chip». El Templo de Jerusalén había sido convertido en un negocio para que los peregrinos no tuvieran que llevar la ofrenda desde sus lugares de origen. Con el signo del látigo, Jesús da un sentido nuevo al templo: «en tres días lo levantaré. Él hablaba del templo de su cuerpo». Con la Resurrección de Cristo Jesús, el acceso a Dios Padre será, es, Él mismo. El evangelista convierte el Templo de Jerusalén, único lugar donde se podían ofrecer sacrificios expiatorios de pecados, en el Cuerpo de Jesús Resucitado. De esta forma, el acceso a Dios Padre pasa por la relación personal y amorosa con Cristo Jesús.



25/2/24: DIUMENGE 2 DE QUARESMA “B”

Gen 22,1-18 + Rm 8,31-34 + Mc 9,2-10

El evangelio de Marcos: una respuesta a las primeras comunidades

El evangelio de Marcos se escribió hacia el año 70, unos cuarenta años después de la muerte de Jesús. Por entonces, las comunidades cristianas ya se había extendido por muchos lugares del Impero romano. En el año 64, los cristianos ya habían sufrido la persecución de Nerón. Una situación tan difícil había provocado que algunos renegaran de su fe y que otros muchos vivieran desanimados. No entendían que la cruz formara parte de la vida cristiana.

Pero los cristianos que deseaban seguir siendo fieles se preguntaban: «¿cómo podemos ser discípulos de Jesús en una situación tan difícil?». Marcos, que conocía y vivía esta situación, escribió su evangelio para ayudarles a entender y para infundirles ánimo. Les propuso de ejemplo a los primeros discípulos y les describió las dificultades que tuvieron para seguir a Jesús: presentó a los discípulos como un grupo que no entendía quién era Jesús, que no comprendía las parábolas ni la multiplicación de los panes, que se asustaba cuando Jesús les habla de la cruz y querían apartarlo de ese camino, que se peleaban entre ellos por el poder. No eran perfectos y, muchas veces, eran un problema.

Pero, les dice el evangelista Marcos, a pesar de todos estos problemas, Jesús siguió amándolos y confiando en ellos y, porque confiaba, les fue mostrando la verdad más grande que le habitaba: Él era el Hijo amado del Padre. Es el relato de la transfiguración y, en él, Pedro, Santiago y Juan representan a todos los discípulos, los de entonces y los de ahora. Torpes, incapaces de comprender a Jesús, ciegos para ver la profundidad de su persona.

El evangelio de Marcos: una respuesta para nuestras comunidades

El evangelio de Marcos responde también a nuestra realidad. Desgraciadamente, sigue habiendo lugares en los que las comunidades cristianas son perseguidas y necesitan ánimo para mantenerse fieles a la fe. Nuestra situación en Europa es diferente. Aquí vivimos una crisis del cristianismo y de las Iglesias, pues un tipo de sociedad desaparece y otra emerge y, a la par, un estilo de cristianismo entra en crisis y un nuevo modo de ser cristianos y de ser Iglesia está naciendo. Es en esta realidad de cambio y de crisis donde nos hacemos, con más o menos consciencia, la misma pregunta que aquellas comunidades para las que escribió Marcos: ¿cómo ser discípulos de Jesús hoy? ¿Cómo vivir el seguimiento en una situación social nueva?

Marcos, a través del relato de la transfiguración, igual que les decía a aquellas primeras comunidades que Jesús era el Hijo amado, nos dice a nosotros que afrontemos las dificultades sin separarnos de Jesús, caminando a su lado, subiendo con Él a la montaña, poniendo los ojos en Él, escuchándole, poniéndole en el centro de nuestra vida cristiana.

Como Pedro, Santiago y Juan, también nosotros necesitamos ver a Jesús «transfigurado»: verlo con más claridad y escucharlo con más atención, como si fuera la primera vez que lo hiciéramos. Para hacerlo posible, tal vez necesitemos limpiar la mirada de la fe de algunas visiones que nos impiden verlo, de costumbres que nos separan de Él, de rutinas que nos impiden escucharlo, de miedos que nos paralizan.



18/2/24: DOMINGO 1 DE CUARESMA “B”

Gen 9,8-15 + 1 Pe 3,18-22 + Mc 1,12-15

Tiempo de pensar

Es el inicio de la Cuaresma, cuarenta días para la reflexión. Cuarenta que la Biblia pone en estrecha relación con el tiempo de la vida, el sinuoso camino de ir adelante en medio de dificultades, pero con el entusiasmo de un proyecto que se abre paso entre los guijarros del camino, los empinados ascensos y las arenosas dunas que tan penoso hacen el avance.

Da la impresión de que la vida, en la Biblia, se entiende como la decisión de poner en marcha una realidad tan frágil y fuerte como la vida en común de dos personas que también emprenden la aventura de compartir su futuro. Podrán tener mucho o poco, pero sus dificultades quedan empequeñecidas al lado del gran valor de un amor que les empuja a buscarse y unirse. Lo que importa es estar juntos, unidos, y entenderse en esa estrecha relación de ser un «nosotros» irrompible y cada vez más cohesionado.

Tiempo de crisis

En esa onda nos ponen las lecturas de hoy. Desde Adán, expulsado pero no rechazado; a Noé, símbolo de la esperanza para la humanidad; a Abrahán, el padre de los que confían en Dios entre los arenales de la vida; a Moisés, conductor del pueblo hacia su futuro; los profetas, pensadores críticos de una vida desviada de la religiosidad vivida en la relación social y comunitaria; hasta Jesús, el gran realizador de la Nueva Alianza o unión indestructible de Dios con nosotros, la humanidad vivida en relación con la materia, la vida y las personas.

Comenzamos un tiempo para pensar. El paso de los días, las penalidades de este «annus horribilis», la situación de una comunidad de creyentes alicaída, la sensación de crisis continua, parecen dejarnos desarmados, desanimados.

Tiempo de esperanza y cambio

Todos los nombres bíblicos que he citado antes vivieron, esta misma situación de crisis. Todos ellos entendieron que, en su realidad tan negativa, Dios les llamaba a levantar el ánimo de su gente, a sembrar la historia de esperanza, a rehacer la unión con Dios como base de un resurgir, no del mundo anterior sino de un mundo nuevo, otra cosa distinta en cuyo fondo está, viva y fuerte, la misma unión y alianza con Dios.

Nos pone tristes la nostalgia de un tiempo pasado. Dejemos atrás el tiempo pasado y hagamos como en el pasado hicieron nuestros antepasados: cambiar. Del pasado, a nuestra comunidad, solo le interesa Dios.

En el desierto de la vida, solo Dios basta. Todo lo demás puede ser una carga demasiado agobiante para seguir caminando. De Él sacaremos el ánimo y la esperanza que nos hará buscar y encontrar los recursos necesarios para superarnos. El mundo necesita una referencia de alegría y esperanza. Nosotros, hoy, no estamos en condiciones de realizar nuestra vocación. Cambiemos la nostalgia triste y melancólica por un sueño de futuro, de vida y de noticia buena. Se ha cumplido el tiempo, ya es hora. Hablemos del Evangelio.


11/2/24: DOMINGO 6 DEL AÑO “B”

Lev 13,1-46 + 1 Co 10,31-11,1 + Mc 1,40-45

Impureza legal y fe del leproso

Veíamos en la primera lectura, como, en Israel, se declara impuro al leproso, pero esta impureza implica que el leproso no es solo un enfermo, es un pecador que debe ser excluido de la comunidad, es el sacerdote el que determina que aquel hombre es un leproso y debe alejarse de la ciudad y de las personas, es un marginado, un excluido.

Jesús ha hecho curaciones en Cafarnaúm (el endemoniado de la sinagoga, la suegra de Pedro y multitudes que se acercaban a él), el leproso ha podido enterarse de esto en Galilea y confía en aquel rabí de Nazaret, de tal manera que, saltándose las leyes de la pureza, se acerca a Jesús y poniéndose de rodillas le dice: «Si quieres, puedes limpiarme», con esta actitud de ponerse de rodillas está reconociendo una gran dignidad en Jesús, le reconoce una autoridad superior, una autoridad, incluso sobre la enfermedad, algo que ratifica expresando con sus palabras, lo que implica un reconocimiento del poder de aquel rabí. el leproso tiene ya una fe incipiente en aquel hombre a quien reconoce como algo más que un hombre.

Misericordia y liberación

Ante la actitud de fe del leproso, es la misericordia lo que mueve a Jesús a realizar la limpieza instantánea de ese leproso, lo toca y lo cura. La lepra desaparece inmediatamente. Esta curación del leproso no supone que Jesús sea una especie de curandero ambulante ni que cure por manifestarse como el Mesías glorioso, sino que Jesús se conmueve ante aquel hombre que se arrodilla ante él, suplicándole: «Si quieres puedes limpiarme» y la misericordia hace que cure a aquel hombre, pero lo que Jesús hace es algo más que una curación; el leproso es un muerto viviente está recluido en un gueto fuera de la ciudad, sin trabajo, sin familia y sin religión y Jesús con esta curación está manifestando que no se puede marginar a los más débiles de la sociedad, los pobres, los enfermos..., y, menos, hacerlo en nombre de Dios. Por eso Jesús se acerca al leproso, lo toca, con lo que este gesto supondría que Jesús también quedaría impuro. Sin embargo, no solo no se contamina, sino que el leproso se cura. Por eso Jesús le envía al sacerdote para certificar su curación y recobrar la libertad y su lugar en la sociedad.

El leproso anunciador del Evangelio

Jesús le prohíbe decir nada, no quiere que se confunda la intención del milagro, pero aquel hombre va proclamando a todo el mundo a Jesús de Nazaret, de manera que el leproso liberado y evangelizado se convierte en evangelizador.

Con esto nos está pidiendo la Palabra de Dios que no marginemos a los débiles, que no hagamos invisibles a los pobres, a los enfermos y ancianos, que seamos solidarios con aquellos que sea debido a la pandemia que padecemos o cualquier otra causa se sientan, como el leproso, marginados y apartados.

La Campaña de Manos Unidas, con la colecta de la próxima semana, puede ser el instrumento que nos ayude a sacar de la marginación algunas aldeas de Colombia y del Txad.


4/2/24: DOMINGO 5 DEL AÑO “B”

Job 7,1-7 + 1 Co 9,16-23 + Mc 1,29-39

Servir es vivir

El ser es la esencia de una persona. Y el «vir» es el hombre adulto. El servir es lo más propio de cada persona. El servicio es la alegría, el sentido y la plenitud. Lo enseña Jesús. Vivir centrado no en uno mismo, sino en los demás, en sus necesidades, anhelos y esperanzas. Mirar hacia los demás es lo propio del seguidor de Jesús. Si así lo hacemos y vivimos vamos por Buen Camino.

Jesús, el Camino, hace de su vida una continua mirada al necesitado. Nos enseña a vivir mirando al otro. En el Evangelio de hoy nos presenta lo que sería una jornada «normal», que es una actividad sin pausa mirando dónde hay que llevar amor y vida. Jesús sale de la sinagoga (a la calle, la vida diaria) a las gentes, a sus casas. Ante ¡una mujer! que sufre, se acerca, la coge de la mano, la levanta... Es decir, muestra su cercanía, con signos del Amor de Dios. Son signos de curación (el calor, las manos, la cercanía) con las mismas manos de Dios. Y aquella mujer queda curada y se puso a servirlos. Jesús la ha puesto en pie, la ha curado, la da la dignidad que anula lo que la hunde y esclaviza.

Vivir mirando a los demàs

La acogida del calor de Jesús, sentirse curado o salvado, nos hace personas nuevas. Sobre todo, nos hace servidores y discípulos de Jesús no para dar discursos sino para servir, para mirar al otro como a un hermano que me necesita. No es casual que el Amor a Dios vaya unido al amor entregado a las personas. No hay sitio en la vida cristiana para la teoría, porque la práctica y la entrega, el servicio, la cercanía, la sencillez para con el otro lo ha de llenar todo. Aquella mujer se puso a servirlos a todos, de pie, con dignidad. Y fue también discípulo de Jesús, porque el Evangelio son siempre hechos liberadores a favor de los demás.

Claro que en la vida nos cuesta vivir el servicio. Nos puede lo inmediato, lo que nos agobia: lo mío, mi familia, mis pesares... Tanto que, a veces, como Job, le pedimos respuesta a Dios. Esto es bien normal, siempre que no vayamos exigiendo que se solucione «mi» problema. Nos sentimos como un jornalero que suspira, aguarda, cae, vive la desesperanza. Pero, aún entonces, Dios nos escucha, acoge e indica el Camino.

De balde y con libertad

Nuestra vida ha de ser dar gracias y alabar a Dios, como el salmista. Dios Padre sana el corazón, reconstruye, reúne, venda las heridas. Y merece la alabanza de nuestra entrega y servicio. Y no para «ser mejor», o como motivo de orgullo. De balde, con libertad, a causa del Evangelio, dirá Pablo. Como Jesús que se hizo débil y se despojó de su rango.





28/1/24: DOMINGO 4 DEL AÑO “B”

Dt 18,15-20 + 1 Co 7,32-35 + Mc 1,21-28

Una llamada nueva, con autoridad

Si el camino de la fe lo recorremos cada uno, descubriremos que el Camino y la Vida es Jesús. Él siempre toma la iniciativa, sale a buscar, y enseña de un modo nuevo. Los que se encuentran con Jesús pueden decir ¡esto es nuevo! Jesús une a sus palabras los hechos liberadores y esto convence a cualquiera. Las «obras y los amores» sí que salvan y curan. No es extraño que ante Jesús las gentes puedan decir que sí, que Su enseñanza está llena de autoridad y de fuerza. Este sí que es el Maestro.

Favorecidos por Dios

Para que quede claro que Jesús es el Amor del Padre ahí está el mandato al espíritu inmundo: ¡cállate!, deja de esclavizar al hombre, al hijo querido de Dios, porque en ti está la dignidad y la vida. No hay lugar para el mal en la vida del hombre, has sido creado para la plenitud. Eres el favorecido por Dios.

Claro, aquello la gente no lo había visto nunca. Ante el actuar de Jesús se quedan pasmados y confiados. Y descubren que están delante de la novedad de lo que Dios nos da, delante de lo que lleva a la obediencia y a la fe.

Escuchando su voz

Si decimos y creemos que Jesús nos enseña el Camino de la vida -y decimos bien porque es el Maestro- estamos llamados a responder. Bien rezamos en el Salmo: ¡ojalá escuchemos la Voz del Señor! Con tantas voces y palabras que nos llaman, a veces dejamos de lado la Palabra. Jesús es Palabra y queremos escucharlo. Mirad que acciones se derivan de esa escucha: no endurecer el corazón; aclamar y dar gracias; postrase con gratitud y sentirse partícipes de su pueblo. En verdad nadie da más vida en el camino de la vida.

Pero esto no se hace solo con buenas intenciones. Hay que, de verdad, hacerlo vida para que sea vida de los demás. La llamada se hace respuesta con fidelidad, con entrega, sin falsas escusas ni oposiciones. Fieles en la vida ordinaria, en el quehacer concreto. En medio del mundo, como la sal y la levadura, para transformarlo todo.

Para «ordenar las realidades humanas según Dios», o sea, para poner a Dios (y a la persona) en el centro de la vida. Vivamos con entrega y fidelidad.

Y queriendo cumplirla en la vida

Muchos profetas nos llaman. Algunos quedan en nada, porque sus palabras carecen de autoridad. Dios Padre pone entre nosotros a otros que trayendo Sus palabras a nuestra vida nos llaman a la entrega a favor de una Iglesia y de un mundo nuevo, el mundo de Dios. Ánimo, hermanos, que Dios apuesta por nosotros. Queremos hacer de su mensaje la norma de nuestra vida.



21/1/24: DOMINGO 3 DEL AÑO “B”

Jon 3,1-10 + 1 Co 7,29-31 + Mc 1,14-20

El Reino fue la pasión de Jesús

Tras la experiencia del bautismo, Jesús ya no volvió a ser el mismo. Dejó Nazaret y comenzó a vivir en Cafarnaún. En su interior hervía una pasión. La experiencia de Dios, de su increíble cercanía y de su amor misericordioso para con todos sus hijos. Esta pasión la que le había empujado a dejar la casa paterna y salir a la intemperie de los caminos para proclamar una buena noticia: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).

Jesús nos llama para el Reino

La pasión que latía en la vida de Jesús provocó, en algunos, crítica y rechazo; sin embargo, en otros provocó una gran atracción. Los primeros discípulos se sintieron fascinados por él y, cuando los llamó, no dudaron en dejar lo que tenían entre manos y unirse a Él.

Lo que narra el evangelio de Marcos sucede cada día. Es la llamada al seguimiento. Lo que aconteció entonces vuelve a acontecer hoy. Dios sigue llamando. La pasión por el Reino, que animó toda la vida de Jesús, sigue impulsando la vida de sus discípulos gracias al soplo de su Espíritu. El evangelio nos recuerda que Jesús, el Cristo, pasa hoy también, junto al lago de nuestra vida, nos mira y nos llama: «venid conmigo».

Dios en nuestras vidas

El evangelio de Marcos nos invita a vivir la misma experiencia de Jesús. El Reino. La cercanía de Dios, Padre y madre misericordioso, compañero fiel, sanador de todas las heridas, luz que disipa oscuridades, luchador por la justicia, inclinado del lado los pobres, débiles y pequeños.

¿El Reino? La realidad de que Dios es perdón incondicional, plenitud de vida, descanso, confianza, horizonte infinito de esperanza, alegría insospechada, gratuidad que todo lo hace nuevo, vida en plenitud, etc.

Necesitamos ojos abiertos para ver el Reino

Cuando hoy miramos nuestros alrededores, cercanos y lejanos, y vemos tantas cruces, pequeñas y grandes, podemos caer en la tentación de pensar que Dios no está o está muy lejos, entretenido en sus cosas de Dios; pero también podemos fijarnos en Jesús, que ve la realidad atravesada por la acción de Dios, por el amor de Dios. Es el Reino.

Y podemos desear y pedir que nos llame a trabajar, codo con codo, junto a él, a favor del Reino, como sucedió en aquella primera hora. Creer también es desear que el Reino que a Jesús se le coló tan adentro también se nos cuele a nosotros. El Reino de Dios. Dios mismo.



14/1/24: DOMINGO 2 DEL AÑO “B”

1 Sam 3,3-19 + 1 Co 6,13-20 + Jo 1,35-42

Respuestas preparades

Nos miramos a nosotros, nuestra propia vida, y descubrimos que a veces no escuchamos cuando nos hablan, o que tenemos respuestas ya preparadas. Es sin duda una forma de defensa, de no permitir que otro asalte los muros de nuestra intimidad. A veces decimos de personas que tienen responsabilidades públicas, que «todos son iguales»; otras veces, ante nuevos planteamientos, decimos que es «más de lo mismo», o que «no se puede hacer nada»; está por fin el extendido y nefasto «siempre se ha hecho así». Son respuestas tópicas que nos «paralizan», que «bloquean» cualquier posibilidad de avanzar. Esto no solo hace referencia al desarrollo personal, o a la vida social, sino que tiene que ver también con la vida religiosa. Es más fácil y más cómodo no plantearse nada, no sea que mi vida, incluida la espiritual y cristiana se vea comprometida, y tenga que tomar decisiones, tenga que cambiar.

Escuchar a otro

La Palabra de Dios hoy nos plantea la posibilidad real de escuchar sin bloqueos y, consecuentemente, de permitir que lo que otro dice afecte a mi vida. En este caso el que habla es Dios al niño Samuel, y Jesús a los dos hermanos, Andrés y Simón Pedro. Samuel es un niño que está naciendo a la vida; no es esclavo aún de precomprensiones que lo condicionen. Cuando oye esa voz en su interior, piensa que el anciano Elí le está llamando; no tiene «claves» para interpretar qué le está pasando. A la tercera llamada, el anciano Eli entiende que es Dios quien llama y pronuncia la frase que a día de hoy sigue vigente: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».

En el caso del evangelio asistimos a una cadena de propuestas y respuestas. Juan Bautista dice a dos de sus discípulos que Jesús es el «Cordero de Dios»; Jesús ve que lo siguen y les pregunta qué buscan; ante la invitación de Jesús a ir con él, los dos discípulos acceden; a continuación, anuncian con quién han estado. Es una relación de llamadas y respuestas, de aceptaciones, de experiencias, que llevan a conocer a Jesús. La actitud religiosa que posibilita la fe es la de ser «oyente» de las propuestas de Dios.

Dejarse preguntar

La palabra vocación tiene que ver con «llamar» (en latín «vocare»). El movimiento es de ida y vuelta: hablar y escuchar; llamar y atender; preguntar y responder. Así sucede en la vida cotidiana y por extensión en la vida religiosa. La «vocación» supone que alguien (Dios) nos interpela, y supone que cada uno de nosotros nos atrevemos a escuchar. A veces, decíamos al principio, no nos dejamos preguntar; de esta forma nos defendemos de posibles riesgos. En la vida cristiana sabemos que Jesús es quien llama a nuestro corazón, que habla en nuestro interior; cualquier vocación, sea la que sea, comienza por este paso humano, arriesgado, de dejarse preguntar.



7/1/24: BAUTISMO DEL SEÑOR

(Ciclo B)

Is 55,1-11 + 1 Jo 5,1-9 + Mc 1,7-11

Situación

Una parte no pequeña de los ciudadanos de Catalunya está bautizada en la fe católica. Las razones que llevan a una gran mayoría de padres a bautizar a sus hijos son de tipo sociológico o de tipo mágico (para que no le ocurra al niño nada malo). No faltan quienes quieren dar a sus hijos el don que ellos recibieron en su día.

A modo de consideración

Nos acercaremos al Bautismo de Jesús buscando no tanto por qué se bautiza o para qué se bautiza, sino qué sucede en Jesús cuando se acerca a ser bautizado por Juan.

Por el evangelista san Lucas sabemos que Jesús tenía por costumbre acudir los sábados a la sinagoga donde se leía y comentaba la Palabra de Dios, por lo que podemos deducir que Él estaba, hasta entonces, abierto a la Palabra de Dios. Situación que no es ajena a muchos de nosotros, creyentes y bautizados, cuando crecemos e intentamos hacer nuestro el sentido del bautismo que, probablemente, recibimos de niños.

Qué pasa entre Jesús y la voz del cielo

La voz del cielo, al decir «Tú eres mi Hijo amado», es la voz de un padre que, sin duda, procede de Dios Padre. Como hemos señalado más arriba, hasta ahora Jesús estaba abierto a la Palabra de Dios, pero, a partir de que escucha «Tú eres mi Hijo amado», ya no solo está abierto a la Palabra de Dios, sinó que sabe a Quién pertenece.

Este sentido y amor de pertenencia es propio de los hijos hacia los padres, siempre que los hijos se sienten amados y promocionados como seres humanos por ellos.

A partir de este momento, Jesús toma las riendas de su vida, cumpliendo lo anunciado por los Profetas. Dios Padre le descubre y revela su identidad: es el Hijo y Dios para Él será el «Abbá». En adelante sabrá para qué ha nacido, y para qué ha estado 30 años de vida oculta en Nazaret.

Misión

En el mismo momento en que se le revela la identidad de Hijo del Padre, asume ya que su vida no le pertenece y que entra en la obediencia de amor a su Padre. A partir de ahora hará lo que el Padre le diga o pida. Él está ya bajo el señorío de Dios.

Y, aunque la liturgia no nos ofrece hoy las tentaciones de Jesús en el desierto, a partir de ellas Jesús sabrá bajo qué poder está el mundo; cuáles son las mentiras en las que vive Israel y cuáles son las tentaciones más graves de aquellos que se dicen de Dios.

Cuando hagamos oración, al recordar nuestro Bautismo, pidamos a Dios que nos ayude a descubrir su fidelidad, el don inestimable de ser hijos de Dios, de ser amados y de vivir el amor como sentido de nuestra vida.



6 de enero (Ciclo “B”):

LA EPIFANÍA

Is 60,1-6 + Ef 3,2-6 + Mt 2,1-12

Ha llegado la luz

Casi al final del tiempo de Navidad celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor. Dios se ha hecho uno de nosotros, se hace pequeño, para que todos podamos compartir su grandeza. Desde Navidad ya no podemos decir dónde está Dios porque está aquí, entre nosotros, en la vida: un Niño recién nacido.

Todo es distinto

Nada es igual. Las tinieblas que cubren la tierra ya no están, porque ha llegado la Luz, amanece el Señor y hace caminar erguidos a todos los pueblos. Dios es la Luz del mundo para todos que lo acojan en verdad y sencillez. No caben diferencias, ni privilegios: los gentiles son coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de Jesucristo. O sea, que Dios está en su Hijo que ha nacido, y es la Luz de todas las personas de buena voluntad. Sin exclusiones. Es la humanidad de Dios.

En un Niño que ha nacido

Epifanía es que podemos descubrir a Dios en un Niño. Casi no hablamos de esta Grandeza porque nos rodea la fiesta, el consumo, los regalos... y lo reducimos al «día de reyes» (que, además, ni eran reyes). Una pena, porque ni los regalos más costosos hacen sombra al mejor regalo que podamos tener, al mismo Dios. Tendríamos que mirarnos bien y ver qué celebramos, no sea que tenga poco que ver con lo que en verdad es.

Lo vemos en la Palabra

Vamos a dejarnos llenar de las «claves» que nos da la Palabra de este día:

■ Jesús nace en Belén de Judá: lo más pequeño e insignificante ¿No tendría que nacer entre los poderosos, en un palacio? Pues no, en Judá, de donde saldrá un Pastor. Dios no está lejos. Está en la humanidad, a nuestro lado.

■ Unos magos van preguntando dónde está el Rey. Para dejar que Dios nos encuentre hay que estar atentos, abiertos a lo nuevo, rompiendo falsas seguridades (velad, era el mensaje del Adviento) y no queriendo que nos hagan todo como a los poderosos.

■ Hemos visto su estrella. Lo de Dios siempre es estrella, sol, luz que no se puede ocultar y que nos lanza a llevar esa luz. Que brille esa luz a los hombres, dijo Jesús.

■ Herodes se sobresaltó. Claro, el poder humano basado en ser el centro, y tener miedo a perder los propios intereses. Es ver a los demás como una amenaza, lo más contrario a la fraternidad.

■ Vieron al Niño y a su Madre. Lo más pequeño y normal de la vida ¿qué tendrá lo pequeño que nos atrae tanto? De lo pequeño saldrá un Pastor que reúne, cuida, hace caminar.

■ Los magos le ofrecen regalos, como a un hombre, como a un Dios. Lo mejor que tenían, y representa la entrega y la adoración. Son signo de toda la humanidad, y es que Dios es de todos y para todos. Solo a Dios hay que adorar: cayendo de rodillas, porque Jesús ha nacido para llevar a su Pueblo la justicia y la paz.



1 de enero de 2024. Ciclo B

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Num 6,22-27 + Ga 4,4-7 + Lc 2,16-21

¿Un trabalenguas?

Podría parecer el título de esta homilía, un trabalenguas. Sin embargo, únicamente trata de resumir el contenido de la fiesta de hoy que pone la atención en la maternidad de María. La grandeza de María es ser portadora en su seno de la vida más grande que la humanidad podía esperar: Dios mismo hecho carne en Jesús. Cuando los pastores llegaron hasta Belén y relataron lo que se les había contado de ese niño que acababa de nacer la única reacción de María es la de la contemplación y meditación de todo lo que estaba aconteciendo: Claro que María se alegraría por el nacimiento de su Hijo, pero María es sencilla, calla, medita, conserva todo lo que está viviendo. Sabe que responde a un plan de Dios que le supera, por eso solo le toca confiar, tener fe.

María pasa desapercibida

Hay tanta sencillez en María que casi pasa desapercibida en el relato. El jolgorio, la alegría por el nacimiento la representan los pastores y todos los allí presentes que estaban admirados por este nacimiento. De nuevo, la grandeza de María también está en su sencillez. Ella es el arca de la Salvación, en su seno porta a Jesucristo, su papel es de una importancia sin igual en comparación con el papel de los pastores, pero ella no dice nada, no hace nada, solo conserva y medita todo lo que está viviendo. También así nos enseña María a ser buenos discípulos, sin buscar ningún protagonismo.

Conforme a lo que se les había dicho

El evangelio dice que los pastores regresaron de Belén dando gloria y alabanza a Dios, conforme a lo que se les había dicho. Claro, es que lo que han presenciado los pastores en Belén, el nacimiento del Mesías, ya estaba profetizado en el Antiguo Testamento (Is 7,14). La voluntad de Dios de cuidar, querer y proteger a la obra de sus manos se remonta al mi-, auto cero de la Creación. Por eso, ahora, en la plenitud de los tiempos, Dios ha querido dar lo mejor que tiene a la humanidad, a su propio hijo. Y lo ha querido hacer uniendo el destino de su hijo al destino de cada hombre, naciendo del seno de una mujer.

En el nombre su misión

El rito de imposición del nombre «Jesús» no es mero azar, sino que es un nombre muy bien elegido. Podría traducirse como «Dios salva». Nada responde mejor a la vida de Jesús. Ha venido de parte de Dios, siendo Él mismo Dios, para salvar a la humanidad y reconciliarla con Dios. Este hijo nos ha venido por su madre, por María. A Jesús por María.



31/12/23: SAGRADA FAMILIA

Ciclo B

Gen 15,1-21,3 + He 11,8-19 + Lc 2,22-40

Los padres de Jesús

José y María habían empezado a construir un hogar y un proyecto familiar el su pueblo natal. Como narran los Evangelios también Dios proyectaba sobre ellos una Buena Noticia: la que en Nazaret había llegado a María como viniendo de Dios mismo; la que en Belén contemplaban en el pequeño y frágil cuerpo de un niño, su hijo; y que año después volverían a escuchar en Jerusalén, de la boca de Simeón y Ana, inspirados por Dios.

Construir família

La familia es el lugar donde venimos al mundo y nos sentimos protegidos, queridos, cuidados. Pero toda familia es a la vez una confluencia de proyectos, entre los cuales el de Dios es para el creyente uno fundamental. Por muy distintas que sean las familias, aunque los modelos varíen entre generaciones y culturas, una familia se define por el amor que une da protección, cariño y cuidado. Este es el modo de vivir que Dios quiere para nosotros, y que él realiza primero, como Padre Bueno.

Desde el respeto del cariño

Cuando las lecturas nos hablan de que en la familia es preciso respetarse y honrarse unos a otros, especialmente los hijos a los padres, se dice con ello que el respeto y la autoridad no nacen espontáneamente, sino que son los frutos del cariño. Sobre el amor cariñoso que los padres depositan entre ellos y hacia sus hijos se construye una familia, y se aprende a vivir dando, ofreciendo y entregando, con la bondad, humildad, dulzura y comprensión que Pablo pide en sus cartas.

Con tiempos para cuidar

Es en familia donde los hijos aprenden de sus padres a «cuidar» y los padres aprenden de sus hijos cómo «cuidarles»; porque para cuidar hacen falta dos que se quieren y se respetan: dos con necesidades diferentes, pero que como esposos de..., hermanos de..., nietos de..., abuelos de…, o descubren lo que el otro necesita y así se ocupan y preocupan de él. El «cuidado» tiene su propia lógica, que escapa a los cálculos del beneficio, e invita a la suma de confianza, pero que sobre todo requiere tiempo: tiempos para cuidar.

A imagen del amor de Dios

Vivimos en un mundo demasiado rápido, con tiempos cronometrados: una sociedad competitiva y ansiosa. Frente a ello, escuchar las palabras de Simeón y Ana en el Evangelio de hoy y contemplar a la familia de María, José y Jesús en el Templo de Jerusalén, nos evoca el silencioso tiempo de los cuidados que aprendió Jesús, como reflejo del amor del Dios Padre que cuida siempre e inmensamente: Buena Noticia para el que la escuche.



25/12/23: NAVIDAD

Is 9,1-6 + Tt 2,11-14 + Lc 2,1-14

¿Una de romanos?

El evangelio de Lucas inicia como si de una novela de romanos se tratara. Pero no: ni es una novela, ni trata de romanos. Sucede que Lucas es un evangelista que presta especial atención a la Historia. Tampoco es que sea un historiador más que un evangelista, sino que lo que le preocupa es insertar en la historia de los hombres un acontecimiento igualmente histórico que acabaría por determinar la historia de la humanidad. El nacimiento de Jesucristo no es algo irreal, ni abstracto, sino que se enmarcó en tiempos del emperador Augusto, siendo Cirino gobernador de la provincia romana de Siria.

La historia de Israel

Pero no solo Jesús nace en las coordenadas concretas del Imperio romano, sino también de la Historia de su propio pueblo, el pueblo de Israel. Por eso el episodio del censo. José, el padre según la carne de Jesús, era de la ciudad de David y por eso tuvo que subir desde Nazaret a Belén para censarse. La ciudad de Belén y la figura del rey David nos adentran en el pasado más glorioso de Israel y nos recuerdan esa promesa que Dios prometió al rey David a través del profeta Natán. Mil años después esta palabra de Dios iba a cobrar un sentido nuevo y definitivo en un humilde pesebre de la ciudad de Belén.

Lo más grande dicho de la forma más sencilla

Este acontecimiento que cambió la historia de la humanidad Lucas lo describe casi telegráficamente: «le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito». Ya está, ya ha nacido Dios. Se entretiene más Lucas en contarnos el anuncio a los pastores y la reacción de estos que en el mismo momento del nacimiento. De nuevo, lo más grande dicho de la forma más sencilla; Dios siempre busca el camino de la humildad. Ahora el foco está puesto en lo que supone el nacimiento de este niño.

Ha nacido el Salvador

El anuncio de este nacimiento extraordinario no se produce en el palacio de Herodes. Sino al raso, al aire libre y a unos sencillos pastores. El ángel es claro en su anuncio: ya no hay lugar al temor, solo a la alegría porque nos ha nacido el Salvador: Este Mesías es un niño que acaba de nacer pero que en nombre de Dios instaurará una paz sin límites. Nosotros, esta navidad podemos sumarnos a la alabanza de los ángeles: «Gracias Padre Dios por el regalo inmenso que nos has hecho con el nacimiento de tu Hijo. La esperanza ha nacido para nosotros. Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».




24/12/23: DOMINGO 4 DE ADVIENTO “B"

2 Sam 7,1-16 + Rm 16,25-27 + Lc 1,26-38

La Promesa se cumple

Seguimos en Adviento. Estamos muy cerca del Nacimiento de Jesús, el Esperado de todos los tiempos. No confiamos en palabras, creemos en la Promesa de nuestro Dios. Nuestra esperanza es buena, porque se cumple y se hace realidad, y porque la Palabra -Jesús mismo- acampará entre nosotros. Creemos en el Dios de las Promesas, y por eso los cristianos estamos llamados a ser personas de esperanza, ya que sabemos que en la vida y en el mundo va a llegar la Salvación de Dios.

María confió y es bienaventurada

Vale más una imagen que mil palabras, decimos en los pueblos. Y es verdad. Hoy miramos a María, la Virgen de la esperanza. Ella se fió del todo del anuncio del Ángel, con sus dudas y limitaciones. En su sencillez acogió el anuncio de una misión que no entendía, ser elegida como Madre de Jesús, y fue capaz de expresar aquella obediencia que llega hasta nosotros: ¡hágase en mí, según tu Palabra! La llena de Gracia, por su apertura y entrega a lo que Dios Padre quiere para sus hijos -la plenitud del Amor entregado de Jesús- es nuestro ejemplo, fuente de esperanza, madre de Dios y madre nuestra.

Y nos llenamos de gozo

Cómo no vamos a estar llenos de esperanza cuando nos nace la esperanza. Cómo no vamos a gritar con el salmista: ¡Cantaré eternamente tu Misericordia, Señor! Porque un Hijo se nos va a dar y la Luz iluminará por siempre, por todas las edades. Así, llenos de esperanza, de Promesa cumplida, nuestra tarea está en anunciar tanta Fidelidad, tanto Amor entregado. Una Fidelidad, la de Dios Padre, que se afianza y se cimienta como un «edificio eterno», es decir, que nunca falla, ni se cae, sino que permanece estable, y se renueva cada mañana, para todos los hijos queridos del Padre, por todas las edades.

Para seguir caminado

En buena esperanza vivimos y caminamos. Porque es una esperanza apoyada no en nuestros logros, pequeños y escasos, sino en el mismo Dios del que sabemos que nunca falla. Esto no nos hace más pequeños, ni evita el esfuerzo, antes bien nos fortalece y hace personas nuevas, renovadas. Y nos llama a crear convivencia, unidad y paz entre las personas y los pueblos. Nos apoyamos nada menos que en un «decreto» del mismo Dios, que se nos ha dado a conocer a todos los que quieran acogerlo con limpio corazón.

O sea, que estamos en buenas manos, en las Manos de Dios Padre de Bondad, que nos da a su Hijo Jesús. Ya va a estar entre nosotros, y para siempre. Jesús nunca deja solo a nadie. Vivimos en buena esperanza, en esa que no evita sino que multiplica la entrega, el trabajo y el testimonio cristiano. Ánimo, hermanos. Acojamos a Jesús que nace.


17/12/23: DOMINGO 3 DE ADVIENTO “B”

Is 61,1-11 + 1 Tes 5,16-24 + Jo 1,6-28

Estad siempre alegres

La cercanía de la Navidad nos llena de alegría, no por las vacaciones escolares ni por las fiestas de estos días, sino por la celebración del nacimiento del Hijo de Dios en nuestro mundo, y también, hoy, en nuestra vida y en nuestra historia. ¿Puede haber motivo de mayor alegría? Dios quiere nacer en nosotros y por ese motivo nos preparamos para acogerlo. La liturgia hoy nos habla de alegría, precisamente, porque es el camino por el que más fácilmente nos podemos encontrar con el Señor. Ser agradecido, tener una mirada compasiva, acoger al otro, encontrarnos con la comunidad... facilitará que Jesús nazca en nosotros y vivamos la auténtica y profunda alegría de vivir y creer.

Jesús está llegando

El Adviento avanza y sentimos la cercanía del Señor que viene a nosotros. Queremos prepararnos para acoger al Señor y dejar que Él crezca en nosotros y llene de su luz nuestra vida. También nosotros vivimos la ilusión previa al parto. Al igual que una madre y un padre desean ver y abrazar al hijo que esperan, toda la Iglesia anhela celebrar el nacimiento del Hijo de Dios.

Por este motivo, en estos días previos, es importante mirar con esperanza para descubrir los signos del nacimiento de Dios que viene a nosotros «en cada hombre y en cada acontecimiento para que lo recibamos con fe y para que demos testimonio por el amor de la espera dichosa de su reino».

Allanad el camino

La mejor manera de prepararnos para vivir con intensidad este tiempo, además de con la oración y la participación en la vida eclesial (parroquial, comunitaria), es mediante el compromiso con el prójimo, especialmente con los más necesitados. Queremos allanar el camino para que el Señor llegue a todos y transforme la vida de aquellos que le esperan. Por ese motivo, todos estamos llamados a curar, dar esperanza, llevar alegría, ser solidarios, estar cerca de quienes sufren y hacer posible que la justicia y el amor que viene de Dios alcance a todas las personas. Así prepararemos, auténticamente, el camino al Señor que viene a nosotros.

Compartid vuestra alegria

Los creyentes estamos llamados a ser, como Juan Bautista, testigos de la luz en la Iglesia y en el mundo. Es nuestro compromiso y nuestro ser: allanar los caminos al Señor, facilitar su venida allá donde estemos cada uno, hacer posible el nacimiento de Dios en el corazón de todos. Es nuestra alegría: ser testigos del Señor y esforzarnos porque todos acojan a Jesús que viene a nosotros.




10/12/23: DOMINGO 2 DE ADVIENTO “B”

Is 40,1-11 + 2 Pe 3,8-14 + Mc 1,1-8

Un consuelo necesario, una curación urgente

¿Quién no necesita consuelo? ¿Quién no espera palabras de aliento ante la adversidad? ¿Quién es tan fuerte que no necesite cuidados? La experiencia de la limitación ha acompañado siempre a las personas y, durante este tiempo que vivimos, todos la experimentamos con fuerza.

Necesitamos consuelo... pero, al mismo tiempo, anhelamos la curación. La respuesta a los retos que nos afectan no pasa por el egoísmo ni por el individualismo, sino que exige una apuesta fuerte por el bien común y porque nadie quede desprotegido y olvidado. Dios no nos deja... pero nosotros tampoco podemos olvidar a los que más sufren.

Dios cumple sus promesas

Los creyentes sabemos y sentimos que Dios cumple sus promesas. Eso no quiere decir que dé respuesta a nuestros caprichos, o que esté sujeto a nuestra voluntad. Él es quien nos sostiene, quien nos cuida y repara nuestras fuerzas, quien nos propone un camino y un horizonte de vida. Por ese motivo, en el padrenuestro, le pedimos con insistencia «¡Hágase tu voluntad!». A nosotros nos toca acogerla, ser dóciles a sus llamadas y confiar en que las promesas de Dios se cumplen... y que Él nunca nos dejará solos, ni en la alegría ni en la dificultad.

Él cuenta con nosotros

Junto con la confianza en Dios está nuestra respuesta. Acoger su Palabra es cumplir su voluntad. Hoy hay muchos caminos retorcidos y sendas tortuosas. Quien los transita, puede perder la ilusión, las fuerzas, o la esperanza. El Señor nos lanza a enderezar estos senderos tan cercanos a todos. Familias sin recursos para salir adelante, personas con enfermedades graves, hombres y mujeres que padecen la soledad no elegida, fracasos en proyectos familiares, jóvenes que no pueden dar pasos a la vida adulta, desigualdades flagrantes.,. y tantos más. Son algunos de los caminos que hay que allanar.

Tenemos buenas noticias

El mensaje del Adviento, tiempo de espera y de esperanza, es que «tenemos Buenas Noticias», a pesar de las dificultades. El Evangelio se cumple y Dios sigue apostando por nosotros. Ahora bien, es tarea nuestra hacer posible estas «Buenas Noticias». La Palabra de Dios nos llama a empeñarnos en enderezar los caminos que van hacia el prójimo, a allanar los senderos que acercan al necesitado, a limpiar los accesos a cada persona y a recorrer las veredas que acercan al bien común. Quien vive así facilita la llegada de Jesús, el Hijo de Dios, que hoy se sigue haciendo presente entre nosotros.


8 de diciembre

La Inmaculada Concepción de María

Gen 3,9-20 + Ef 1,3-12 + Lc 1,26-38

Raíz de esta solemnidad

La solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María tiene su fundamento en la tradición de fe de la Iglesia. Por singular privilegio fue concebida sin pecado original, es decir, sin la pretensión radical de querer ser igual a Dios, lo cual no deja de ser un don ligero, puesto que al resto de mortales nos cuesta sudor y lágrimas combinar en nuestra existencia autonomía personal y gracia de Dios, aún después del bautismo.

Contenido

Esta solemnidad la celebra la Iglesia en el tiempo litúrgico del Adviento y las lecturas nos facilitan los momentos clave de la historia de la salvación, en la que María es elemento fundamental. La primera lectura nos habla de la primera caída como pretensión instigada desde fuera del ser humano para ensoberbecer el deseo de querer ser como Dios, conocedores del bien y del mal; pretensión también de apropiarse del amor de Dios y no aceptar como don el ser criaturas.

El evangelio narra la anunciación a María de parte de Dios por medio del ángel Gabriel («Dios es mi fuerza») de algo inaudito: Dios le hace una promesa junto a detalles que la consolidan. El «sí» obediente de amor de María, llena de gracia, posibilita la encarnación. La segunda lectura, de la carta a los Efesios nos sitúa el conjunto en el ámbito de la gratuidad del amor de Dios.

Experiencia de fe

En el mundo religioso afectivo no es difícil que aparezcan rasgos del arquetipo del eterno femenino, pero eso no impide que la relación con María, nutrida de fe, incorpora positivamente elementos del inconsciente. Lo digo porque es muy fácil racionalizar lo que no comprendemos, como si lo no comprensible no fuese real. El creyente adulto vive la relación con María sin poder racionalizar esa relación con Ella.

A modo de rasgos que facilitan el discernimiento

Sin saber cómo, Ella ayuda al creyente a humanizar su relación con Dios. En momentos de sufrimiento, Ella suaviza por dentro el corazón herido. Es como si el consuelo de la fe encontrase calor de seno materno. Cuando el creyente pretende planificar y controlar la eficacia de la misión, Ella enseña la sabiduría del corazón. Unas veces lleva al creyente al abandono amoroso de fe y otras tiene el secreto de fortalecer la debilidad del creyente.

¿Cabe racionalizar la libertad de Dios, que llama a esta mujer a que consienta en la decisión de la Encarnación? María nunca se sintió soberbiamente privilegiada, sino humildemente agradecida por semejante amor de Dios. Son dos formas de vivir los privilegios y conviene de vez en cuando repasarlo.



3/12/23: DIUMENGE 1 D’ADVENT B

Is 63,16-64,7 + 1 Co 1,3-9 + Mc 13,33-37

Recorrer la vida

Comenzamos un año, no el astronómico, pero sí el litúrgico. Y todo comienzo entraña situarse en la realidad para ver sus posibilidades.

A Isaías, poeta y profeta de la esperanza, el presente de su tiempo le producía sinsabor y tristeza, porque comenzaban una etapa nueva de su vida y la realidad no era tan paradisíaca e idílica como la habían imaginado. Volvían de un destierro muy largo, creían volver a un jardín cubierto de flores y bañado por ríos, con ciudades bellas y engalanadas en las que vivían sus parientes antepasados, que no habían sido obligados a emigrar, acomodados en sus viejas costumbres agrícolas y ganaderas de supervivencia, adueñados de las posesiones de los desterrados. Y cuando ponen los pies en el suelo de esa tierra todo se desvanece. Ni jardín ni flores ni agua ni casas ni campos ni pastos ni parientes.

Él, que tanto había insistido para animarlos a la vuelta, se siente culpable. Dios le ha hecho una mala jugada. Ellos que habían soportado siglos de exilio, que habían conseguido mantener la fe a base de contar esas historias y que, basados en ellas, habían fundamentado la esperanza de un futuro feliz que Dios les construiría. Ahora, esa esperanza ya pensada con detalle, no la ven. Dios les ha fallado ¿O es que siguen siendo culpables y por eso la suerte no les sonríe?

Y hacerlo con Dios

Curiosa e importante esta consideración de Isaías. Cuando Dios se oscurece la culpa aparece y atrapa. Si Dios ha sido siempre el solucionador de sus problemas ¿Cómo es que ahora los mete en otros? ¿Cómo los saca de una tierra en la que vivían bien acomodados y los mete en otra, la suya, pero extraña, en la que todo está por reiniciarse y recuperar? ¿Qué Dios eres Tú? No contaban con que este Dios de sus antepasados es el Dios de la vida y de la Historia. Y lo mismo que la vida y la historia hay que reiniciarla en cada generación porque nunca se la conquista del todo. A Dios hay que redescubrirlo cada día, y hay que reiniciar la historia con Él cada día, y hay que estar preparados para sus sorpresas cada día.

Por eso el evangelio de este comienzo del año litúrgico nos avisa: «Mirad». Con Dios uno no puede dormirse pensando que ya lo conoce y lo tiene. En cada momento de la vida puede darnos la sorpresa y querer reiniciar el proceso de nuestra amistad con Él. No es amigo de rutinas. No quiere quedar atrapado en las costumbres que ya no dicen ni hacen vida. Va a venir de nuevo, pero con novedad, no como estamos habituados. Va a venir en Navidad, pero tenemos que estar despiertos porque, si no es así, podremos no reconocerlo. Y eso nos llenaría de culpa, de desánimo y desesperanza. ¡Menuda carga! Pero si abrimos los ojos, Él se deja ver.


26/11/23: DOMINGO 34 DEL AÑO “A”

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Ez 34,11-17 + 1 Co 15,20-28 + Mt 25,31-46

Yo buscaré las ovejas perdidas

Ezequiel, en la primera lectura, expresa genialmente quién es el auténtico pastor de Israel, al tiempo que desenmascara a los «pastores» que deberían ocuparse de las descarriadas, de las perdidas y no les hacen caso.

Sabiendo que en el Antiguo Testamento se denominan «pastores» a quienes tienen autoridad, sea civil o religiosa, el texto de Ezequiel revela el hartazgo de Yahveh con respecto a quienes ejercen autoridad y, al mismo tiempo, manifiesta una esperanza en las personas despreciadas, que no pintan nada, que son tenidas por inútiles: Dios mismo las buscará, las pastoreará, las alimentará, las amará dándoles así su dignidad, arrebatada por unos «pastores que se pastorean a sí mismos».

Ovejas y cabras

El evangelio de hoy es sobradamente conocido. Sin embargo, no por conocido es más comprendido. Ya hace tiempo que vengo observando la dificultad de algunos cristianos de aceptar que Cristo Jesús, además de persona que pasó haciendo el bien, ha sido constituido «juez» por Dios Padre en su misterio pascual.

Si la vida cristiana se fundamenta en la fe, las obras son el test de esa fe. Por ello, el juicio que expresa Jesús en este texto es, ante todo, un juicio, cuyo contenido viene determinado por nuestro comportamiento hacia los últimos, hacia quienes les ha sido arrebatada su dignidad, hacia los despreciados por esta sociedad.

La humanidad y su historia pasarán por el juicio

En los relatos de la Pasión, leídos por semana santa, tuvimos la oportunidad de contemplar cómo este mundo está fundamentado en la mentira y, por la mentira, fue entregado Cristo Jesús a los poderosos de este mundo.

Es muy importante que no echemos en saco roto estas palabras de Jesús, ya que son terribles para quienes, abusando del amor de Dios, oprimen al prójimo; y son altamente esperanzadoras para quienes aman, sea haciendo el bien, sea sin hacer nada aparentemente más que amar en el anonimato, como María que sigue siendo el corazón que da vida a la Iglesia de su Hijo.

Cómo pasar de cabras a ovejas

Humildemente hay que reconocer que Jesús, juez misericorde, siempre da oportunidades para que el pecador se convierta y viva.

Hay una forma de ir convirtiéndonos de cabras en ovejas: amando al que nos cae mal; sirviendo al cara dura; acogiendo al de carácter insoportable... No es posible de la noche a la mañana, pero poco a poco sí es posible, ya que el propio Jesucristo nos acompaña y nos ayuda en esa conversión. Y llegará un momento en que lo haremos sin enterarnos, porque será «gracia».



19/11/23: DOMINGO 33 DEL AÑO “A”

Pr 31,10-31 + 1 Te 5,1-6 + Mt 25,14-30

Fin del año litúrgico

Estamos finalizando el año litúrgico y en este final del año, la Iglesia nos invita a reflexionar sobre las realidades últimas del hombre y de la historia. No implica esto que nuestra vida sea un vivir constantemente de cara a la muerte, pero sí plantearnos que nuestro vivir es un vivir en esperanza, pues ya hemos experimentado la salvación de Cristo Jesús y en el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos, y esto hace que mantengamos viva la esperanza hasta la plena manifestación de los hijos de Dios en la venida definitiva del Señor.

Entretanto en este tiempo de espera, el Señor derrama sobre nosotros el Espíritu de Dios que es el que hace caminar a la Iglesia y hace que tomemos conciencia de que, como nos dice Pablo en la segunda lectura, somos hijos de la luz e hijos del día, no de la noche ni de las tinieblas.

Dones del Espíritu

Y para nuestro caminar en esperanza el Espíritu derrama sus dones sobre nosotros; es lo que nos recuerda el evangelio con esta parábola de los talentos. El Señor marcha de viaje y reparte a tres empleados cinco talentos a uno, dos a otro y uno a otro, a cada uno «según sus capacidades». Es el Señor que en su Resurrección, podemos decir que «emprende viaje», asciende a la derecha del Padre hasta que regrese lleno de gloria y majestad para ser juez de vivos y muertos y nos encarga a nosotros la construcción del Reino de Dios con la fuerza del Espíritu.

Para ello tendremos que hacer producir los talentos que el Señor nos da a cada uno de nosotros, porque los dones del Espíritu (los talentos), los tenemos que poner al servicio de la edificación del Pueblo de Dios, y así, responder al Señor en fidelidad.

Abandonar miedos y seguridades

Hacer producir los talentos que hemos recibido supondrá un riesgo, pero un riesgo que tenemos que asumir los que estamos llamados a transformar el mundo según el modelo del Reino de Dios. Nos dice el papa Francisco: «prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades».

Estas palabras del Papa nos tienen que mover a no adoptar la actitud del tercer empleado, enterrando nuestros talentos en tierra y buscando únicamente nuestra propia seguridad, a no reducir nuestra fe encerrándonos en los templos y limitándonos a cumplir mandamientos externos.

El discípulo del Maestro tiene que recorrer su mismo camino y el camino del Maestro es el camino de la Cruz y para recorrerlo tenemos que desterrar nuestros miedos y seguridades para construir un mundo según el Evangelio, así seremos siervos fieles y cumplidores no enterrando nuestra vida, haciéndola estéril.


12/11/23: DOMINGO 32 DEL AÑO “A”

Sav 6,13-17 + 1 Tes 4,12-17 + Mt 25,1-13

■ La parábola.

La historia que acabamos de escuchar nos resulta un tanto extraña porque no conocemos los usos y costumbres de las bodas en aquel tiempo. Era lo habitual que la boda se celebrara en la casa del novio; éste acudía a la casa de la novia pare recogerla y llevarla a su propia casa. En esta ceremonia el novio era recibido por muchachas que acompañaban a los novios en el camino desde la casa paterna de la novia a su futuro hogar. Como este recorrido tenía lugar de noche, se preparaba un cortejo de luces.

Las diez doncellas se han reunido en casa de la novia y esperan la gran fiesta. Esperan que venga el novio. Las bodas eran en aquel tiempo grandes fiestas, y en la Biblia encontramos la boda como imagen del Reino de Dios. También nuestra parábola comienza: «El Reino de los Cielos se parecerá...».

Veamos más detenidamente a las diez vírgenes. Todas esperan al novio y el comienzo de la fiesta. Todas están preparadas; sin embargo el novio y su comitiva no han llegado todavía. Las diez están cansadas y se duermen. De pronto, a medianoche, se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!». Cinco de las doncellas arreglan sus lámparas y las rellenan con aceite. Han tenido en cuenta que la espera podría durar. Las otras no se encuentran preparadas y no pueden aparecer en la fiesta.

■ Aplicación.

En la parábola de las diez vírgenes se trata de la fe en la venida del Reino de Dios y de la postura en la vida que nace de esa fe y de esa espera.

Dios llega de improviso, a la hora que menos se piensa. El solo minuto verdaderamente importante para cada uno es éste: el minuto de Dios, el minuto del encuentro, el minuto donde para cada uno de nosotros se para el reloj del tiempo y se entra en la eternidad. Nadie sabe cuándo va a suceder esto. ¿Mañana? ¿En un mes? ¿En un año? Jesús nos advierte que hay que estar preparados. ¿La voz a medianoche nos sorprenderá desprevenidos?

Muchas personas están cansadas y adormiladas. No creen mucho en la venida del novio celestial o, mejor dicho, del Salvador. En esto radica la necedad desde el punto de vista del evangelista Mateo. La parábola de Jesús es una advertencia muy seria a nuestra fe. Como cristianos, pensamos que tenemos que estar presentes en el mundo. La Iglesia se pronuncia públicamente sobre muchas cuestiones. Eso está bien, pero da que pensar si se olvida algo totalmente decisivo. Los cristianos no estamos destinados sólo a esta vida y a este mundo. Jesús nos ha dado una esperanza que va más allá de nuestra vida y de nuestra muerte. Ya sabemos que este aspecto de nuestra fe nos resulta extraño porque buscamos toda nuestra felicidad en este mundo y en esta vida. Lo que viene después, la mayor parte de las veces se difumina, porque no nos lo podemos imaginar, incluso porque pensamos que es sólo una vaga promesa.

Sin embargo, a la vista de tal olvido y falta de esperanza reducimos nuestra fe a una visión del mundo con un par de indicaciones éticas. Pero la fe cristiana no se agota en esto. Sin una esperanza en una nueva vida, en la que estaremos con Dios, negamos una parte decisiva de nuestro cristianismo. Creo en la vida eterna.

Como cristianos, tenemos que comprometernos con este mundo. Sin embargo, no podemos perder de vista la esperanza de un futuro en Dios. Que Él «ilumine los ojos de vuestro corazón para que entendáis cuál es la esperanza a que os ha llamado» (Ef 1,18).


5/11/23: DOMINGO 31 DEL AÑO “A”

Mal 1,14-2,10 + 1 Tes 2,7-13 + Mt 23,1-12

Un trofeo, una copa, una placa, es algo que se da al ganador o a quien se le quiere reconocer los méritos.

En tiempos de Jesús había unos señores que pedían que les dieran un trofeo: que les llamasen maestro, que la gente les hiciera reverencias por la calle, que les dejasen sentarse siempre en los mejores puestos, en los palcos, porque ellos decían que eran los mejores, los que mejor cumplían las leyes de Dios. Eran los maestros de la ley y los fariseos. Todo el mundo quería ser como ellos.

Jesús dijo a aquellas gentes que le seguían: vosotros, si queréis ser mis amigos, no tenéis que hacer ni ser como los fariseos porque son unos mentirosos. Dicen que son buenos, pero no hacen el bien a nadie. Vosotros haced siempre el bien y si queréis ser los primeros, los mejores, los que se merecen un trofeo, ser servidores los unos de los otros, ayudaos sin esperar que os ayuden, haced favores sin esperan que os los hagan, compartid lo que tenéis, quered a todos aunque no os quieran a vosotros.

Jesús no solo lo dijo, sino que lo hizo. Él sí que se merecía el trofeo del servicio, del amor, de la bondad. Un hombre que fue un gran amigo de Jesús, que se llamaba Pablo, también hizo como Jesús: quería mucho a todos, los trataba con cariño y delicadeza. Nos lo cuenta él en la carta que escribió a los cristianos de Tesalónica.

Jesús nos pide hoy que nosotros hagamos como Él, no para que nos den un trofeo, no para que todos nos digan que somos muy buenos, sino para parecernos cada día más a Jesús y ser así mejores amigos suyos y de los demás.


1 de novembre: TODOS LOS SANTOS

Ap 7,2-14 + 1 Jn 3,1-3 + Mt 5,1-12

Santo es el Señor

«Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo», cantamos en cada misa. Es la alabanza de toda la familia de los creyentes, de los que caminamos aún en la tierra y de los que ya disfrutan de la gloria de Dios en el cielo. El libro del apocalipsis nos dice que es el canto de «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7,9). Al proclamar «santo, santo, santo es el Señor...» nos unimos a nuestros seres queridos que un día partieron y gozan ya de la felicidad de Dios en el cielo y nos unimos también a todos los santos y santas anónimos, desconocidos, que, entre nosotros, han elegido vivir las bienaventuranzas de Jesús y hacer feliz la vida de los demás.

La santidad es vivir con amor

Dice el papa Francisco que la «santidad es vivir con amor y ofrecer un testimonio cristiano en las situaciones cotidianas». La santidad nada tiene que ver, entonces, con personas que hacen cosas extrañas o con héroes o santones, sino con todos los cristianos, hombres y mujeres, sencillos y corrientes, llamados cada día por nuestro padre Dios a vivir y dar testimonio de su amor.

La santidad es vivir las bienaventuranzas

¿Cómo dar testimonio de este amor que nos desborda? Pues entrando por el camino de las bienaventuranzas, que es el camino de la felicidad y de la dicha. Nos lo dice Jesús: bienaventurados los pobres de espíritu, los humildes, los pacíficos, los limpios de corazón, los que trabajan por la justicia, los misericordiosos... Este es el camino que vivió Jesús.

Es una propuesta de felicidad distinta a la que tantas veces nos venden en el mundo. Dice el mundo, felices los ricos, y Jesús dice, felices los pobres; dice el mundo, felices los listos y aprovechados, y Jesús dice felices los limpios de corazón; felices los poderosos y triunfadores y Jesús dice felices los humildes; felices los que se imponen con su fuerza, y Jesús dice felices los pacíficos; felices los que solo miran para sí mismos, y Jesús dice felices los misericordiosos.

El camino de la santidad hoy

Felices los que no excluyen a nadie y miran de frente a los pobres y les muestran su cercanía y solidaridad; los que miran con respeto y bondad a todos sus vecinos, fijándose en lo bueno que hay en cada uno, y en ellos ven la presencia de Dios; los que se preocupan de las cosas comunes y están dispuestos a echar una mano por el bien de todos; los que no se pasan la vida criticando y quejándose, y están dispuestos a salir de su comodidad y compartir tiempo y dinero; los que se proponen cada día ser buena gente, aunque a veces la vida se les ponga en contra; los que son capaces de perdonar, olvidar y pasar página...

Este es el camino de los santos. No se trata de hacer cosas extraordinarias. «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,12).



29/10/23: DOMINGO 30 DEL AÑO “A”

Ex 22,21-27 + 1 Tes 1,5-10 + Mt 22,34-40

■ Una pregunta comprometida.

Ante la complejidad de tantas situaciones de la vida todos nos hemos preguntado alguna vez por lo importante, ya que todo no es posible y hay que elegir la comida, el vestido, el coche, el piso... Y mucho más cuando se trata de aquello en que nos va la vida. Siempre que hay elecciones se discuten las prioridades en todos los programas políticos, lo más importante. Y algo semejante nos ocurre en algunas ocasiones de la vida de familia o personal.

En la vida del pueblo judío los fariseos, en su afán por cumplir estrictamente la Ley, habían ido multiplicando los preceptos y las recomendaciones hasta el punto de haber complicado excesivamente el sentido de la Ley. Por eso se discutía sobre lo más importante, lo principal, para poder así tranquilizar la conciencia. De ahí el interés por plantearle la cuestión a Jesús, del que tanto y tan bien se hablaba entre la gente. Si, de paso, se comprometía al Maestro, en una cuestión tan discutida y sin solución fácil, tanto mejor. Todos estaban de acuerdo en lo que dice la Ley, que lo primero es amarás al Señor, tu Dios, con todas tus fuerzas, con toda tu alma, con todo tu ser. E incluso estaban de acuerdo en que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Pero qué pasa si el amor a Dios se interfiere con el del prójimo. ¿Se puede o no se puede ayudar al prójimo en sábado?

■ Una respuesta comprometedora.

Jesús escucha atentamente la pregunta, acepta el reto y responde comprometiendo, a su vez, a sus malintencionados comprometedores. Porque lo que menos esperaban era que, al recitar Jesús al pie de la letra el texto de la Ley, concluyese con que no se trata de dos mandamientos, sino de uno, en dos versiones, pero que se implican mutuamente. De manera que no puede haber oposición entre el amor a Dios y el amor al prójimo, sino en las triquiñuelas de los que utilizan la religión para no dejar vivir en paz a los demás. Vosotros, les acusará Jesús, con el pretexto de largos rezos, explotáis a las viudas, apropiándoos de sus ahorros.

Nadie puede engañarse, creyendo que ama a Dios, si no revalida ese amor en el amor a los hermanos. Porque el que dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama al prójimo, al que ve, dirá san Juan, es un embustero. No se puede separar la religión de la defensa de la justicia y de la lucha por los pobres. No se puede separar la Teología de la Doctrina Social de la Iglesia. No se puede ser tan intransigente en cuestiones discutibles de doctrina y tener la manga tan ancha en cuestiones de derechos humanos y de defensa de los débiles. Porque el amor a Dios es la razón para amar al prójimo y el amor al prójimo es la garantía de que nuestro amor a Dios no es un amor platónico.

■ Lo primero es el amor.

Lo primero y principal es el amor, no la ley. Cuando falla el amor, todas las leyes son insuficientes; y cuando hay amor, es muy fácil secundar la ley. No es que la vida sea muy complicada, es que la complicamos cada vez más, para eludir el tomar en serio el amor y la solidaridad.

Lo estamos comprobando tristemente con la inmigración. Se multiplican las leyes para regular la inmigración, es decir, para controlar, para frenar la presión migratoria. Décimos que no nos oponemos, que sólo queremos que vayan viniendo en la medida que podemos ir haciéndoles sitio, pero no nos hemos preguntado si el hambre está dispuesta a secundar nuestras reglas y no afectar sino a los que nosotros podemos dar de comer sin perder nuestra posición. ¡Cuántos tendrán que morir de hambre, cuántos tendrán que renunciar a su deseo de una vida libre, cuántos tendrán que jugarse la vida en busca de una vida digna!

En estas circunstancias, amigos míos, no es fácil celebrar la eucaristía, si no estamos dispuestos a dar la vida para que todos tengan vida, puedan vivir y trabajar y comer y verse libres y queridos. Ése es nuestro reto, el primer mandamiento, el principal y el más urgente.


22/10/23: DOMINGO 29 DEL AÑO “A”

Is 45,1-6 + 1 Tes 1,1-5 + Mt 22,15-21

Unidos contra el bien

Hay veces que personas y grupos que se llevan mal, se unen para hacer frente a un enemigo común. Eso fue lo que hicieron los fariseos y los partidarios de Herodes. Entre ellos mantenían profundas diferencias, relacionadas con la ocupación romana. Los fariseos eran contrarios a la ocupación, los herodianos estaban a favor. Por esta cuestión, no pequeña, se habían convertido en enemigos irreconciliables, pero apareció Jesús y se unieron contra él. ¡Todos hemos visto al mal unirse en contra de personas que hacen el bien! Y hemos visto al mal utilizar la difamación, el engaño, la trampa, todo tipo de artimañas. Jesús no se libró.

«¿Es lícito pagar impuestos al césar o no?». Es una pregunta trampa. Si Jesús dice que no es lícito lo podrán acusar de subversivo contra Roma. Si dice que sí es legítimo quedará desprestigiado ante el pueblo humilde que vivía oprimido y agobiado por los impuestos. Una trampa.

A Dios lo que es de Dios

«Enseñadme una moneda». En una de las caras rezaba esta inscripción: «Augusto Tiberio César, hijo del divino Augusto». En el reverso estaba escrito: «Sumo Pontífice». Para Jesús estaba claro. Al césar lo que es del césar. Jesús se refiere, no tanto a la moneda en sí, cuanto a lo que la moneda representa. Al césar lo que es del césar: el poder, la dominación, el sometimiento de los pueblos al imperio; y a Dios lo que es de Dios. De Dios es la vida, es el ser humano, es el reino, es la bienaventuranza de la justicia y de la paz. Del césar es el imperio, de Dios toda la vida. Intereses radicalmente enfrentados, dinámicas absolutamente opuestas. Jesús les había dicho a sus discípulos: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros» (Mt 20,25). Se entiende que ahora Jesús diga: a Dios lo que es de Dios.

¿Estar a bien con Dios y con el Cesar?

Nosotros, muchas veces, en el fondo de nuestro ser, desearíamos estar a bien con Dios y a bien con el césar. Con los dos. Viviendo en los valores del mundo y cumpliendo fielmente las obligaciones religiosas. Pero Jesús nos saca de ese modo tramposo de relacionarnos con Dios y nos lleva a un escenario nuevo. Dios y el césar no son dos caras de una misma moneda. Se lo dijo bien claro en otra ocasión: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).

¿En qué valores vivir?

Jesús nos pone frente a la elección sobre cómo vivir la vida i la fe: ¿cómo quieres vivir, en los valores de lo que el césar representa (poder, dominio, riqueza, etc.) o en la dinámica del Dios de Jesús, en la vida que se hace servicio? ¿Cómo quieres vivir la vida cristiana, como un complemento religioso o como una opción de vida?



15/10/23: DOMINGO 28 DEL AÑO “A”

Is 25,6-10 + Fil 4,12-20 + Mt 22,1-14

Una imagen genial

Los preparativos de una celebración forman un conjunto de previos y un conjunto de invitaciones que habrán de ser cursadas con cuidado sin dejar a nadie excluido, eso resulta muy descarado por la afrenta que se causa. Aunque, también, rechazar la invitación o expresar una excusa falsa, es motivo de enfado y humillación.

La imagen sirvió, desde muy antiguo, para significar la relación de Dios con nosotros ya en el presente y de cara al futuro. Dios, que nos ha regalado tanto como la vida y el mundo, nos convoca a celebrarlos ahora y lo hará al final de los tiempos. La invitación toma caracteres de fiesta inmensa a la que termina siendo convocado todo el mundo. En ella, como en todas las fiestas, unos encontrarán más alegría, otros, afectados por algún dolor próximo, encontrarán consuelo para remontar sus horas bajas, otros, que se creían excluidos, verán cómo son admitidos y queridos, otros experimentarán la enorme alegría de reencontrar personas recordadas con cariño y largamente no vistas. La imagen causó tal impacto que ha sido muy celebrada y recurrida para hablar de lo que no es posible hablar, de ese futuro que está más allá de nuestros propios límites, al que no tenemos acceso visual ni conceptual, pero por el que sentimos una tremenda y anhelante curiosidad.

¡Cuidado con el vestido!

Hoy, Jesús, en el evangelio del criticón Mateo, la usa también. Pero quizás Mateo, llevado de su búsqueda de religiosidad sincera, la dirige no tanto al aspecto universal de la invitación, que en Jesús está fuera de toda duda, sino al uso discriminador y posesivo que algunos creyentes, ya en su tiempo, hacían de esta imagen.

Nos advierte: ¡Cuidado! Que algunos, por no juntarse con otros a los que tienen excluidos en sus afectos personales, pueden no querer aceptar una invitación por no mezclarse con quienes ellos, solo ellos, consideran indignos de entrar en esa fiesta. Dios ya ha mandado a sus mensajeros a repartir las invitaciones. Para todos, sin excepción. Que nadie se empeñe en poner impedimentos a otros ni a sí mismos. Para él no hay unos parientes más dignos que otros, ni amigos más honorables que otros, ni señores más señorones que los demás. No importa el vestido que llevemos o que no tengamos corbata.

Todos estamos invitados por igual. Solo una advertencia: Que nadie entre con el vestido de juez o de fiscal. Esos vestidos no tienen entrada en el Reino de Dios. Su función queda restringida al reino de la tierra, de la justicia mundana, de la convivencia legal, de los corazones duros y excluyentes. En la fiesta de Dios solo se pide un corazón esponjado, abierto, acogedor, suave y enternecido. Si no lo tenemos así, hay que buscar un centro comercial en donde tengan vestidos y corazones de misericordia, compasión, fraternidad y amor para ponérselo rápido no vaya a ser que nos llegue la invitación y no estemos preparados.



8/10/23: DOMINGO 27 DEL AÑO “A”

Is 5,1-7 + Fil 4,6-9 + Mt 21,33-43

Somos la viña del Señor

En la cultura agrícola mediterránea la viña forma parte de los árboles míticos y simbólicos junto con la higuera y el olivo. La presencia de la viña en los textos bíblicos se remonta al mismo Noé, que plantó una viña y bebió su vino. Los profetas y los salmos ven en la viña (primera lectura y salmo de hoy) un símbolo del pueblo de Israel. Dios es propietario y agricultor. La viña exige mucho trabajo: poda de los sarmientos, limpieza de las hierbas de cada cepa, escarda de los pámpanos en primavera, vendimia esmerada en otoño. El agricultor no escatima recursos y espera pacientemente el tiempo de la cosecha.

La viña se conoce por sus Frutos

La viña es una imagen muy rica para explotar su simbología. Los racimos pueden ser muy pequeños o hermosos; la uva puede ser dulce, pero también se puede pudrir. Con ella se puede elaborar un vino sabroso y elegante, o también puede convertirse en vinagre. Una misma viña pasa por diferentes etapas en su vida. La lectura de Isaías canta a la viña mimada que, sin embargo, da agrazones. No es difícil hacer la trasposición a la vida de las personas, sean cristianos o no. La sabiduría popular sentencia: «obras son amores, y no buenas razones»; o lo que es lo mismo, creemos y nos fiamos de los comportamientos de las personas en momentos delicados, de las actitudes que se hacen realidad y no de las palabras huecas, altisonantes, henchidas que no conducen a nada.

No basta con ser el pueblo elegido

El evangelio da un paso más. Siguiendo la estela de la viña, distingue ahora entre el propietario y los trabajadores a quienes se les ha confiado. No se discute la propiedad y los derechos del dueño. La escena se focaliza en las actitudes retorcidas, incluso violentas, de unos jornaleros. El narrador plantea una violencia creciente que va desde las palizas a los criados que reclaman los frutos del propietario, hasta la muerte del hijo heredero. De forma simbólica Jesús plantea la responsabilidad de Israel a lo largo de la historia y su comportamiento. No solo no han sido buenos administradores, sino que además han actuado violentamente contra el Hijo enviado. El pueblo de Israel no puede reclamar unos derechos a perpetuidad por ser el «pueblo elegido» independientemente de su actuación.

El evangelio de Mateo es muy duro con Israel, pero hace un «aviso para navegantes» por si alguien quiere entender. ¿No puede pasar lo mismo con el Nuevo Pueblo de Dios, con la Iglesia? ¿No podemos repetir los mismos errores de Israel cerrándonos a lo que pide Dios de nosotros? El evangelio tiene una doble lectura: la importancia de los frutos, y también la prevención ante las falsas seguridades.



1/10/23: DOMINGO 26 DEL AÑO “A”

Ez 18,25-28 + Fil 2,1-11 + Mt 21.28-32

Un seguimiento con altibajos

Jesús nos llama a seguirlo cada día. Escucharlo, comulgar su Cuerpo, nos lleva a sintonizar con sus sentimientos, con su Reino, con su fidelidad a Dios Padre y su amor a toda la humanidad. En nuestro seguimiento diario de Cristo experimentamos nuestras flaquezas y olvidos intencionados de su Palabra, y también nuestro rechazo al proyecto de su Reino. Pero a pesar de estos altibajos, aflora una y otra vez el querer tener «los mismos sentimientos de Jesús», el asumir su modo de vida.

Libres y responsables

El profeta Ezequiel nos decía que cada uno es responsable de sus acciones. Hemos sido creados libres para elegir el camino a seguir. Pero esta elección conlleva consecuencias para nosotros y nuestro prójimo. La libertad es un don que Dios nos da. Él nos llama a usarlo de forma responsable, humanizadora y fraterna, en fidelidad a Aquel que nos ha hecho libres. Somos libres para acoger o rechazar el don de la fe en Jesús. Aunque decimos que queremos vivir de forma coherente nuestra fe, a veces preferimos recorrer otros caminos más apetecibles, y aparentemente más beneficiosos. Aunque al final nos llevan al vacío, el descontento y la soledad.

El Dios «de la segunda oportunidad»

Dios Padre está dispuesto a la misericordia y al perdón. No se cansa de esperar nuestro regreso. Es más, sale a los caminos de la vida para abrazarnos en nuestra vuelta a Él. Dios nos concede una nueva oportunidad. Él no cierra la puerta de su «corazón maternal» a todos aquellos que a causa del pecado se alejan de Él. Aquellos que han dicho no a Dios, pueden experimentar de nuevo el amor de Dios. Para Él nadie está totalmente perdido. Solo basta querer volver a Él, reconocer nuestras huidas de Dios, y convertirnos a Él con sinceridad de corazón.

La fidelidad de Dios sostiene nuestro sí

Dios no impone su salvación, ni su amor. Él solo espera nuestro sí a su voluntad, aunque en ocasiones, le hayamos dicho no. Jesús nos muestra la misericordia fiel del Padre. Este se alegra con la vuelta a casa de sus hijos, que habían abandonado el hogar. Quiere a todos sus hijos, se desvive por ellos, para que al final la respuesta al don de la salvación sea un SÍ autentico, aunque vaya precedido de algunos NO. El ejemplo de Jesús nos ayuda a vivir en constante fidelidad a Dios Padre. Nos envía el Espíritu Santo, para que este SÍ lo vivamos de forma coherente y continuada. Nuestro trato con Dios y con los demás, nos indicará la autenticidad de nuestro Sí. Digamos sí, «hagamos» sí.



24/9/23: DOMINGO 25 DEL AÑO “A”

Is 55,6-9 + Fil 1,20-27 + Mt 20.1-16

Dios es justo... y hace justícia

La experiencia humana es muy sensible a la justicia. Todos sentimos mucho que alguien nos haga una injusticia, cuando nosotros estamos convencidos de que se ha actuado arbitrariamente, siendo nosotros los perjudicados. Somos muy sensibles a nuestros derechos. ¡No hay derecho a que me hagan esto, es una injusticia que no se puede tolerar! Por otra parte, si nos centramos en nuestra fe en Dios, que es bueno, creador, dador de vida..., decimos de él, que es «justo»; que «no tolera las injusticias». A él apelamos para que imparta justicia en medio de un mundo donde los derechos de los más débiles o pobres son continuamente pisoteados. Tal como dice el salmo de hoy, «El Señor es justo en todos sus caminos». Si no fuera así, no sería Dios.

Si Dios es justo... deberá hacer «mi justicia»

La dificultad no está en el primer punto de estas palabras, sino en el siguiente: ¿qué entiendo yo por justicia? ¿Puedo obligar a Dios a que actúe con mis criterios? ¿Puedo exigirle que tenga por justo lo que yo considero justo? Una distinción clásica, que debemos repetir, es que la justicia romana busca la equidad y la reparación (el dar a cada uno lo suyo), pero es distinta a la justicia bíblica. La justicia del Dios que se nos revela en la Biblia es la de la alianza: Dios hace una alianza con Israel y le pide que observe sus mandamientos para que viva. Israel es de corazón duro y desobedece; Dios lo amonesta y lo corrige; le pide de nuevo, una y otra vez, que vuelva a la alianza. La justicia de Dios, según la Biblia, va de forma inseparable junto a su misericordia, su fidelidad, su paciencia: Dios quiere la salvación, no quiere el fracaso de las personas. El mayor don que nos da Dios es él mismo y su Reino: el conocer a Dios, el descubrirlo en nuestra vida de forma salvadora, en trabajar por el Reino, es lo mejor que nos puede suceder.

La enorme alegría de los justos

Como consecuencia de esta segunda parte de la reflexión, viene la tercera: ¿entonces para qué ser bueno, para qué esforzarse, si la justicia de Dios no busca las normas estrictas y mensurables de la equidad? Dios es siempre mayor que nosotros, en su amor, en su misericordia, en sus caminos. Con frecuencia queremos que él nos siga a nosotros, a nuestros criterios, porque no estamos dispuestos a aceptar los suyos. Los creyentes son los que han conocido a Dios, su salvación, esa es su alegría y su paga: Dios hace justicia con ellos concediéndoles el don precioso de la fe en esta vida y la esperanza en la vida futura. ¿Qué tesoro es mayor que el haber conocido a Dios y vivir en su presencia? Por eso se tienen que alegrar de que una persona, que ha desconocido en su vida a Dios (los jornaleros del final del día), aunque sea al final, en la última hora de su vida, también lo abrace en la fe. Un cristiano no puede «medir» con las varas que no pertenecen al evangelio. El cristiano se alegra de los trabajadores de la última hora. Es un evangelio «que pica», «que escuece», pero es el evangelio.



17/9/23: DOMINGO 24 DEL AÑO “A”

Sir 27,30-28,7 + Rm 14,7-9 + Mt 18,21-35

¿Tengo derecho a creerme con derecho?

La primera lectura y el Evangelio tocan un punto básico en las relaciones interpersonales, tanto a nivel social como en la Comunidad Cristiana: creer que yo tengo derecho a ser perdonado y amado por Dios y, sin embargo, no reconocer que quien me hace daño no tiene derecho a que yo lo perdone.

No hay amor sin justícia

En la vida social y en la vida eclesial no hay amor sin justicia, especialmente cuando la justicia trata de dar a cada uno lo suyo porque entonces es cuestión de dignidad y principio de igualdad.

Soy consciente de que si la misericordia es solo compasión, fácilmente se convierte en un paternalismo que no favorece la justicia ni el crecimiento de las personas ni de los grupos sociales.

Pero la justicia no es venganza

Sin embargo, cuando uno ve a esos grupos de personas en las entradas de los juzgados gritando a quien todavía no ha sido juzgado, uno tiene la impresión de que la justicia es más deseo de venganza que de justicia. Justos cumplidores de la «ley del embudo»: lo ancho para mí, lo estrecho para el vecino.

Al cristiano se le concede un plus

Tiene en cuenta la ley, pero no es legalista. La ley la subordina al bien de las personas, no al capricho de las mismas. A su bien.

La persona siempre es más que el mal que hace. Por lo mismo, el creyente, que ha sido perdonado promoverá el amor que transforma.

Y no me olvido del mal que cada uno de nosotros realiza, sea consciente o inconscientemente. En estos casos, el creyente pide perdón, pero no dispone de que se lo concedan aquellas personas a quienes ha ofendido. Pero siempre , e queda la posibilidad de pedir a Dios que conceda un corazón misericordioso a quien le hemos pedido perdón y no nos lo ha concedido.

Para esta semana

Un buen ejercicio para esta semana es tomar conciencia de alguna realidad en la que me cuesta perdonar. Y pensar si esa dificultad procede de la imagen propia que ha quedado vulnerada, de una falta de confianza en mí, de una necesidad de afirmarme a mí mismo... Y sin dar demasiadas vueltas a mis derechos, ¿me atrevo a amar a lo tonto, pasando por tonto. El criterio último para el cristiano no es la justicia que reivindica, sino el amor que perdona desinteresadamente.



10/9/23: DOMINGO 23 DEL AÑO “A”

Ez 33,7-9 + Rm 13,8-10 + Mt 18,5-20

¿Cómo actuar cuando hay conflicto en el seno de la comunidad cristiana?

Como en todo grupo humano, en la comunidad de Mateo también aparecieron problemas internos. Mateo debió hacerse preguntas parecidas a las siguientes: ¿Cómo actuar cuando hay conflicto en el seno de la comunidad cristiana? ¿Cómo proceder cuando un miembro de la comunidad se comporta de manera incoherente con lo que ha de ser el seguimiento de Jesús? Con toda seguridad, Mateo se acordó de Jesús y de su manera de afrontar los conflictos en el grupo de los doce.

El que quiera ser grande, que sirva a los demás.

Mateo se acordaba muy bien de las ambiciones personales y de las frecuentes discusiones. En su memoria aparecía nítido el momento en el que la madre de Santiago y Juan le pidió a Jesús un puesto de honor para sus hijos. Pero, sobre todo, recordaba la respuesta de Jesús. Primero les hizo caer en la cuenta de cómo los poderosos se imponen y oprimen a los pueblos; pero, sobre todo, se acordaba de sus palabras: «Entre vosotros no ha de ser así. El que quiera ser grande, que sirva a los demás» (Mt 20,26-27). Tampoco olvidaba Mateo aquella discusión que se traían sobre quién era el más importante. Le preguntaron a Jesús su parecer y que llamó a un niño, lo puso en medio y les dijo: «Si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de Dios. El más importante es el que se vuelve como este niño» (Mt 18,1-4).

Testimonio de comunión fraterna

A la luz de Jesús quedaba claro, para Mateo y para nosotros, que las relaciones en la comunidad cristiana no pueden asentarse sobre valores como el egoísmo sistemático, el afán de poder y de riqueza, el individualismo, la indiferencia o desprecio del otro. El Evangelio sitúa las relaciones en otro plano. El valor fundamental ha de ser el servicio: vivir la vida, no al servicio de mis intereses particulares, sino al servicio de los otros. Eso fue lo que hizo Jesús.

Dice el papa Francisco: «Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica». (Evangelii Gaudium, 98).

¿Qué hacer las comunidades cristianas en medio de un «mundo lacerado por las guerras y la violencia o herido por un difuso individualismo que divide a los seres humanos y los enfrenta unos a otros en pos del propio bienestar»? Francisco nos pide estò: «A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: «En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros» (Jn 13,35)». (Evangelii Gaudium, 99)


3/8/23: FESTA DE SANT LLOP

DOMINGO 22 DEL AÑO “A”

Jer 20,7-9 + Rm 12,1-2 + Mt 16,21-27

Ponte detrás de mí

«El discípulo no es más que su maestro» (Mt 10,24), les había dicho Jesús a sus discípulos en más de una ocasión. Y, ahora, a Pedro le dice «ponte detrás de mí». Los exégetas, los estudiosos de la biblia nos dicen que este texto traducido tradicionalmente como «apártate de mí vista» es en realidad «ponte detrás de mí». Pedro no quiere aceptar el seguimiento tal como lo propone Jesús. Quiere ser él el que indique el camino. ¡Cuántas veces queremos que la vida sea lo que nosotros deseamos que sea! ¡Cuántas veces queremos que la vida cristiana sea lo que nosotros deseamos que sea!

El estilo de Jesús

El seguimiento que propone Jesús conlleva un estilo de vida fundamentado en el servicio, vaciado de todo poder. Les había dicho muchas veces: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26-27). El seguimiento que exige Jesús busca ser fiel a la voluntad del Padre. «He venido -les dirá- no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38).

La vida de Jesús transcurrirá siempre por este sendero de fidelidad y gratuidad. Los discípulos no comprenden. Sus aspiraciones son otras. Solo tras el fracaso de la cruz, cuando ya no cabía esperar nada, la resurrección les alcanzó como un golpe de luz. Será entonces cuando comiencen a comprender el misterio de Jesús. «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Mt 24,32).

Somos como Pedro

La actitud de Pedro refleja nuestro modo de situarnos ante Jesús. ¡Qué difícil nos es permitir que Dios sea Dios! Queremos un Jesús a nuestra medida, un Dios que se ajuste a nuestras necesidades y deseos. Muchas de nuestras oraciones son para pedirle que haga lo que nosotros deseamos.

«Ponte detrás de mí», nos dice Jesús otra vez. Cultivemos en nosotros la actitud propia del discípulo que sabe que Jesús es el Maestro; la actitud de dejar que Dios sea Dios. María, una mujer cristiana de nuestros días, nos ayuda con su testimonio. Escuchémosla.

Dejar que Dios sea Dios en nuestra vida

«Si me pregunto quién es Dios para mí, diría que es mi origen (mi principio, la causa de mi existencia, el manantial donde brota mi ser, la raíz que me sostiene y me alimenta) . Si Él me preguntara: ¿Quién soy yo para ti? Le contestaría: ¡Señor, Tú eres mi Dios! Es en la pregunta y la respuesta donde yo busco el sentido profundo de las cosas, donde me siento libre, es mi libertad y mi vida, es mi amor y mi mayor gozo, quien me invita a seguir adelante, quien cura, quien alivia, quien reconforta. Es el que permanece cuando ni yo misma estoy, cuando ni yo misma quiero estar. Dios es pasión, entrega sin límites, es ternura, es Misterio inabarcable que por amor se nos revela en la fragilidad de los niños, en la vulnerabilidad de los enfermos, en lo más sencillo y cotidiano del día a día, haciéndolo único y apasionante» (María de Miguel).



27/8/23: DOMINGO 21 DEL AÑO “A”

Is 22,19-23 + Rm 11,33-36 + Mt 16,13-20

■ Tú eres el Hijo de Dios

. Está claro que Jesús no tenía ninguna curiosidad por saber lo que se decía de él. Esa pregunta general, dirigida a los discípulos, no era sino una manera de prepararlos para la verdadera pregunta, la que supera los límites de la curiosidad y compromete la responsabilidad de sus discípulos. Porque de eso se trata, de saber qué piensan, qué buscan, por qué le siguen, qué esperan de él los que le siguen con tanto empeño. Mejor dicho, se trata de que cobren conciencia de su seguimiento. Por eso la pregunta comprometedora: ¿Y vosotros?

Los discípulos debieron quedar algo sorprendidos y callaron. Por eso, para romper el silencio embarazoso, Pedro se siente más obligado que los demás y se adelanta y en nombre de todos y con todos se compromete solemnemente. ¿Y nosotros? Porque la cuestión hoy es nuestra respuesta.

El Evangelio no es sólo el relato de lo que pasó en aquel tiempo. Como Palabra de Dios es también algo que debe pasar en nuestro tiempo, aquí y ahora. Y ahora somos nosotros los que tenemos que darnos por aludidos y responder. Cada domingo, al terminar la homilía, damos nuestra respuesta en el credo, confesando nuestra fe. Es importante. Pero más importante es saber hasta qué punto el credo es norma de nuestra vida, proyecto de nuestra existencia, programa de nuestras actividades. Confesamos nuestra fe, pero ¿qué dice nuestra vida, nuestras obras, nuestras ilusiones, nuestros deseos? ¿Qué decimos los cristianos? ¿Qué mensaje reciben los que nos miran y nos ven?

■ Tú eres Pedro.

Jesús no esperaba menos de la respuesta y confesión de Pedro. Por eso corresponde confirmándole en la tarea y en la misión que desde un principio ejerció y reconocieron sus condiscípulos, aunque Pedro no acabara de creerlo. La actitud de fe responsable, que Pedro pone de manifiesto, es la disposición que Dios pide a su representante. Es hermoso comprobar la unanimidad en toda la tradición de la Iglesia al interpretar este pasaje del evangelio, en que Jesús confiere su autoridad a Pedro, y a sus sucesores, para que confirmen en la fe a los hermanos.

La historia ha ido recargando y perfilando la figura del Papa, sin apartarla del sentido original. La autoridad, necesaria para el mantenimiento de la unidad de los creyentes, resulta indispensable para el servicio a la Iglesia y con la Iglesia al mundo. La imagen del poder de las llaves, que también hemos escuchado en la primera lectura, es una hermosa alegoría para definir el poder en la Iglesia, que ya antes Jesús había distinguido del poder en el mundo, asignándole la función de servir, no la de imponer y someter y sojuzgar o actuar arbitrariamente.

■ Nosotros también, como confesores de la fe.

No es una casualidad que Pedro, que escuchó de labios de Jesús su elección para ser piedra y fundamento de la Iglesia, haya invitado a todos los cristianos a compartir con él tan alta misión.

  En efecto, en su primera carta, trata de mantener la. fe de los cristianos en medio de las dificultades, llamándoles a la responsabilidad, ya que son piedras vivas del edificio de la Iglesia. Comparte así con toda la. Iglesia su misión, igual que comparte la confesión de la fe. Y hoy, lo mismo que en aquel tiempo. De manera que nuestra presencia en la Iglesia, nuestra participación, nuestra cuota de poder, es también nuestra cuota de disponibilidad, de servicio, de ayuda. A los hermanos, primero, a la comunidad parroquial, a la iglesia diocesana y universal.

Pero también más allá, al servicio del mundo, de la humanidad entera. La confesión de Pedro la aceptó Jesús como disponibilidad y servicio a la Iglesia y al mundo. Y ése es el sentido de la confesión de fe, que expresaremos en el credo, pero que habremos de traducir después en la vida y de por vida.

Y no resulta fácil confesar la fe en las circunstancias actuales, cuando tenemos la impresión de que avanza la indiferencia fuera de la Iglesia y cunde el desánimo dentro de la propia Iglesia. El creyente ha de armarse de valor para confesar su fe en un mundo que busca y ofrece el camino fácil, sin ceder al chantaje de la comodidad y de lo que gusta. Porque lo que importa, lo que de verdad interesa, no es un camino fácil, sino una meta, una razón para vivir, y esperar y luchar con todos, y entre todos, por un mundo más humano y una humanidad más fraternal, que eso confesamos cuando decimos creer en Dios Padre.



20/8/23: DOMINGO 20 DEL AÑO “A”

Is 56,1-7 + Rm 11,13-32 + Mt 15,21-28

■ La pagana de gran fe.

A primera vista ésta es una historia penosa que nos presenta un Jesús que no nos gusta. Jesús rechaza a la mujer cananea y es áspero con ella. Los discípulos dan la impresión de ser unos guardaespaldas más preocupados de la seguridad de Jesús y de ellos mismos que del seguimiento.

Pero también es una historia muy bella: la historia simpática de una mujer de gran fe, valiente y contumaz. No es judía, sino cananea; una extranjera. No sabemos mucho sobre ella, ni siquiera conocemos su nombre. Pero lo poco es suficiente para conocer que mueve su corazón. Su hija está enferma.

Conoce la enemistad que existe entre los judíos y su pueblo, conoce también las barreras sociales que se levantan entre hombres y mujeres (en esto no hay diferencia entre su gente y los judíos) y sabe que todo esto no se puede cambiar. Es una parte constituyente de su educación y de su concepción de la vida.

Ha oído de este hombre de Nazaret que hace milagros. Esta madre tiene una certeza inquebrantable: Sólo Él me puede ayudar. No se preocupa de los prejuicios judíos contra los paganos. Tampoco sabe nada de la conciencia que tienen los judíos de ser el pueblo elegido de Dios. No se deja desanimar por nada: ni el silencio al principio de Jesús, ni el enojo de los discípulos, ni el rechazo de Jesús que suena tan duro.

La salud y la vida de su hija son para ella más importantes que las convenciones. Esto le da un valor en el que las reglas de urbanidad, las buenas maneras, se vuelven secundarias. No pregunta: ¿Qué pensarán los demás? No tiene miedo. No tiene nada que perder, sólo su propia hija.

Por eso lucha con las armas de una mujer inteligente. No se contenta con la primera respuesta y argumenta. Le da la razón. No va a discutir que Él es el Mesías para el pueblo judío. Pero ella piensa que todo esto no tiene por qué impedir a Jesús el ayudarla. En su caso bien podría hacer una excepción. Sabe que no tiene ningún derecho, que no puede exigir, sino solamente pedir. Esto no tiene por qué tomarlo nadie a mal, piensa ella. Con su gran fe supera las posturas de los discípulos y la posición rígida de Jesús.

■ Nuestra fe.

El evangelio de hoy nos plantea preguntas que nos dan que pensar. Está sobre todo la pregunta sobre la fe. Jesús alaba la fe de la mujer pagana. Se queja repetidas veces de la falta de fe de su pueblo. Sus contemporáneos judíos tenían determinadas ideas sobre cómo tenía que ser el Mesías y sobre lo que tenía que hacer. Insistían en su superioridad frente a otros pueblos. Estaban tan encasillados en sus ideas y expectativas, que no sabían qué hacer con Jesús. “¿Puede de Nazaret salir algo bueno?”, pregunta incluso uno que sería luego discípulo de Jesús.

¿Nuestra fe no parte también de determinadas ideas y expectativas? ¿No hay también cristianos que parecen saber exactamente cómo es Dios y lo que tendría que hacer? Están decepcionados y amargados, cuando Dios se comporta de otra manera y no honra su supuesta vida “decente” con un bienestar económico. ¿Cómo Dios puede permitir esto?, o incluso: ¿Cómo puede haber Dios, si pasa esto? En el centro de la fe de esta persona no está Dios. Ellos mismos, sus ideas y sus deseos son el centro y la meta de su vida. Ésa no es la fe que Jesús exige. ¿Cómo es nuestra fe, mi fe?

■ Ningún privilegio ante Dios.

Los contemporáneos judíos de Jesús se sentían como privilegiados y miraban con desprecio a los demás.

Seguridad de sí mismo, arrogancia y desprecio de los demás pueden darse también entre los cristianos: menos por razón de actitud religiosa y más a causa de su raza, del color de la piel, de otra cultura, de otro modo de vivir y pensar. Pero Jesús es el Redentor de todos los hombres. Por todos ha muerto, por todos ha resucitado a la vida eterna. Para Él no hay ninguna diferencia de rango ante Dios. En tanto un cristiano considera a los demás como personas de segunda clase, su fe no es la que Jesús espera de él.

■ Nuestra oración.

Una tercera cuestión es la de nuestra oración. Esta mujer pagana posee lo que a menudo le falta a nuestra oración: constancia, paciencia y una confianza en ser escuchados.

Muchos cristianos están inseguros de si su oración tiene sentido. No ven ningún efecto y la abandonan. Para nuestra fe no es lo peor o más peligroso el experimentar el silencio de Dios, sino cuando ya no contamos con que Dios se deja mover y rompe su silencio. Puede ser que su respuesta suene de otro modo distinto al que esperábamos, que no llegue en el tiempo deseado sino en otro. De la cananea puedo aprender: «¡No te rindas!», dile tus necesidades, aunque calle. Haz todo lo que es posible. Hacer algo es mejor que resignarse a no hacer nada. Dile todo lo que te oprime y te mueve, lo que te molesta y te pone triste. Y luego vete y déjate sorprender.



15 de agosto:

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Ap 12,1-10 + 1 Co 15,20-27 + Lc 1,39-56

■ La fiesta de la Asunción.

En este día de fiesta, tal vez en vacaciones, disfrutando del mar o la montaña, con la familia o los amigos, al celebrar la Asunción de María al cielo, en cuerpo y alma, nos reunimos para celebrar la eucaristía y así dar gracias a Dios por las maravillas que obró en María. Así lo reconoció ella misma, al ser saludada tan elogiosamente por su prima Isabel, como hemos escuchado en el evangelio: el Señor ha hecho en mí maravillas. Y, ciertamente, María es una maravilla de Dios. Desde el principio en que el Señor puso en ella sus ojos, escogiéndola para madre de su hijo, ya la ideó inmaculada, libre de pecado desde su concepción y desde el principio llena de gracia, como reconoció y la saludó el ángel, al invitarla de parte de Dios a ser su madre. Y toda su vida, marcada por la presencia de Dios en su seno, se vio colmada del Espíritu del Señor que la envolvió al concebir a Jesús y no la abandonó hasta arrebatarla al cielo, como hoy recordarnos y celebramos alborozados. La Asunción de María es el colofón glorioso, al estilo de Dios de toda una vida vivida en su servicio y al servicio de la humanidad.

■ Mensaje de esperanza.

La Asunción de María es para todos nosotros un mensaje de esperanza, que nos hace soñar anticipadamente y acariciar ya la dicha de poder alcanzar un día el cielo, para juntarnos con ella y con todos los santos en la gloria de Dios Padre. En la Asunción de María tenemos la confirmación de los frutos de la resurrección del Señor. Su victoria sobre la muerte es también la de María, asunta al cielo en cuerpo y alma, y la de todos los santos del cielo, y la nuestra, destinados al cielo, ciudadanos del cielo. Porque el mismo Señor que hizo maravillas en María, hace también maravillas por su gracia en todos y cada uno de nosotros. Como ella, como la Virgen, tenemos que decir sí incondicionalmente a las sugerencias del Espíritu: para que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. Y para que cumpliendo su voluntad, trabajemos sin descanso por el reino de Dios. Fue precisamente esa buena disposición de María la que ensalzó Jesús públicamente ante los elogios de una mujer a la madre de Jesús. Jesús subrayó, precisamente, la responsabilidad de María, que supo escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra en su vida, toda la vida. Y ésa es también la respuesta que el Señor espera de nosotros, escuchar su palabra, ponerla por obra, sacar adelante el reino de Dios. Es decir, trabajar para que ya en la tierra se cumpla la voluntad de Dios, como se cumple en el cielo.

■ Vida, dulzura y esperanza nuestra.

María es nuestra esperanza, el lucero de la mañana, como dice hermosamente Benedicto XVI, que despeja las tinieblas del horizonte y hace posible nuestra esperanza. Así repetimos una y otra vez, de diferentes maneras, en la letanía del santo rosario, cuando la invocamos: arca de la alianza, que hace posible nuestra reconciliación con Dios, o puerta del cielo, que nos franquea la entrada, y estrella de la mañana, que hace nacer la luz en las tinieblas de nuestra vida, y cuando repetimos con insistencia: salud de los enfermos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos. Pero sobre todo, hay una oración, antiquísima, siempre en nuestros labios, en que la invocamos: vida, dulzura y esperanza nuestra. Me refiero a la salve. Una- preciosa oración. Sencilla, archisabida, pero llena de sentido. Y que vale la pena recitar con frecuencia, para recobrar aliento, reanimar la fe, reactivar la esperanza. En pocas palabras, la invocamos como reina y madre, como vida y dulzura, como esperanza nuestra. Y tras reconocer nuestra situación, las penas de este valle de lágrimas, nuestra condición de peregrinos, de desterrados, le hacemos una petición: que nos mire y que nos haga ver a su Hijo, el fruto bendito de su vientre. Porque la mirada de María, de nuestra Madre, nos da vida, nos da coraje, infunde dulzura en nuestras tareas y levanta en vilo nuestro ánimo y nuestra esperanza de ver a Dios. Ver a Dios, disfrutar de su contemplación, en compañía de María y de todos los santos y ángeles, será nuestra dicha para siempre.



13/8/23: DOMINGO 19 DEL AÑO “A”

1 Re 19,9-13 + Rm 9,1-5 + Mt 14,22-33

■ La vida y la fe, en comunidad.

El pasaje del evangelio de hoy es una maravilla narrativa exponiendo nuestra propia peripecia personal en el proceso de la relación con Dios. En medio, las figuras de Jesús y la comunidad eclesial, representada en la barca.

El párrafo comienza con la invitación apremiante para que los discípulos suban a la barca y, en comunidad, vayan mar adentro y se lancen a la aventura de la vida desde esa realidad acogedora, y a la vez frágil, que es la Iglesia.

Mateo tiene mucho interés en resaltar el sentido comunitario de la vida y de la fe. Es en sociedad como vivimos todos sin poder prescindir unos de otros en la inmensa variedad de formas de relación y en la infinita complejidad de relaciones de servicio, de colaboración y de trato. Pero es también en comunidad como vivimos, integramos, cultivamos y celebramos la fe.

Porque la fe tiene la profundidad de una dimensión personal insustituible y la profundidad de una dimensión comunitaria esencial para su vivencia, su expresión y su celebración. Sólo en la experiencia de la fraternidad podemos entender la importancia de lo familiar y la hondura de vivir llamando Padre a quien espontáneamente llamaríamos Misterio o Juez.

Y es en comunidad en donde captamos la necesidad de atrevernos a hacer algo como forma de servicio útil a la sociedad, como forma de respuesta a nuestras inquietudes y capacidades personales y como forma de respuesta a Dios que entendemos que nos llama a través de lo que los demás necesitan y nos sentimos capacitados de hacer.

La vocación es el proceso de reconocer lo que puedo hacer por los demás desde mi propia inquietud y con el convencimiento de estar haciendo lo que Dios me pide. Pero es en la comunidad donde cada uno va fraguando, modelando y purificando ese proceso que no debe confundirse con la búsqueda del éxito, la conquista del poder o la obsesión por el propio beneficio, aunque a veces puedan coincidir.

■ También la crisis en comunidad.

También es en comunidad como purificamos nuestro encuentro con Dios para no confundirlo con los muchos fantasmas que pueblan la imaginación religiosa de una fantasía exaltada por los miedos, los catastrofismos o las debacles sociales anunciadas, temidas y no confirmadas.

En la comunidad participamos de la situación real de una vida expuesta a la intemperie, donde las tempestades son frecuentes; las crisis, normales; las dudas, continuas; los temores, cotidianos, y la sensación de ausencia de Dios y distancia también abundante, pero todo vivido en la cercanía de un Dios que comprende y acompaña nuestros procesos de fe, con sus vacilaciones y variantes, signos de una fe que camina en la confianza y va creciendo en madurez, en profundidad y en experiencia de comunión con Dios.

La noche existencial puede ser casi tan frecuente como la noche astronómica. La sucesión de nuestras experiencias es normal que se alterne, porque la vida es un continuo fluir de vivencias que ponen a prueba nuestros nervios como ponen a prueba nuestras convicciones y sentimientos.

Lo inquietante sería instalarnos en la oscuridad de la noche, en la negatividad de la tormenta o en el miedo y desorientación vital junto con la negación de Dios. Entonces es cuando nuestra vida corre serio peligro de hundirse en el mar de los agobios y en el oleaje de las sacudidas sin la referencia de un apoyo en quien echar mano para salvarse.

En una familia hay muchos momentos en los que los lazos sufren sus traumas, en que el cariño se pone a prueba y en el que la relación familiar parece romperse. Sin embargo, distintos acontecimientos, algunas relaciones o una simple llamada hacen resurgir la necesidad de encontrarse y la nostalgia de los seres queridos, convocados, de nuevo, a una mesa, una fiesta, un recuerdo.

■ También Jesús, en comunidad.

Jesús y la comunidad de los creyentes en Jesús formamos un tándem donde todo puede vivirse sin engaños, en la paz y confianza de saberse unidos en la hermosa aventura de la vida, llena de sobresaltos, pero abierta a la luz de la madrugada, del alba, que llega con Jesús en un amanecer sembrado de colores y lleno de esperanzas.

No son los coloridos de las galas, que deslumbran en un momento como el fulgor fugaz de un fuego de artificio. El encuentro con Dios siempre acontece en la vida desnuda del desierto, como Elías; en la tormenta que no cesa de golpear nuestras resistencias, en cualquier momento de una vida que es como es, pero que siempre podemos vivir en unión con otros con los que formamos una comunidad de fe y en la que siempre podremos recurrir a Jesús, como Pedro, y reunirnos para proclamar llenos de admiración y gratitud: Realmente eres Hijo de Dios.



6 de Agosto de 2023

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Dn 7,9-14 + 2 Pe 1,16-19 + Mt 17,1-9

Claridad absoluta

A todos nos gustaría haber estado junto a Pedro, Santiago y Juan para descubrir, con claridad luminosa, la divinidad del Señor. Podemos pensar que fueron unos privilegiados, incluso que tuvieron poca oportunidad de vacilar o errar en su camino de fe. Sabemos que no fue así. Conocemos las dudas y dificultades que tuvieron los discípulos, especialmente en los momentos más difíciles. El don de contemplar la claridad de la manifestación de Dios acontece en medio de una historia personal de crecimiento en el seguimiento de Jesús.

Dudas razonables

Quienes acompañaban a Jesús en la montaña no terminaban de entender ni de acertar en sus comentarios y reacciones. Estaban abrumados en la escena y, al mismo tiempo, no entendían muy bien qué pasaba. Sentimientos y sensaciones multiplicados se amontonaban en su experiencia de discípulos de Jesús. ¿Quién es este hombre que realiza estas acciones tan sorprendentes? ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me ha convocado a seguirlo?

En nuestra experiencia creyente como seguidores de Jesús vivimos momentos de mayor claridad y reconocimiento del Señor y también pasamos por etapas de menor evidencia. Son los claroscuros de la fe. Es la naturalidad del camino del creyente que, junto con la duda razonable, encuentra la evidencia de experimentar el amor de un Dios que sale a nuestro encuentro y nos colma la vida de su presencia.

Dios presente a nuestro lado

Jesús estaba siempre cerca de sus discípulos, lo estaba en el monte Tabor y cualquier día junto al lago. Dios está siempre a nuestro lado en todo momento y circunstancia, aunque no le reconozcamos. El creyente es quien descubre su presencia en la propia vida y en las diversas facetas de la existencia. Somos «contemplativos» de la realidad, de los acontecimientos, de las relaciones... para identificar la presencia de Dios en nosotros y en nuestro mundo. El Señor también se transfigura hoy de diversas maneras y se hace especialmente presente en acciones solidarias, en causas justas, en actividades que buscan el bien, en gestos de reconciliación...

Buscadores de Dios

Jesús invitó a Pedro, Santiago y Juan a no quedarse en la lejanía y el silencio del Tabor sino a continuar su vida «bajando de la montaña», en el llano, en la «planta calle», donde está la vida de las personas, donde están los sufrimientos_ y alegrías cotidianas de los hombres y mujeres. Este episodio también marca el comienzo del difícil camino de Jesús hacia la Cruz. Nosotros también estamos invitados a no quedarnos en buenas intenciones ni en una religión ajena a la realidad. «Tocar tierra», aproximarnos a quien sufre, tender la mano al marginado, colaborar con los que buscan el bien... serán acciones habituales de quienes han experimentado la presencia de un Dios que comparte su historia con nosotros, sus hijos.


<br< 30/7/23: DOMINGO 17 DEL AÑO “A”

1Re 3,5-12 + Rm 8,28-30 + Mt 13,44-52

El escriba y su tesoro

Empezamos por el final de este evangelio. Las últimas palabras de Jesús hacen referencia a un escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos. Este hombre, dirá Jesús, es como un padre de familia que saca de su tesoro (su arca) lo antiguo y lo nuevo. En esta expresión última lo antiguo haría referencia al Antiguo Testamento, a la Torá y las tradiciones del pueblo de Israel, y lo nuevo haría referencia, lógicamente, a la novedad del Reino de los Cielos que Jesús ha venido a traer. El padre de familia no desecha nada que pueda servir para la educación y la felicidad de sus hijos, lo antiguo y lo nuevo. Así ha de hacer igualmente un cristiano.

La novedad del Reino es Jesús

Pero la atención de este texto está en el Reino de los Cielos. Jesús no explica qué es. En las tres parábolas que relata hoy utiliza la misma fórmula: «El reino de los Cielos se parece...». Quizá realidades tan sublimes el hombre solo las pueda entender por aproximación. Jesús no hace una explicación analítica de los elementos que componen el Reino. No, Jesús cuenta apasionadamente que el Reino de los Cielos es lo más importante que a una persona le puede pasar. No hay nada igual. Entrar, participar del Reino de los Cielos es solo comparable a encontrar un tesoro en el campo o una perla de grandísimo valor. Es muy importante notar el mensaje de estas dos primeras parábolas: los hombres que hicieron estos hallazgos no se quedaron quietos, fueron corriendo e hicieron todo lo necesario para poseer el tesoro y la perla. Para el que ha descubierto el Reino de los Cielos ningún precio es demasiado alto. El Reino es Jesús y quien lo ha descubierto tiene que tomar postura. No se puede quedar quieto.

Hoy podemos construir el Reino

La última parábola de este evangelio nos relata una gran pesca: la invitación a formar parte de este Reino es para todos los hombres. Por eso en esa red se recogen toda clase de peces. Dios aceptará en su Reino a quien Él quiera. Pero no es menos cierto que según como cada uno vivamos nos haremos más o menos merecedores de entrar en el Reino.

Cada día en la oración del Padre nuestro pedimos que «venga a nosotros tu Reino». Pidamos a Dios, sí. Y trabajemos ya hoy aquí para hacernos merecedores de ese Reino. Y no olvidemos nunca estas palabras de san Ambrosio: «Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el Reino». Sí, el Reino puede empezar, de algún modo, aquí en la tierra. Depende de ti.



23/7/23: Domingo 16 del año “A”

Sa 12,13-19 + Rm 8,26-27 + Mt 13,24-43

¿La paciencia es una virtud?

Las cuatro virtudes cardinales son «prudencia, justicia, fortaleza y templanza». La paciencia no forma parte de ellas; pero no por ello es menos importante. Una persona paciente sabe esperar, no emite juicios temerarios y toma decisiones precipitadas. Por el contrario, una persona impaciente, movido por su afán o nerviosismo, toma decisiones de las que puede llegar a arrepentirse, por estar poco maduradas o por no tener todos los datos suficientes para iluminar un asunto dado. Todos elogiamos a la persona paciente, y recriminamos la impaciencia en decisiones fundamentales.

¿Dios es paciente o impaciente?

Con frecuencia proyectamos sobre Dios los rasgos de la personalidad humana; precisamente porque nuestro Dios, el Dios en quien creemos, es un Dios con rasgos personales: habla, se enoja, se compadece, decide intervenir en la historia. Así nos dice la Biblia. La Escritura nos habla también de la «paciencia de Dios». En efecto, si Dios no tuviera paciencia con el ser humano, con sus torpeza y errores, la historia de la humanidad hace tiempo que hubiera concluido. El libro de la Sabiduría nos habla de la prudencia, de la indulgencia, del buen hacer de Dios con los pecadores. Jesús, en el evangelio, se sirve de la parábola del trigo y de la cizaña para explicar que Dios no arranca la cizaña de inmediato, sino que deja que trigo y cizaña crezcan juntos. Solo al final pondrá en claro su justicia.

Los tiempos de Dios

Una reflexión que quizá no nos hemos hecho, pero que es profundamente bíblica es acerca de los «tiempos de Dios». En efecto, la Biblia nos muestra cómo Dios se toma sus tiempos: desde que promete un hijo a Abrahán hasta que nace; desde que Israel sale de Egipto hasta que entra en la Tierra Prometida... pasa un tiempo que es revelador: es pedagógico, progresivo, se hace esperar, supera dificultades, es tiempo de maduración... Dios se toma su tiempo y hace que el ser humano experimente su acción salvadora en el tiempo.

Aprender a esperar

La parábola de hoy es luminosa. Muchos de nosotros pensamos: ¿por qué Dios, en su justicia, no interviene ya? ¿Por qué Dios no destruye a los malos y hace vivir a los buenos? Podemos pensar ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos a los ojos de Dios? ¿Acaso no hay personas que pueden arrepentirse? ¿Acaso nosotros mismos, en algún momento de nuestra vida, no hemos sido de esos «malos» que hoy pedimos a Dios que «arranque de su Reino»? ¿Es más justo Dios porque tome decisiones tajantes en un momento de nuestra pequeña historia? ¿Acaso Dios no sabes más, y no ve más allá que nosotros, en nuestra miopía? Aprendamos a ser pacientes, como lo es Dios.


16/7/23: DOMINGO 15 DEL AÑO "A"

Is 55,10-11 + Rm 8,18-23 + Mt 13,1-23

Dos formas de acercarse a la realidad

En alguna ocasión he hecho referencia a esta doble forma de acercarnos a lo real: o bien lo hacemos con un criterio científico que solo acepta como real lo que puede ser verificado y, por tanto, controlado; o bien, lo hacemos con un criterio de confianza que no controla, pero que se fía. Valga como ejemplo la experiencia del amor interpersonal o el amor con Dios. El conocimiento que nos da el amor de las otras personas es real, pero no se puede ni verificar ni controlar.

Captar el estilo de Dios

El capítulo 13 de san Mateo recoge un conjunto de parábolas sobre el Reino de Dios que Él viene a proclamar y a significarlo con signos (curaciones, liberación de endemoniados, revivición de cadáveres, etc.). La mayor parte de las corrientes judías acerca de la intervención definitiva de Dios (anunciada especialmente por los profetas postexílicos) coincidían en que esa intervención de Dios sería de forma espectacular, de tal manera que los justos serían salvados y los no justos serían castigados.

Sin embargo, la primera de las parábolas ya deja entrever cuál es la decisión de Dios de intervenir en la historia y de qué forma lo quiere hacer: como la semilla que crece de dentro hacia afuera y desde abajo hacia arriba de la historia humana. Así es el amor que transforma los corazones que confían en la misión que les ha sido encomendada.

La misión no es exclusiva de los clérigos

Soy consciente de que cuesta creer en la misión que se nos ha encomendado porque no vemos los resultados con rapidez. Y de este pecado participamos laicos y clérigos. Los laicos abandonan diciendo que el mundo necesita cambios rápidos; los clérigos confunden la misión con los encargos de la jerarquía. Pero a todos nos cuesta creer que la misión depende de nuestra fe en la Palabra de Dios que nos explicita cómo es el estilo de Dios: paciente, respetuoso con la libertad del ser humano, gratuito.

En la vida ordinaria

Quien es limpio de corazón empieza a captar el estilo de Dios que pide libertad antes que conseguir objetivos; que pide transformación del corazón y de la sociedad antes que frutos. Quien tiene el corazón embotado con racionalizaciones o entretenido en otros amoríos, mirará sin ver y oirá con los oídos sin entender. Pidamos al Señor, que nos conceda captar su forma de amar, única que es fecunda, para cumplir la misión que nos ha encomendado de sembrar Su semilla en el mundo.


9/7/23: DOMINGO 14 DEL AÑO “A”

Zac 9,9-10 + Rm 8,9-13 + Mt 11,25-30

Cuestión de sencillez

Hay infinidad de estudios sobre Jesucristo que se apoyan en millones de horas y esfuerzos de estudiosos para profundizar en el conocimiento de sus palabras y acciones. Son trabajos que nos ayudan a todos a acercarnos al Señor. Sin embargo, Jesús nos presenta cuál es el mejor camino para conocerlo y acoger la voluntad del Padre Dios: se trata de vivir en humildad y sencillez. Así es como mejor abrimos las puertas a Dios y a su voluntad. Todos entendían a Jesús con claridad meridiana. Él se dedicaba a acoger, curar, perdonar, integrar, resucitar muertos... ¡No podía ser más claro! Sus acciones eran evidentes y sus mensajes estaban llenos de verdad. Con abrir bien los ojos y un poco el corazón resulta suficiente para entender al Maestro. Su mensaje no es complicado: defender el valor de cada persona y proclamar el amor y la misericordia como claves para la vida de todos.

Los cansados... ¡conmigo!

Hoy, como en tiempos de Jesús, hay personas que viven su pertenencia religiosa como una carga pesada. No han conocido la alegría de la fe ni han descubierto el auténtico gozo del perdón de Dios. Su vida religiosa se restringe al cumplimiento meticuloso de un sinnúmero de preceptos. ¡Qué vivencia más dura de la fe! El Señor, que sale al encuentro de todos, nos enseña a vivir confiando en Dios Padre, a descubrir la alegría interior de la fe, y a seguir a Jesús, no por obligación, sino por atracción. Jesús no reprocha el cansancio, sino que invita a acercarnos más al amor y la misericordia de un Dios que conoce bien cómo es nuestra vida. Él sabe que la fe no es una carga, y menos un castigo, sino que es una liberación y que nos trae un nuevo sentido para la existencia.

Yo os voy a fortalecer

El Señor no agobia a nadie, sino que es capaz de multiplicar lo mejor que hay en cada persona. El papa Francisco, hablando de la santidad, nos dice que «cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él». Esa es nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, ser servidores alegres del Evangelio. Cristo Jesús nos propone vivir haciendo la vida más humana y digna para todos, libres de miedos, creciendo en libertad y siguiendo sus pasos. ¿Puede haber algo mejor que ser colaboradores suyos? A nosotros nos toca coger la cruz, y en ella, nuestras dificultades y limitaciones, pero, al mismo tiempo, pondremos nuestros ojos fijos en Él sabiendo que nos da la fuerza necesaria para ser sus testigos en todos los ámbitos de la existencia.

Gracias Señor por salir a nuestro encuentro e invitarnos a ser servidores alegres de tu misión.



2/7/23: DOMINGO 13 DEL AÑO “A”

2 Re 4,8-16 + Rm 6,3-11 + Mt 10,37-42

Seguimiento

Quizá la clave del mensaje que nos propone la Palabra de Dios en este domingo sea la misión del discípulo, el seguimiento de Jesús. Este seguimiento es radical, porque además la misión del discípulo tiene que ser como nos dice el Señor al final del evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes». Y la principal actitud del discípulo tiene que ser el seguimiento del Maestro, aunque esto pueda escandalizar con las palabras del evangelio de hoy, pues ¿es posible odiar al padre y a la madre por seguir a Jesús? Esto sería un contrasentido que no podía venir de un Dios que nos manda honrar al padre y a la madre. Pero nos indica que la misión de Jesús atañe a todos los que lo siguen y Jesús exige de ellos un compromiso de amor personal, un amor que debe ir más allá del amor natural entre padres e hijos, un amor que debe implicar una relación íntima con el Amado, como nos indican Teresa de Jesús y los grandes místicos.

Solidaridad y entrega

Ciertamente no se puede aborrecer a la familia, pero tampoco estar esclavizado por los lazos familiares para caer en el odio, en el rencor, en los enfrentamientos, o sea, que estos lazos nos apartasen del auténtico amor que tiene que guiar y sostener al seguidor de Cristo. Lamentablemente vemos en nuestra sociedad actual enfrentamientos entre familias por viejos rencores provocados frecuentemente por ambiciones de dinero, de poder, etc., o sea, causadas por seguir a los ídolos de nuestro tiempo. Ante esto, el discípulo, el de entonces y el de ahora, tiene que tener en cuenta que forma también parte de una nueva familia, la familia del Padre y el centro de esta nueva familia es Jesús.

Tomar la cruz

Esta exigencia radical del seguimiento de Jesús, nos recuerda el evangelista que implica el tomar la cruz cada día. El tomar la cruz supone, para el discípulo, la pertenencia a Jesús y, solo desde la cruz, comprendemos el seguimiento de Jesús, un seguimiento radical, total, que supone partir de esa unión profunda con el amado y seguirle camino de la cruz. Cuando Jesús utiliza la expresión «no es digno de mí» está diciendo que el que no está dispuesto a esto, rompe su pertenencia a Jesús.

Recibir al mensajero es recibir a Jesús

Los seguidores de Jesús nos tenemos que convertir en mensajeros del evangelio por la palabra y por el testimonio para anunciar la presencia de Cristo Resucitado en medio del mundo. Pero este anuncio se realiza en la humildad del mensajero, con todas sus imperfecciones y deficiencias, pero el mensajero es el miembro de esta nueva familia de Jesús, por eso quien lo recibe, recibe a Jesús y tendrá su recompensa, nos dice el Señor. Es la recompensa que recibe la mujer sunamita por acoger y atender al hombre de Dios, a Eliseo, como nos recordaba la primera lectura.


25/6/23: DOMINGO 12 DEL AÑO “A”

Jer 20,10-13 + Rm 5,12-15 + Mt 10,26-33

La autonomía del mundo

El mundo es autónomo. En realidad, siempre lo ha sido. Otra cosa es que desde una perspectiva religiosa (sea la que sea), se ha mirado al mundo bajo la mirada vigilante y muchas veces recelosa de distintas perspectivas celosas. La fe cristiana nos insiste en esta condición de libertad, de mayoría de edad, de ser adultos. El mundo es adulto y tiene sus «criterios» y sus «valores» sobre la sociedad y la persona. Este ejercicio de la autonomía de lo mundano (bien entendida esta palabra) a veces suscita debate, confrontación; sobre todo cuando algunas propuestas no coinciden o son contrarias a las que hacemos los creyentes.

Imágenes, expectativas y perspectivas

Podemos centrarnos un poco más: ¿Qué imagen tienen algunas filosofías sobre el ser humano, sobre su sentido y sobre su destino y qué imagen tenemos los cristianos? ¿Qué expectativas ofrece nuestra sociedad a una persona que quiere ser feliz del todo, y diciendo todo, nada excluye, tampoco lo espiritual y religioso? ¿Qué perspectivas tienen los jóvenes cuando miran al futuro y lo sueñan lleno de sentido, o carente de sentido? Repetimos, el mundo es autónomo para proponer sus imágenes, sus expectativas y sus perspectivas. No es cuestión de confrontarse, sino de buscar juntos, de proponer, de discutir, de ofrecer... siempre pensando en el bien común.

Nadar contra corriente

Es verdad que el cristiano (siempre, no hoy) se caracteriza por nadar contra corriente. Es así. El discípulo de Jesús que solo adora a Dios y no al dinero, nada contra corriente. El discípulo de Jesús que ve en el extranjero, más aún, en el extranjero pobre y débil, a su hermano, nada contra corriente. El discípulo de Jesús que devuelve bien por mal, nada contra corriente. Nunca ha sido fácil ser cristiano, de la misma forma que nunca ha sido fácil ser «persona de bien», honesta, limpia, justa. Sin embargo, en este «nadar contra corriente», el cristiano descubre que el Evangelio no es una ideología, sino una forma de comprender el mundo y de estar en el mundo, respetando su autonomía.

¡No tengáis miedo!

El evangelio de hoy comienza diciendo que no hay que tener miedo a los hombres. Lo primero que pensamos es que en la comunidad de Mateo había miedo (¿persecuciones abiertas, difamaciones, rechazos dolorosos?). Sea lo que sea, el evangelista pone en boca de Jesús una realidad. Ser discípulo de Jesús conlleva el rechazo de algunos, o de bastantes. Jesús, sin embargo, nos dice: «Estáis en buenas manos», que son las manos de Dios. Jesús nos dice, ¡no tengáis miedo de los hombres! Nos podrán hacer la vida imposible, incluso ponerla en riesgo, pero nunca nos podrán quitar ni la felicidad por hacer el bien, ni la seguridad de que Dios está con nosotros.


18/6/23: DOMINGO 11 DEL AÑO “A”

Ex 19,2-6 + Rm 5,6-11 + Mt 9,36-10,8

Jesús nunca se conforma ante el sufrimiento de la gente.

Muchas personas viven como ovejas sin pastor. Desorientadas, a la intemperie, solas y temerosas por lo que pueda suceder. A pesar de que ya no vivimos en una cultura rural donde todos entendían esta comparación de Jesús, la podemos imaginar. Un rebaño está unido, cuidado, tiene guía y alimento..., si hay un pastor con él.

Hoy tenemos escasez de pastores y vivimos en un mundo injusto y desigual en el que hay mucha soledad y dolor en la vida de hombres y mujeres. Jesús no pasó de largo ante el sufrimiento de las personas (heridos, extranjeros, marginados, muertos...), pero también fue sensible a la falta de horizonte y esperanza de muchos. Su mensaje es integral y siempre hace una propuesta de vida plena para cada persona.

Los discípulos estamos llamados a hacer lo mismo que Jesús.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a continuar su misión hoy. No podemos pasar de largo ante quien lo pasa mal. Con fe y entrega es posible seguir los pasos de Jesús y realizar sus obras hoy. Los cristianos hacemos presente a «Jesús hoy» y, con nuestra vida, queremos mostrar la salvación que viene de Dios. El amor, el perdón, la cercanía a todos y la compasión son capaces de transformar el mundo entero... pero hacen falta testigos que lleven ese mensaje con su vida, sus obras y sus sentimientos. Esta es la gran esperanza para la humanidad.

La Iglesia es sacramento de Cristo y todo en nosotros debe servir para anunciar a Jesús y su mensaje de salvación. Nuestro mundo y todas las personas, más allá de su cultura, su raza o su nivel económico, están sedientas de Dios. La vocación de la Iglesia es evangelizar, que todos conozcan y se adhieran a Jesús.

Hace falta trabajadores en el campo de Dios.

Para esta misión Dios sigue necesitando personas que se entreguen por los demás. Jesús llama hoy a hombres, mujeres, niños y adultos... a seguirle, a configurar su vida desde Él, a formar parte de la Iglesia y vivir con pasión la tarea que_ nos encomienda. Sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos formamos «el equipo de Jesús» dispuestos a que todo el mundo lo conozca y siga sus pasos. Discípulos misioneros que, enamorados de Jesús y de su Evangelio, contagien con su vida y sus obras la buena noticia de Dios.

Este es el pacto y la alianza de Dios con nosotros. Él nos bendice para que nosotros vivamos el Evangelio y estemos cerca de los necesitados. ¡El Señor cuenta con nosotros!



11/6/23: DOMINGO DEL CORPUS

(Ciclo A)

Dt 8,2-16 + 2 Co 10,16-17 + Jo 6,51-59

Pan que alimenta

La palabra «pan» tiene la capacidad de hacernos recordar el alimento sustancial, básico. La palabra «pan» tiene esa capacidad evocadora `y sintetizadora a la vez: le pedimos a Dios que nos dé el «pan de cada día». El obrero «tiene derecho a su pan». La mayor injusticia es «negar el pan y la sal». ¿Por qué? Porque no hay vida sin alimento, al igual que no hay vida sin respiración o sin agua. Jesús, una vez más, va al fundamento de las cosas y nos habla del alimento, del bueno, del que perdura, del que todo ser humano necesita... y en una pretensión audaz... nos dice que es él. Es más, se ofrece para ser «pan comido» por nosotros y de esta forma alimentarnos y «darnos vida».

Pan que, se parte

El pan suele cocerse en bollos o tortas medianas o grandes. ¡Hay que partirlo en pedazos! El padre de familia, en las culturas tradicionales, tiene la misión de «partir el pan». Jesús mismo, parte el pan en los relatos de la multiplicación; parte el pan en la Última Cena y una vez resucitado, parte el pan a los discípulos de Emaús. De nuevo aparece la imagen y el símbolo que se unen a la persona de Jesús: Jesús mismo «se parte», porque su vida se entiende desde la entrega y desde el «ser para los demás». El pan se parte para «ser comido»; el sentido último de la vida de Jesús es «ser comido» por aquellos que se acercan con necesidad a él.

Pan que se comparte

El pan es del que lo trabaja, es de quien lo vende y de quien lo compra; y es también de los pobres que no pueden adquirirlo. Es, como dice la tradición cristiana «el pan de los pobres». El sentido humanitario inscrito en el corazón del hombre y, más aún, el sentido cristiano, hace que entendamos que el pan no es para almacenarlo o para que se endurezca en nuestras despensas, sino para que se alimente la humanidad. Deja de ser «mío» para ser «de los que lo necesitan». Jesús no es para unos pocos que tienen acceso a él; menos aún es para un grupo de «selectos»; es para ser alimento y ser comido por el ser humano pobre, hambriento, necesitado. La vida está en alimentarse, está en partirse existencialmente y está en aprender a compartir.

Comemos el pan del Señor

Jesús aún va más lejos. A partir de la imagen real y simbólica del pan, Jesús nos habla de «comerle a él». Dice que el pan del que habla es su «carne». Sigue de forma atrevida por el camino de la «carne y de la sangre», de la persona. Comer su pan, comer su carne y beber su sangre, es entrar en comunión plena con su persona, con su causa, con su mensaje, con sus criterios y con su misión. Los judíos que le escuchan no le entienden; se ponen a discutir qué significa: ¿No está proponiendo Jesús algo parecido a la antropofagia? ¿No está Jesús casi loco? Jesús no está fuera de sí; Jesús nos indica el camino para entrar en la plenitud de la vida: la plena comunión con él.


4/6/23: DIOS TRINIDAD

(Ciclo A)

Ex 34,4-9 + 2 Co 13,11-13 + Jo 3,16-18

La contraseña de Dios

La fiesta de hoy nos recuerda cómo es el Dios de Jesús, el Dios en quien creemos. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es solo cuestión de amor. Dios es amor, nos ama y nos ha creado para amar. Esta es la contraseña para acceder a Dios. El pueblo de Israel experimenta la cercanía y fidelidad de Dios. Su misericordia cada día se hace más firme y duradera. En Jesús, podemos contemplar y tocar el rostro misericordioso de Dios Padre. Las palabras de Jesús a Nicodemo nos descubren nuestra condición de hijos amados de Dios. Jesús, el Hijo, es enviado por el Padre, por puro amor a nosotros. Un amor que recibimos y que fundamenta nuestra identidad y misión de cristianos.

Una familia conectada

Desde el Bautismo nuestra existencia está configurada por esta experiencia de amor del Dios revelado en Jesús, de la Santísima Trinidad. Este «Dios comunidad de Personas», «familia», es punto de partida y espejo donde mirarnos, para caminar como cristianos, como Pueblo de Dios. Nuestras comunidades «reflejan» el rostro del Dios Trinidad. Creer en el Dios de Jesús va corrigiendo el rumbo de nuestros pasos comunitarios y evangelizadores. Somos llamados a crecer como comunidad, venciendo individualismos, etiquetas y autosuficiencias. La comunión con Dios es la fuente, alimento y meta de la comunión entre nosotros.

Zambullirse en Dios

Creer en Dios Trinidad convierte nuestra vida cristiana en encuentro y amistad. Comenzamos a ser cristianos cuando nos encontramos con la persona de Jesús, que nos revela al Padre y nos promete su Espíritu. Este encuentro pide relación, amistad constante, oración, diálogo con Dios. Es como zambullirse en las aguas de un cristalino lago. Rodeados del amor de Dios vamos renovando nuestro ser sus hijos. Tenerlo como Padre nos hace hermanos de nuestro prójimo. Creemos en Je-sús, el Hijo, el Señor, y somos empujados y animados a seguirlo, y ser uno con Él, gracias al don del Espíritu Santo.

Comunión para la Misión

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo nos pone «deberes para casa». Esta comunión de personas, la Santísima Trinidad, hace de la Iglesia misterio, comunión y misión. Como bautizados somos llamados a ser, en medio de nuestro entorno, una comunicad, que acoge y sirve a todos, pero de forma especial a los pobres y los que sufren, una comunidad que ora y celebra la fe y la vida, una comunidad que anuncia y testimonia el gozo del Evangelio. Una comunidad «en salida», «de puertas abiertas», que sale al encuentro de cada persona.


28/5/23: DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Ciclo A

Ac 2,1-11 + 1 Co 12,3-13 + Jo 20,19-23

Tras la celebración gozosa del domingo de Pascua, se prolonga esta celebración durante cincuenta días y, a la conclusión de esta cincuentena, se celebra la solemnidad de Pentecostés con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y este acontecimiento marca el arranque misionero de la Iglesia.

■ Jesús da el Espíritu

Vemos en los evangelios que hay una continuidad entre Cristo y la Iglesia, de tal manera que la Iglesia va a ser la presencia de Cristo, en medio de nosotros, a lo largo de la historia hasta su venida definitiva. Esto es producido por el Espíritu. En la primera lectura vemos que el Espíritu que suscitó a Jesús en el seno de María da a luz a la Iglesia. El mismo Espíritu, que descendió sobre Jesús en el Jordán, es el que anima el apostolado «desde Jerusalén hasta los confines de la tierra». Es el Espíritu, que nos anunciaba Jesús en los discursos de la cena, como el Paráclito que nos enviaba Él mismo desde el Padre, es, pues Jesús el que nos envía el Espíritu, como nos dice en el evangelio: «Recibid el Espíritu Santo».

■ El Espíritu y la Iglesia

Como vemos en Hechos de los Apóstoles, el Espíritu es el principio que anima la expansión de la Iglesia. Los judíos celebraban en esta fiesta la entrega de la Ley, por eso, cuando nosotros celebramos en esta fiesta la venida del Espíritu Santo, estamos afirmando que el Espíritu es la nueva ley de la Iglesia, la ley espiritual que sella la nueva Alianza y que consagra al pueblo real y sacerdotal, el nuevo Israel que es la Iglesia. Por ello, nos dirá san Agustín: «¿Por qué, pues, celebran los judíos Pentecostés? ¡Gran misterio hermanos, y digno de toda admiración! Si os dais cuenta, a los cincuenta días recibieron la ley escrita con el dedo de Dios y a los cincuenta vino el Espíritu Santo». El Espíritu es el dedo de Dios que graba la ley de Cristo, no en tablas de piedra, sino en nuestros corazones. Así como el nuevo Santuario es el cuerpo de Cristo Resucitado, abierto a todas las naciones, la Ley nueva será el Espíritu que da testimonio de Jesús en todas las naciones.

■ Renovarse en el Espíritu

Esta nueva ley, la ley del Espíritu, nos llevará a comenzar un camino que tiene como meta una profunda renovación de la vida dentro de la Iglesia, un camino en el que tenemos que alimentarnos con el pan de la Palabra, una Palabra que el Espíritu nos deja como Palabra de Dios. Para ello tenemos que atender a lo que nos dice san Pablo: «tenéis que renovaros en el espíritu de vuestra mente y revestiros del hombre nuevo».

Vivamos pues nuestras vidas como un nuevo Pentecostés dejándonos renovar por el Espíritu de Dios, para tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús.


21/5/23: DOMINGO DE LA ASCENSIÓN

Ac 1,1-11 + Ef 1,17-23 + Mt 28,16-20

Hoy celebramos que Jesús no se va, sino que simplemente cuenta con los hombres, con nosotros. Nos ha elegido y nos envía a todas partes con el encargo de continuar su obra, somos su cuerpo, su Iglesia y la misión es anunciar al mundo entero la Buena Noticia “la resurrección y la ascensión al cielo”. La resurrección nos hace contrarrestar los estragos de la mala noticia de la muerte y de todo cuanto mortifica la vida. La ascensión es para que, a pesar de todo, la esperanza de la vida eterna y feliz nos ayude a mantenernos firmes en esta vida a veces difícil. Es urgente que todo el mundo sea evangelizado, que se entere de esta noticia, para que nadie pierda inútilmente la vida viviendo sin esperanza.



14/5/23: DOMINGO 6 DE PASCUA “A”

Ac 8,5-17 + 1 Pe 3,15-18 + Jo 14,15-21

Nos encontramos en el Cenáculo

Hoy el Evangelio no es una parábola, ni la narración de un milagro. Escuchamos solo al Señor hablando. Sus destinatarios no es la multitud en general, ni los fariseos que deseaban prenderlo (algunos de ellos). Por eso es importante que conozcamos siempre el contexto del relato que acabamos de escuchar. Hoy nos encontramos en el Cenáculo, es la noche de Jueves Santo y Jesús está dirigiendo un largo discurso de despedida a los suyos. Judas, el traidor ya ha abandonado la sala. Ahora Jesús se dirige en profunda intimidad a sus amigos, a sus más estrechos colaboradores. Ellos iban a ser sus sucesores, por eso es tan importante prestar atención a estas palabras de Jesús.

Los mandamientos

Para nosotros oír hablar de «mandamientos» nos puede evocar la ley, la obligación, nuestra libertad coartada... No, hay que cambiar el registro. Para el Señor los mandamientos solo buscan que el hombre viva y sea feliz. Los mandamientos encarnan los valores que Jesús vivió y enseñó. Por eso guardarlos y cumplirlos es evocar y hacer presente a Jesús. Nadie nos obliga a cumplirlos. Solo por amor a Jesús estamos llamados a observarlos. Cumplirlos es amar a Jesús. Es una ley que libera, no que oprime.

El Paráclito, el Espíritu Santo

Sí, Jesús se va. Pero no nos quiere dejar huérfanos, ni solos. La soledad, a veces, se convierte en otro de los males de nuestro tiempo. Incluso personas de fe te dicen que se sienten solas. Que trabajan en la parroquia, pero que a veces se sienten solas. Jesús no nos lo dio todo para luego abandonarnos. Prometió a los suyos su presencia a través del Paráclito, así lo llama el evangelista Juan. «Paráclito» quiere decir «intercesor», «abogado», sí, es el Espíritu Santo. En este tramo del camino, mientras esperamos un regreso definitivo del Señor, contamos con su presencia a través del Espíritu Santo: fuerza de Dios que consuela, conforta, anima, restituye lo caído, infunde esperanza y nos hace vivo y presente a Jesús.

Cuestión de amor

Sí, en el fondo es una cuestión de amor. Si nos vamos a esforzar en cumplir los mandamientos es porque amamos a Dios. Si creemos en el Espíritu Santo y acudimos a Él como la presencia de Jesús hoy es porque amamos al Señor y lo necesitamos hoy presente en nuestras vidas. Necesitamos a Jesús no en los libros, sino en nuestra vida, en nuestro corazón. Podemos decirle que le amamos con nuestras obras, y que creemos en Él y esperamos en Él invocando su Espíritu.



7/5/23: DOMINGO 5 de PASCUA “A”

Ac 6,1-7 + 1 Pe 2,4-9 + Jo 14,1-12

Yo soy el camino

Jesús no es el camino de las normas que deben seguir los que se creen justos y salvados, sino el camino de la justicia: el camino que Dios nos propone a todos los que necesitamos ser salvados. Por eso con Jesús, Dios nos invita a caminar por esta tierra y sus injusticias, en defensa de los que han sido excluidos al no seguir las normas de los «poderosos».

Yo soy la verdad

Jesús no es una verdad grandilocuente que se proclama para justificar nuestras acciones y para sentirnos bien con nosotros mismos, sino que es la verdad silenciosa de los que no hablan: la verdad de un mundo de diferencias injustas, en el que hay unos que tienen el derecho a sentirse bien y otros el deber de mal vivir. La verdad de Dios no se descubre en discursos y sermones sino en el contacto con los «pobres».

Yo soy la vida

Jesús no es una vida ideal, soñada o perfecta, porque la vida a la que Jesús nos anima a vivir es la nuestra y la de nuestra realidad concreta de imperfecciones. Tan reales como los sufrimientos y las alegrías de cada día son la presencia del Reino de Dios y la esperanza en que cada vez este Reino llegue a más personas, sobre todo a los pobres, a los que no se les deja vivir mejor.

La primera lectura contaba que en el seno de las primeras comunidades cristianas estaban presentes también las diferencias e injusticias, y cómo siguiendo el ejemplo de Jesús se pueden hacer sus mismas obras y seguir construyendo su Reino: un camino de justicia según la verdad de los pobres para una vida cada vez más plena para todos.



30/4/23: DOMINGO 4 de PASCUA “A”

Ac 2,36-41 + 1 Pe 2,20-25 + Jo 10,1-10

Tradicionalmente, este cuarto domingo de Pascua se viene llamando el domingo del buen pastor. Hoy, la Palabra de Dios, en diferentes ciclos litúrgicos viene desarrollando el capítulo 10 de san Juan.

Cristo Luz del mundo

Este capítulo de san Juan es continuación del anterior, donde con la curación de un ciego de nacimiento, Jesús se manifiesta como luz del mundo, y hoy se nos dice que Jesús se presenta como el que va por delante indicando el camino para que el discípulo siga sus pasos. Es el Pastor que, cuando ha sacado todas las ovejas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Iluminados por el Pastor, que es luz del mundo, tenemos que seguir tras él, pero para eso tenemos que conocer su voz para no seguir a extraños.

Pastor y puerta del rebaño

«Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Cristo, pastor, es la única puerta que conduce realmente a la salvación. Él es la puerta, como es la Palabra, la verdad, el camino, el pan de vida, la vida misma. Es la puerta porque no hay otra entrada en el Reino de Dios; solo Él es el Salvador del mundo. Es el único Mediador entre Dios y los hombres. El único puente posible entre su Padre y los hombres sus hermanos. Solo nos salvamos por Jesucristo, pastor y puerta del rebaño, no hay otro camino para encontrarse con el Dios de vida y con la verdad de nuestra existencia. Esta misión de Cristo tiene su continuación en la Iglesia, que, por la fuerza del Espíritu Santo, es la presencia histórica del Resucitado en medio del mundo y, por tanto, la Iglesia tendrá que trabajar para que todas las ovejas sean conducidas al redil de Cristo Pastor y así habrá un único rebaño y un solo Pastor.

Seguimiento del Pastor

Ante la voz del Pastor pronunciada en la Iglesia surge de nuestros corazones la pregunta que le hacían a Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer? La respuesta de Pedro es clara: «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo». Todos hemos recibido este don del Espíritu, pero ahora tenemos que ponerlo al servicio de la edificación de la Iglesia y, en este caso concreto para que tomemos conciencia de que hemos sido llamados por Dios para destinarnos a una misión muy concreta: ser anunciadores del Reino de Dios para atraer a las ovejas al único rebaño de Cristo. Para ello celebramos hoy la jornada mundial de oración por las vocaciones, para que, habiendo sido llamados por Cristo, oremos para que haya más gente dispuesta a seguir los pasos del único pastor de las ovejas. Manda, Señor, obreros a tu mies.


23/4/23: DOMINGO 3 DE PASCUA “A”

He 2,14-28 + 1 Pe 1,17-21 + Lc 24,13-35

La comunidad de Lucas y las comunidades de hoy.

En la comunidad de Lucas había dudas y decepciones. Algunos habían perdido la fe en Jesús. La cruz había roto todas sus expectativas y esperanzas. Algunos, decepcionados, abandonaban el camino de la fe. También hoy, en estos tiempos de profundos cambios, como cristianos podemos sentirnos desorientados. Es normal que en el corazón de algunos creyentes aparezcan dudas y preguntas: ¿Qué valor puede tener hoy ser cristiano?, ¿merece la pena?, ¿se trata de aceptar una doctrina, de vivir conforme a una ética, de participar en unos ritos? Algunos se atreven a hacerse esta importante pregunta: ¿Realmente, es posible el encuentro con Jesús resucitado?

La narración que hace Lucas sobre los discípulos de Emaús pretende ayudar a los discípulos de todos los tiempos a encontrarse con Jesús resucitado. Lucas viene a decir: «El encuentro con el resucitado es posible; y para "reconocer" a Jesús no basta con "saber cosas" sobre Él. Hemos de permitir que él mismo camine a nuestro lado, hemos de dejarle hablar y hemos de acoger el pan de su vida, en la Eucaristía».

Una Iglesia discípula de Emaús

La Iglesia es «discípula de Emaús», y camina por la historia buscando al Resucitado, deseando encontrarse con Él. Porque no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.

El papa Francisco, nos ha dicho: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor»

Para encontrarnos con el Resucitado

Pero ¿cómo encontrarnos con Jesús resucitado? ¿Cómo hacer posible esa experiencia? Tal vez, las imágenes que nos hemos formado sobre el Resucitado sean frías, lejanas y abstractas y, por eso, cuando leemos el texto o cuando lo escuchamos, no terminamos de creer lo que nos dice. Una mayoría de los cristianos no cree o no sabe en su corazón que el Resucitado camina a su lado. No ha hecho experiencia de ello. Sabe recitar las verdades de la fe, pero no siente en el fondo de su ser la presencia de Jesús. ¿Qué hacer?

Entremos en el texto de hoy y fijémonos en la afirmación siguiente: «Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado» (Lc 24,15). Acojámosla. Ayudémonos a despertar la conciencia que nos asegura que el Resucitado camina a nuestro lado. Cada día podemos cerrar los ojos o abrir los ojos, hacer un poco de silencio y acoger en lo profundo de nuestro ser a quien camina a nuestro lado. Como nos recuerda Francisco: «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor».


16/4/23: DOMINGO 2 DE PASCUA “A”

He 2,42-47 + 1Pe 1,3-9 + Jo 20,19-31

Miedo a los judíos

Nos recuerda el evangelio que los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos, han vivido la experiencia de la persecución, el arresto del Maestro y de la Cruz y esto fue para ellos algo que los descentró, un escándalo, habían confiado plenamente en el Maestro y este les había fallado. Es cierto que les había anunciado cuál iba a ser su destino, pero ellos no lo habían entendido; el mismo Pedro se había escandalizado. Y como todavía no han recibido el Espíritu, todo esto los tiene paralizados por el miedo, con las puertas cerradas.

Encuentro con Cristo y confesión de fe

Entonces Jesús aparece en medio de ellos, y nos dice el evangelio que se llenaron de alegría al ver al Señor; es la alegría de la Pascua, el gozo del discípulo que se encuentra con el Resucitado. A continuación, el Señor les desea la Paz. Esta paz es el primer don de la Pascua, por eso los apóstoles son enviados con la fuerza del Espíritu para ser constructores de paz.

En esta primera aparición del primer día de la semana no estaba Tomás con ellos, y este no quiere creer si no experimenta personalmente la presencia de Jesús. A los ocho días el Señor se manifiesta nuevamente en medio de ellos, esta vez estando Tomás, y el Señor le reprocha a este el no haber creído el testimonio de sus hermanos. Entonces Tomás, cuando toca las llagas, las cicatrices del dolor y de la muerte es capaz de hacer la confesión de fe más perfecta de todo el Nuevo Testamento: Señor mío y Dios mío. Es la confesión de la fe pascual a la que sigue una bienaventuranza que cierra el relato: Dichosos los que crean sin haber visto. Con estas palabras declara bienaventurados, dichosos a los que no se queden buscando los motivos sensibles de credibilidad sino que, desde la fe, busquen el encuentro con el Resucitado.

La Iglesia, pueblo que nace de la Pascua

Esta fe confesada por Tomás es la fe de la Iglesia que es el pueblo que nace de la Pascua. La proclamación del mensaje pascual y su aceptación es lo que crea la comunidad, la Iglesia que ha sido enviada con la fuerza del Espíritu a hacer visible el rostro de Cristo ante todos los hombres. Somos nosotros hoy ese pueblo enviado a anunciar el mensaje pascual y, para ello, tenemos que recordar lo que nos dice la primera lectura: Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la facción del pan y en las oraciones. Quizá hoy, la vida común no sea posible, pero no podemos perder de vista que somos «Pueblo reunido» y tenemos que vivir la comunión en todo su sentido y hacerlo desde la escucha de la Palabra de Dios y desde la celebración de la Eucaristía.

Así podremos realizar en nuestra vida los signos de sanación y liberación que Jesús realizaba y nuestro mensaje podrá ser creíble: Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Así también, si somos capaces de hacer, como los apóstoles, que acudamos a compartir lo nuestro para satisfacer las necesidades de nuestros hermanos, entonces también los hombres y mujeres de nuestro tiempo podrán ir, por nuestro testimonio, al encuentro de Cristo resucitado.


9/4/23: DOMINGO 1 DE PASCUA “A”

Ac 10,34-43 + Col 3,1-4 + Jo 20,1-9

La resurrección de Jesús

Nos trae la luz y la alegría, porque la vida del mundo, la nuestra especialmente, está impregnada de una posibilidad nueva que nos han transmitido desde fuera pero que se ha incorporado a nuestra condición de manera permanente.

La resurrección de Jesús actúa en nosotros como si de una mutación genética se tratara. Nos ha dejado el gen interior de la inmortalidad que, por su deseo, se nos aplica a todos, incluidos los que vivieron antes que Él, con la promesa de hacer realidad la culminación de nuestras aspiraciones. A partir de su muerte y resurrección sabemos que todo lo que hizo y dijo se cumplirá. Dios, con el sello de la vida, nos certifica y garantiza que Jesús tenía razón.

Dos mujeres doloridas

Nos lo transmiten dos personas dominadas por la tristeza y el pesimismo de la noche y de la muerte. Dos mujeres atrapadas en el dolor de la separación acuden a la dinámica obsesiva de quien no ve posibilidad de otra cosa que afirmar el dominio definitivo de la muerte, la imposibilidad de una vida más luminosa. Dos mujeres que, como todas las de su tiempo, no tienen espacio en la vida pública ni su palabra valor como testimonio de nada. Ellas tienen una experiencia que las transforma. Algo sorprendente e inesperado les ocurre.

«No tengáis miedo»

Narrado con los recursos de quien no sabe cómo hablar de lo inexpresable, en medio de un ambiente todo luminoso y vital, se encuentran con Jesús que vive, les habla y les invita a la alegría. «No tengáis miedo».

Aquel joven de un pueblo pequeño, hijo de un carpintero y continuo provocador de debates en los ambientes religiosos de su tiempo, a quien unos y otros han crucificado de todas las formas posibles, hasta hacerlo de la manera más drástica en una cruz de madera y verlo muerto de una forma cruel y despreciable, algunos dicen que lo han encontrado vivo, que han hablado con Él y hasta han comido, lo que les ha convencido de sus palabras sobre la muerte y todo lo que decía sobre Dios y la Humanidad.

Ahora entienden que esta noche en la que vivimos sin salida alguna, tiene un horizonte de amanecer, y una nueva época, como si un nuevo día, de una nueva semana, comenzara para todos. La vida ya no será más una experiencia de oscuridad interior sin futuro. Dios nos resucita a todos con Jesús. La vida ya no está condenada a ser un valle de lágrimas sin arreglo. Nosotros ya no somos los eternos hambrientos que ven el pan en sueños pero se quedan sin él. Ahora todo es promesa que va en serio. Lo anunciado y anhelado desde antiguo, por fin, se ha hecho realidad en Jesús y se hará realidad en todos. ¡ENHORABUENA! La vida es ya otra.


2/4/23 = DOMINGO DE RAMOS

Is 50,4-7 - Fil 2,6-11 + Mt 26,14-27,66

La cara y la cruz de Jesús

No es fácil situarnos ante la Pasión de Jesús. Junto con el dolor y la indignación, nos surgen preguntas. No hay palabras que justifiquen esta condena a aquel «que pasó haciendo el bien». El mensaje y las acciones del nazareno habían quedado ensombrecidas por la muerte en la cruz, reservada para los peores delincuentes. Sin embargo, Jesús ya había advertido a los suyos que, en Jerusalén, tendría problemas. Allí vive la cara y la cruz de la vida cuando, a la entrada, es aplaudido como un rey y, poco después, abucheado y ajusticiado como un criminal.

El aplauso de los suyos

Jesús nunca buscó títulos humanos ni tampoco aprovechó los divinos. Él no presumió de ser Dios, ni lo utilizó en su beneficio particular. Su poder fue un amor entregado hasta el extremo. Rompió barreras, resucitó muertos, curó enfermos y perdonó a los pecadores. Su vida fue un acto infinito de amor... Su palabra iluminó, su mirada cautivó y sus gestos sorprendieron a todos. Muchos descubrieron en Él al mesías que daba sentido a su vida y a las promesas de Dios. Con Él estaban bien y le seguían.

El abucheo de la multitud

Pero no todos le querían. Su mensaje de amor, justicia e igualdad cuestionaba la sociedad de su tiempo. Sus acciones hablaban de la misericordia de Dios, del perdón de los pecadores, de la integración de todos... y, a muchos, no les gusto. Una multitud anónima pidió su muerte en un proceso irregular.

Ante las dificultades todos desaparecieron...; incluso sus discípulos. El miedo les ahuyentó. Es la soledad del amor, la indiferencia ante quien sufre, el rechazo a las víctimas. En la cruz yace el Mesías. Dios, en Jesús, es pisoteado. ¡Cuántas personas son hoy pisoteadas!

La sentencia de Dios

Nosotros hoy miramos a la cruz para contemplar a Jesús crucificado y, al mismo tiempo, para poner nuestra atención en los crucificados del mundo. En demasiadas ocasiones miramos hacia otro lado, consentimos la cruz y callamos ante las víctimas. Hoy sigue habiendo demasiado dolor. Pero Dios no calla ni permanece impasible ante la injusticia. Su sentencia será la vida por encima de la muerte, el amor por encima del odio, el perdón sobre la ruptura y la paz sobre la violencia. Hoy comienza la Semana Santa. Estamos convocados a vivir el misterio de amor de un Dios que se entrega hoy por nosotros. Contemplad este misterio de fe y sentid que Jesús se entrega por nosotros. Vivid con Él la Pasión. ¡Feliz y Santa Semana!


26/3/23: Domingo 5 de cuaresma “a”

Ez 37,12-14 + Rm 8,8-11 + Jo 11,1-45

No arrinconemos la reflexión sobre la muerte

Nacer para morir. O nacer para vivir esta vida como un don de Dios y morir para resucitar un día con Él. Los cristianos no creemos en la muerte creemos en la Resurrección. Y esta es la afirmación más importante de Jesús en este evangelio: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá».

El sufrimiento llega a todos

La enfermedad llamó a la puerta de los hermanos de Betania, a los que Jesús tanto quería. Este evangelio repite `hasta en tres ocasiones el amor que Jesús sentía hacia Lázaro, Marta y María. Este es un evangelio que nos hace un retrato profundamente humano y divino de Jesús. Divino porque solo Él es el Cristo, el Hijo de Dios, la resurrección y la vida. Y humano porque Jesús ama profundamente a sus amigos. Y no puede contener las lágrimas ante el dolor de María. Imagen entrañable donde las haya.

Es verdad que tanto Marta como María, cuando se encuentran con Jesús, le dirigen casi idénticas palabras que parecen un reproche. ¿Por qué Jesús no partió inmediatamente hacia Betania cuando le llegó el aviso de que su querido amigo Lázaro estaba enfermo? No lo podemos saber, no podemos entrar en la mente de Dios, sus tiempos y sus razones son suyas. Pero sí podemos comprender la experiencia humana de un corazón roto ante el dolor por la pérdida de un ser tan querido. Ahí, en ese punto están Marta y María. Ese momento en el que uno tiene su razón y su corazón ofuscados y en el que las palabras que se pronuncian se deben entender desde esa experiencia humana límite.

Solo Dios puede sacar vida de la muerte

Jesús pedirá que le conduzcan al sepulcro. Allí se reunirán todos: Marta, María y los judíos que las acompañaban. Antes de llamar a Lázaro de la muerte a la vida Jesús entra en oración y se dirige a Dios Padre. Todo lo que hace Jesús, también este signo extraordinario, procede de Dios. Y todo está ordenado a la gloria de Dios. Y sí, viendo este signo de poder dice el evangelio que muchos judíos creyeron en Él.

Creemos en la Vida con mayúsculas

Nosotros no necesitamos ver cómo Jesús rescató a Lázaro del sepulcro para creer en Él. Creemos que Jesús es la resurrección. Y que el que cree en Él no morirá jamás. Sí, es verdad, no podemos responder mil interrogantes que nos surgen. Pero Dios es más fuerte que nuestras dudas. La fe en la Resurrección es el camino que nos conduce a la Vida verdadera, esa que no conocerá ya fin.


19/3/23: DOMINGO 4 DE CUARESMA “A”

1 Sm 16,1-13 + Ef 5,8-14 + Jo 9,1-41

Ni pecado, ni templo; el hombre es el centro

En tiempos de Jesús se creía que la enfermedad era consecuencia del pecado. Al ciego de nacimiento del que escuchamos su curación en el Evangelio, no le preguntan cómo vive, ni cómo ayudarlo, sino quién ha pecado, él o sus padres. Y llega Jesús y les dice que nada de eso, que en ese hombre ciego se van a manifestar las obras de Dios. Dios no se regocija en el dolor, sino que es la luz para que todos —que solemos andar como ciegos—andemos con sentido hacia la plenitud.

El sábado es el otro tema «sagrado» de los judíos. Nadie podía curar a los demás (fuera de Dios, pero claro, no veían en Jesús al Hijo de Dios) y mucho menos en ese día. ¡Lo importante era cumplir la ley! Y llega Jesús y actúa poniendo al hombre enfermo en el centro, y dejando de lado las leyes injustas y los prejuicios. Y cura a aquel hombre porque es quien más lo necesita, porque es lo más sagrado para Dios.

Necesitamos tiempo para hacer nuestra la grandeza de Jesús

El hombre ciego necesita un poco de tiempo para darse cuenta de que es alguien distinto, un hombre nuevo, que puede distinguir y verse después a sí mismo, a los demás, a la vida. Y puede reconocer a Jesús, de quien se hace su seguidor: ¡Creo, Señor! Creo en ti que me has curado, y quiero vivir de acuerdo con este Dios que me ha dado su amor. Y se postró ante Jesús, porque esa es la actitud de quienes se sienten tocados por Dios.

Pablo nos llama hoy a vivir dejando de lado las cegueras que no nos dejan ver lo importante. Si éramos tinieblas, si vivíamos como ciegos, ahora somos luz, porque la hemos recibido de Dios en Jesús. Y por eso estamos llamados, con una llamada incesante, a caminar como hijos de la luz. Ojo, dice «caminad», es decir, con tesón y con esfuerzo, porque la vida se va haciendo a cada paso, no dejando que todo pase a nuestro lado, sino haciendo que todo nos ayude para mejor vivir.

Pero sin pararse a descansar

En camino, de modo activo y comprometido. Viviendo como hijos de la Luz. No tomando parte de las obras estériles. Despiertos para que en nuestro modo de ser y de actuar «se note» que vivimos acogiendo lo que Jesús nos trae y no nos limitemos a las normas sociales.

Porque Dios no valora los «méritos» que creemos tener, ni la apariencia. Lo que mira Dios es el corazón, como nos dice el libro de Samuel. Dios actúa para darle una tarea. Y van pasando los hijos de Jesé, hasta el más pequeño. El que no contaba, el hijo más pequeño, es el elegido para rey. Lo que no cuenta para los demás es lo preferido por Dios.

Las apariencias y los méritos, que tan importantes nos suelen parecer, no sirven para Dios. Actuar porque lo digan los demás, o la sociedad, no es el mejor criterio para nuestro comportamiento. Tener miedo, andar como ciegos, para no descubrir a Jesús no nos ayuda en nada.



12/3/23: DOMINGO 3 DE CUARESMA “A”

Ex 17,3-7 + Rm 5,1-8 + Jo 4,5-42

Caminamos hacia la Pascua

Recordemos que estamos de camino hacia la Pascua y que el camino no es fácil, que requiere esfuerzo para superar las dificultades que encontramos. ¿Y qué pasa cuando se camina mucho rato bajo el sol, subiendo monte, sorteando obstáculos? Que acabamos teniendo sed. Es necesario beber, y beber no cualquier líquido, sino agua. Se pueden pasar muchos días sin comer pero muy pocos sin beber. ¿Cómo notamos que tenemos sed?

Tenemos una sed que no se calma con agua.

Cuando uno desea un buen balón de reglamento, decimos que tiene sed de balón; cuando uno desea tener una bonita mochila para ir al trabajo, decimos que tiene sed de una bonita mochila; cuando uno quiere una gran fiesta el día del cumpleaños, ¿qué agua hay que beber para calmar esa sed? No bebemos agua, compramos esas cosas que queremos. Todos queremos tener cosas.

¿Nosotros, de qué cosas tenemos sed?

Cuando uno desea, tiene sed de paz, de amor, de alegría, de que todos seamos mejores, de que el mundo sea mejor para todos, cuando uno desea ser muy feliz ¿cómo se llama esa sed? Es la sed del corazón. Es la sed de Dios. Desde siempre existe esa sed de Dios. Dice el salmo 41: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti; Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo». Y el salmo 142: “Tengo sed de ti como tierra reseca.” ¿Quién nos dará el agua que calme la sed de Dios?

Jesús se encuentra con una mujer que tiene sed

En el evangelio nos habla de una mujer que tenía mucha sed del corazón, mucha sed de Dios, de estar con él, de ser muy amiga suya. Y ella no lo sabía. Va al pozo a buscar agua para beber, allí se encuentra con Jesús y él le descubre que más que sed de agua, tiene sed de Dios. Y Jesús le dice que él tiene el agua que calma esa sed. Él mismo es esa agua, porque nos regala su amor, su espíritu, su bondad, su perdón, su misericordia, su amistad, una vida nueva, un corazón nuevo, el agua que de verdad nos va a hacer muy felices. Por eso hemos de estar siempre junto a Jesús, queriéndole mucho, siguiendo sus pasos, haciendo lo que él quiere y lo que quiere es que seamos muy felices.

Jesús también tiene sed del corazón

Jesús tiene sed de nuestro cariño, de nuestra amistad, de nuestra confianza, de que estemos siempre a su lado. ¿Quién le dará a Jesús esa agua para que calme esa sed que tiene? ¿Vamos a ser nosotros? Jesús espera nuestra agua, nuestro amor, nuestro cariño, nuestra amistad y nuestra fidelidad.



5/3/23: DOMINGO 2 DE CUARESMA “A”

Gen 2,1-4 + 2 Tm 1,8-10 + Mt 17,1-9

Claridad absoluta

Cuánto nos gustaría estar junto con Pedro, Santiago y Juan para reconocer, con claridad, al Señor. Quizá podamos pensar que todo fue sencillo para ellos y que tuvieron pocas oportunidades de vacilar en su fe. Sabemos que no fue así, ellos también dudaron... y no poco.

El Señor hoy nos invita a contemplar su gloria en nuestra historia de fe, donde Él se hace presente. Unas veces con luminosa claridad y, en otras ocasiones, de manera tenue.

Dios está siempre presente a nuestro lado

Jesús estaba siempre con sus discípulos, en el Tabor y en el lago, en Cafarnaúm o camino a Jerusalén. Él mostraba con transparencia el rostro del Padre Dios, pero los suyos no siempre lo entendían.

El creyente es un «contemplativo» que, en medio de la vida cotidiana, es capaz de reconocer la presencia de Dios en la vida, en los acontecimientos, en las relaciones..., incluso en los momentos de adversidad. El Señor hoy se sigue transfigurando de muchas maneras y se muestra con especial claridad en su Palabra y los sacramentos, en el prójimo y en el necesitado, en la comunidad cristiana, en acciones solidarias y en el compromiso por el bien y el perdón. Nuestra vida está cargada de su presencia... aunque no sepamos reconocerla.

Dios nos marca el camino para reconocerlo

Del mismo modo que a Abrahán le invitó a salir de su tierra y a Pedro, Santiago y Juan los llevó al Tabor, a nosotros no: llama para que salgamos de nuestras cosas e iniciemos un camino de vida que nos lleve a vivir siempre cerca de Él, acogiendo su voluntad y configurando nuestra vida desde el Evangelio. De este modo la claridad de Dios se mostrará en nuestra vida, en nuestras obras y palabras. Esta es la propuesta de la Cuaresma que nos lanza a una peregrinación de vida para reconocer y acoger al Señor.

Y nosotros somos testigos de su amor en la vida

Jesús no permitió que Pedro, Santiago Juan se quedaran en la serenidad del Tabor. El discípulo de Jesús «no está en las nubes» sino que vive en la realidad cotidiana, donde quiere seguir los pasos de maestro en medio de los retos y las dificultades de la vida. La fe no es un con junto de buenas intenciones, ni una serie de compromisos desencarnados... La fe es seguir los pasos de Jesús en su camino hacia la cruz, donde Él no ahorra esfuerzos por nosotros.

Estos son los «duros trabajos del Evangelio». Ser uno con Jesús, al que contemplamos en la claridad del Tabor y al que seguimos en nuestra vida. Sin duda es toda una historia de amor. El Señor nos marcará el camino y nosotros seguiremos sus pasos.


29/2/23: DOMINGO 1 DE CUARESMA “A”

Gen 2,7-3,7 + Rm 5,12-19 + Mt 4,1-11

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto

La vida de Jesús estaba impulsada por el Espíritu de Dios. Lo acabamos de escuchar: «Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu». Jesús se dejaba llevar por el Espíritu. No dirá ni hará nada que no sea en obediencia al Espíritu. «No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Jn 6,38), dirá en más de una ocasión.

Jesús busca ser fiel al Espíritu de Dios que lo empuja a anunciar la Buena Noticia a los pobres, anunciar la libertad a los presos, dar vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos, anunciar un año de gracia (Lc 4,18-19). Esa es su vocación. Hacer visible el Reino de Dios, la voluntad del Padre para todos sus hijos. «Venga tu reino, hágase tu voluntad», oraba cada día.

Jesús fue llevado por el Espíritu a los márgenes de la vida

Por el camino no faltarán las pruebas. El Reino de Dios no es un espectáculo. Al contrario, el Reino de Dios busca abrirse paso en los corazones, en las relaciones humanas y en la historia, como un río que, escondido y silencioso, transcurre por las profundidades de la tierra. Es ahí, en la profundidad de la vida real, ahí donde la humanidad se juega su ser o no ser, donde Jesús se sabe enviado. Es un camino que desciende hacia lo que está más abajo, más perdido y despreciado, más invisible e ignorado.

Es el estilo de hacer de Dios. Jesús dará gracias por ello. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Dios no actúa como los poderes de este mundo. Su gloria no tiene que ver en absoluto con la gloria del mundo. La tentación de abandonar esta senda que desciende y se adentra en las entrañas de la humanidad siempre estará ahí. Jesús lo experimentó.

Llevados por el Espíritu a la realidad de nuestras vidas

Como a Jesús, el Espíritu nos lleva al desierto de nuestra vida y de la humanidad entera. Ahí aparecerán las tentaciones y también, como respuesta a ellas, la oportunidad de crecer en fidelidad a la voluntad del Padre, como Jesús.

¿Cuáles son hoy nuestras tentaciones? Quizá la de no tomarnos en serio a Jesús y acoger de verdad su palabra y su vida; tal vez la de vivir tranquilos en el refugio de nuestra religión sin estar dispuestos a convertirnos al Reino de Dios; o quizá la de vivir cómodamente instalados en esta sociedad del bienestar, indiferentes al sufrimiento de tantos hermanos.

«¡Dios nos libre -nos dice el papa Francisco- de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!»


19/2/23: DOMINGO 7 DEL AÑO “A”

Lv 19,1-18 + 1 Co 3,16-23 + Mt 5,38-48

■ Nuestros interrogantes

Los cristianos siempre nos hemos hecho preguntas sobre la fe y sobre cómo vivirla. Cada época viene acompañada de nuevos interrogantes. Dependiendo de la respuesta nos jugamos el sentido de la vida cristiana y la fidelidad al evangelio. ¿Cuáles son las preguntas que hoy tenemos?

En las primeras comunidades cristianas eran muchos los que se preguntaban por la vigencia de la ley de Moisés: ¿Había que seguir cumpliéndolas, tal como lo hacían los judíos, o había que acogerlas pero vivirlas desde la novedad de Jesús? Para responder a esa pregunta Mateo y su comunidad comienzan a releer la Ley judía, desde la novedad de Jesús. Así, visto desde Él, el mandamiento «no matarás», el adulterio, la separación matrimonial, la ley del talión adquieren otra perspectiva. Como final de esta relectura y como superación de todo lo anterior Mateo sitúa «el amor a los enemigos». Es la propuesta más novedosa y revolucionaria del Evangelio.

■ «Ojo por ojo y diente por diente»

En su tiempo la Ley del Talión significó un avance moral muy importante pues ponía límites a la venganza indiscriminada, que decía: «si tú me has hecho tal daño yo te pagaré haciéndote cuatro veces más daño». Aquella ley rompía toda una espiral de violencia. Pero Jesús va más allá de la ley y propone «no pagar con la misma moneda». ¿Por qué? Porque el Reino de Dios que ya ha llegado significa la irrupción de la sociedad de la no violencia, la sociedad del amor que comprende, del amor que perdona, del amor que se olvida del mal.

Aún vivimos en la cultura del Talión y de la venganza. Parece un mal congénito a nuestra condición humana. ¡Nos hace tanto daño el mal que nos infringen que creemos que solo lo superaremos devolviendo «mal por mal»! La palabra «venganza» es moneda corriente en la historia de la humanidad. Si miramos nuestra vida personal descubriremos ¡cuántas veces nos hemos sentido heridos, agraviados, y nuestro primer impulso ha sido el deseo de «venganza»!

■ «Amad a vuestros enemigos»

Jesús da un salto más y nos dice que no solo la «no violencia» como superación de la venganza, sino el amor a los enemigos. Es la novedad que parecía entonces y ahora imposible de vivir. Nos fallan las fuerzas. ¿Por qué Jesús nos propone esta locura? Porque Dios es así y actúa así. Cada mañana «hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos».

Si conociéramos a Dios haríamos como Él. Somos hijos suyos. Si esta afirmación no se queda en grandes palabras, sino que procuramos cada mañana creérnoslas e intentamos vivirlas en los detalles cotidianos, iremos comprendiendo y pareciéndonos realmente a Él, que ama sin medida.

■ «Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto»

Impresionan las personas que no responden al mal sino con bien, las personas que son capaces de perdonar y olvidar. Introducen una novedad poco corriente en las relaciones sociales. En ellas percibimos «grandeza de espíritu». Dignifican la condición humana. Si a estas personas y sus gestos las contemplamos en profundidad veremos que son un testimonio vivo de Dios, que perdona siempre. Parezcámonos a estas personas. Parezcámonos a Dios.



12/2/23: DOMINGO 6 DEL AÑO “A”

Sir 15,16-21 + 1 Co 2,6-10 + Mt 5,17-37

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos sitúa en continuación con estos pasados domingos donde estamos proclamando, en el evangelio, el Sermón de la Montaña, un sermón que comenzaba con la proclamación de las bienaventuranzas, que constituyen la nueva ley de la nueva Alianza, por ello Jesús podría parecer un «reformador» de la Ley.

Novedad de Jesús: plenitud de la Ley.

Pero, sin embargo, Jesús nos dice que no «ha venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud». Por tanto, Jesús, que como nos dirá san Pablo, nació «de mujer, nació bajo la Ley para rescatar a los que estaban bajo la Ley», viene a mostrarnos cuál es el auténtico sentido de la Ley, la plenitud de la ley y esto hace que la Ley no sea una serie de preceptos y mandatos para controlar al pueblo, los judíos habían convertido las diez palabras de Yahvé en el Sinaí en 613 preceptos legales, sino que Jesús mostrará la Ley como un camino hacia la comunión con Dios.

Superar la justicia de los escribas y fariseos

Por eso nos dice el Señor: «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». La justicia del discípulo no puede ser la de los escribas y fariseos, que es cierto que eran cumplidores escrupulosos de los preceptos legales, pagaban los diezmos, hasta de las semillas más pequeñas, practicaban la limosna, la oración, el ayuno y acudían asiduamente a la sinagoga. Pero, les faltaba el auténtico espíritu de la Ley: practicar el amor, la misericordia, el derecho y la justicia, una justicia basada en el amor y no en preceptos legales. Les domina la preocupación por las apariencias, la buena fama, etc., pero desprecian a los demás, a los que consideran impuros, imponiendo cargas insoportables, a las que ellos no ayudan a llevar.

La ley de Cristo frente a la ley judía.

Para mostrar cuál es la nueva ley frente a la justicia de los fariseos, Jesús nos propone unos ejemplos comparando la literalidad de la ley, con la justicia de los discípulos de Cristo. La primera comparación nos trae uno de los mandamientos más importantes: «No matarás», pero nos dice que hay muchas formas de matar, toda forma de violencia contra los demás va también directamente contra el derecho a la vida, el hombre, al ser imagen de Dios tiene derecho a la vida en cualquier circunstancia.

En segundo lugar, nos habla de la limpieza de corazón en cualquier tipo de relación, en este caso se refiere al adulterio: «El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior». No es solo consumar el adulterio sino también el deseo.

Así también sigue hablando del divorcio y de la inutilidad del juramento para que resplandezca la verdad. Se trata de no quedarnos con la literalidad de la Ley, sino llevarla a plenitud, practicando la auténtica justicia de los discípulos de Cristo.


5/2/23: DOMINGO 5 DEL AÑO “A”

Is 58,7-10 + 1 Co 2,1-5 + Mt 5,13-16

Ser cristiano, ser luz

«Vosotros sois la luz del mundo». Imagen poderosa para expresar la identidad cristiana y la misión a la que hemos sido llamados. Imagen potente para que podamos comprender la grandeza de ser cristianos. Para ser luz. Si alguien nos preguntara hoy, y nos lo preguntan sin palabras, qué es eso de ser cristiano, podríamos responder con esta imagen, que nos llega del mismo Jesús: ser cristiano es ser luz en medio del mundo. A eso hemos sido llamados y en eso nos afanamos, con todas nuestras sombras.

Así lo expresamos en el rito del bautismo cuando se les dice a los padres y padrinos: «Recibid la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por la luz de Cristo, camine siempre como hijo de la luz». La luz es Jesús, en la que podemos encender nuestras vidas y podamos, así, ser luz en medio de la vida.

Para disipar oscuridades

Ser luz para disipar las oscuridades que entristecen nuestro mundo; nuestro pequeño mundo, cercano y cotidiano, el de todos los días; y el mundo grande, global que, tantas veces, nos deja sin aliento. Ser luz. Llevar un poco de luz a la oscuridad de mil cansancios, soledades, discordias, sinsabores de la vida, deshumanización de relaciones, etc.

Para ser una aurora para la humanidad

Y, si miramos la casa común, la tierra de todos, hacer posible la luz del día para una humanidad en la que mucha gente, muchos pueblos, viven en la oscuridad de la pobreza, la injusticia y el olvido. Nos lo ha dicho el profeta Isaías: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora» (Is 58,7).

Es cierto, hay personas que, por su modo de ser, por su etilo de vivir, por su humanidad, por su seguimiento fiel de Jesús, son luz para otros. Personas con un corazón grande, capaces de compadecerse del dolor ajeno, que ponen paz y concordia donde un día apareció el enfrentamiento,. que se hacen compañía donde apareció la soledad, que pierden de lo suyo para que ganen los desfavorecidos, que no se buscan a sí mismas, sino que buscan a los que se perdieron o perdimos, etc.

Es posible que luz de Cristo que la Iglesia encendió en nosotros, simbolizada en aquella vela del bautismo, la hayamos escondido debajo del celemín (debajo de las cosas, de las preocupaciones, de la inconsciencia, la costumbre, la falta de fe). Es posible. Por eso necesitamos volver a escuchar a Jesús, que nos dice hoy como entonces, con la misma fuerza: «Vosotros sois la luz del mundo». Escuchemos a Jesús. Seamos su luz en medio del mundo.


29/1/23: DOMINGO 4 DEL AÑO “A”

Sof 2,3-3,13 + 1 Co 1,26-31 + Mt 5,1-12

No vale decir que esto no es para nosotros

Conocemos el evangelio de la Bienaventuranzas, es un texto muy repetido, no en vano es considerado el texto programático para la vida cristiana. En primer lugar fijémonos que los destinatarios son tanto la muchedumbre que seguía a Jesús como sus propios discípulos. Los cercanos y quizá lo más lejanos. Así que esta Palabra también va dirigida para cada uno de nosotros en particular, sin importar dónde nos encontremos ahora mismo en nuestra relación con Jesús. Siempre su Palabra es personal. No vale pensar que no tiene ningún mensaje para cada uno de nosotros.

Muchas actitudes

Quizá la virtud de la templanza no sea muy difícil. Mostrar serenidad o mansedumbre ante las pequeñas dificultades de la vida. O quizá sí. Quizá podamos intentar ser misericordiosos, comprensivos, perdonar ante situaciones que ocurren en nuestra vida. Aunque en muchas ocasiones nada de esto es fácil. Pero esto de alegrarnos cuando nos insulten o persigan o calumnien ya es difícil, muy difícil. Es el mundo al revés. Muchos de nuestros contemporáneos pensarían que nos falta el juicio si hiciéramos vida estas palabras de Jesús en nuestras vidas: alegrarnos cuando nos maltratan. Además hay que añadir: trabajar por la paz y la justicia, buscar un corazón limpio, etc. Tomarnos en serio esta invitación de Jesús no es nada fácil.

¿Lo intentamos?

Dice san Pablo en la segunda lectura de este domingo que Dios ha escogido a lo necio, a lo débil de este mundo, a lo que no cuenta para descolocar a los que se creen importantes. Es verdad, nadie en este mundo nos va a aplaudir por ser humildes, misericordiosos, justos... pero ¿tenemos que vivir y actuar para contentar al mundo? Este camino de las Bienaventuranzas no es un camino obligatorio. Nunca es obligatorio seguir a Jesús, es más bien una propuesta de sentido para nuestra vida. Así que el que acepte vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas solo lo puede hacer por amor a Dios y confiado en la Palabra del Señor.

Jesús, el primer modelo

Si repasamos la vida de Jesús nos daremos cuenta de que Él ha vivido con su propia vida el espíritu de las Bienaventuranzas. Detrás de Él ha habido y sigue habiendo muchas personas que se han atrevido a seguir esta senda. ¿Quién de nosotros no conoce a alguna persona en la familia, entre los amigos, en la parroquia que sea serena, humilde, misericordiosa, pacífica? Nadie dijo que fuera fácil, pero el Señor nos invita a que lo intentemos. ¿Estaremos a la altura?


22/1/23: DOMINGO 3 DEL AÑO “A”

Is 9,1-4 + 1 Co 1,10-17 + Mt 4,12-23

La Palabra de Dios es viva y eficaç

Este domingo, por iniciativa del papa Francisco, celebramos en toda la Iglesia el «Domingo de la Palabra de Dios». Se trata de una jornada «para comprender la riqueza inagotable que proviene de este diálogo constante de Dios con su pueblo». La comunidad cristiana necesita revivir el gesto del resucitado que, al igual que a los discípulos de Emaús, «abre para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable». En definitiva, hoy es un día para celebrar, reflexionar y divulgar la Palabra de Dios.

El Resucitado nos da su Palabra y su Cuerpo

Cada domingo nos reunimos en la eucaristía en torno a Jesús resucitado. Necesitamos encontrarnos con Él y acoger su Palabra que orienta nuestra vida. Pero nuestro encuentro con Él no puede quedarse reducido a la misa dominical. Él nos habla en cada jornada, en cada situación y, también, en los acontecimientos, por eso necesitamos tener encuentros diarios con su Palabra, ya sea en la soledad de nuestra habitación o en la comunidad cristiana. La escucha diaria de la Palabra de Dios hace que nuestro corazón no quede frío y nuestros ojos estén abiertos a su voluntad.

Hoy se cumple la Palabra de Dios

«La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona». Dios nos habla para la vida, nos enseña a vivir hoy siguiendo los pasos de Jesús y a compartir con todos la alegría del Evangelio.

El oyente de la Palabra experimenta una sensación agridulce puesto que descubre la dulzura de quien comparte la Buena Noticia y, al mismo tiempo, vive la amargura de la incomprensión de quienes no la aceptan. Pero todos nosotros estamos invitados a descubrir la novedad constante de la Palabra de Dios y a «nutrirnos de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con los hermanos».

La llamada de Jesús es para nosotros

En el evangelio hemos escuchado la llamada de Jesús a sus primeros seguidores. Como un auténtico artesano va moldeando el grupo inicial que le acompañará siempre. No es una convocatoria masiva sino un «tú a tú». Es el comienzo de un aprendizaje que llevará mucho tiempo. Jesús quiere que los suyos (¡y nosotros!) conozcan al Padre Dios. Su grupo está formado por unas pocas personas sencillas y bastante diversas. Es el origen de la Iglesia, la gran familia que Dios nos ha regalado.

Hoy, Él también te llama a ti. ¿Le vas a responder?



15/1/23: DOMINGO 2 DEL AÑO “A”

Is 49,3-6 + 1 Co 1,1-3 + Jn 1,29-34

Hijos de Dios

Somos hijos de Dios. Hijos en el Hijo Jesús, nuestro Señor. Quizá no haya grandeza mayor que esta. Hijos, pero no por nuestros deseos o gustos, porque lo queramos así. Hijos elegidos desde siempre para vivir en plenitud, para ser servidores en camino. Ser cristiano es vivir atento a los demás, a los hermanos, ir aprisa a la montaña, buscar al que queda herido al lado del camino, servir a todos, hasta el confín de la tierra. Ser hijos no es lo que nosotros hacemos con Dios, sino lo que Dios Padre hace con nosotros, y dejarse querer, arropar y enviar para proclamar y dar testimonio de este Amor tan grande.

Caminando tras Jesús

Ser cristiano es vivir siguiendo a Jesús, caminar tras Él, aunque haya que coger la cruz de cada día, y asumir las exigencias que esto conlleva. Pero con la seguridad de que nuestro Maestro es en verdad el Cordero de Dios, el que se entrega total y definitivamente para darnos la Vida y la Salvación. Juan nos lo señala con claridad; este es el Cordero de Dios, que sirve, actúa, da la Vida para que todos tengamos vida. Y no lo hace solo: enviado por el Padre, ungido con la fuerza del Espíritu, y creando una comunidad que dé testimonio, que manifieste en el mundo que Él es el Hijo de Dios. De ahí nacen sus seguidores, la familia, la comunidad, lo que será la Iglesia.

Para cumplir una misión

Qué caprichos los de Dios, solemos pensar. Que Jesús sea enviado no es un capricho, ni que lo seamos cada uno de nosotros. Ya estaba, desde siempre, previsto que en la plenitud el tiempo Dios enviaría a su Hijo; y ya estaba también previsto que cada uno de nosotros seríamos enviados. Qué grandeza, hermanos. Isaías así nos lo dice: tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso (no cansado, ni decepcionado) y te he formado desde el seno materno para crear bien, unidad, luz de las naciones. Hemos sido creados por el Amor del Padre para una misión, para vivir creando y llevando a todos la Verdad y el Amor del Padre.

Que queremos elegir y cumplir

«No tenemos más remedio, hermanos». Aunque ser cristianos nunca es una imposición, ni es determinismo. No. Dios nos quiere libres, capaces de elegir y entregar la vida. Qué bien nos lo dice el salmo: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. No la nuestra, no, tu voluntad (que siempre es de bien, de entendimiento, de relación, de paz). Porque toda nuestra vida es esperar, y saber que Dios se inclina, nos escucha, mete su Ley en nuestras entrañas. Queremos proclamar con tu Gracia y Paz, Señor, tu Salvación.



8/1/23: BAUTISMO DE JESÚS

Is 42,1-7 + He 10,34-38 + Mt 3,13-17

En marcha

El primer verbo de nuestro evangelio implica movimiento, Jesús se ha puesto en marcha. Ha sido él quien ha decidido ir a buscar a Juan hasta el Jordán, Jesús no ha esperado a que Juan se desplazara hasta Galilea y lo fuera a buscar para recibir el bautismo. No, Jesús ha tomado la iniciativa. Esta escena va a marcar un cambio muy importante en la vida de Jesús y el evangelio nos demuestra que es el Señor quien se pone en movimiento. Evocando aquel otro camino por el desierto, en tiempos del Éxodo, en el que Dios guiaba a su pueblo, ahora es el mismo Señor quien se pone de nuevo en movimiento para presentarse hasta Juan.

¿Tan importante es el Bautista?

Juan administraba un bautismo para el perdón de los pecados, era un rito purificatorio que limpiaba de las culpas y restablecía la relación con Dios. Previo a este bautismo estaba la conversión sincera por parte del individuo. Sin embargo, llama mucho la atención que Jesús se presentará ante Juan, este asombro también lo vivió el propio Juan pues le dice a Jesús que las cosas tenían que ser al revés, que era él quien necesitaba ser bautizado por Jesús. De nuevo el asombro, de nuevo vemos cómo Dios trastoca los valores. La lección preciosa que nos da esta respuesta de Juan es que nos habla del anhelo del hombre que tiene necesidad de Jesús. Soy yo Señor quien te necesito a ti.

La respuesta de Jesús

Jesús habla poco en este evangelio, pero también sus palabras nos pueden sorprender. ¿Cómo tenemos que entender exactamente esa respuesta que le da a Juan, qué «justicia» es la que hay que cumplir? El estudio literario del evangelio de Mateo nos ofrece una respuesta. Cuando Mateo utiliza esta expresión en labios de Jesús se está refiriendo a que es necesario cumplir la voluntad de Dios. Ahora lo podemos entender mejor, Jesús le está diciendo a Juan Bautista que, aunque no entienda ahora que se fie, que tenga fe, que al final Dios solo puede querer nuestro bien. Y esta escena del Bautismo de Jesús está, sin duda, en los planes de Dios. El Bautista se fio rápidamente de la Palabra de Jesús y procedió a bautizarlo.

La voz de Dios

Es una frase breve, pero solemne. No hay ninguna duda de que es la voz de Dios Padre que presenta a la humanidad entera a su único hijo. Es su único hijo, a quien Dios ama y en quien Dios se complace, no puede haber definición más completa y luminosa de Jesús. Ahora todos debemos tener nuestros ojos y nuestro corazón fijos en este Hijo tan amado que Dios nos ha entregado.


6 de enero: LA EPIFANIA

Is 60,1-6 + Ef 3,2-6 + Mt 2,1-12

Epifanía

Estos días arranca el nuevo año y con la fiesta del Bautismo del Señor el próximo domingo, las celebraciones navideñas habrán terminado. Las ciudades se vaciarán de bombillas de colores y volveremos a la cotidianidad, dejando atrás los buenos ratos en familia, las cenas con amigos y compañeros, las compras y los regalos. Pero de estos días pasados hay algo que como cristianos no olvidamos: Dios se ha hecho uno de nosotros en Jesús de Nazaret, se nos ha manifestado y, como Luz, nos ha iluminado. Es aquello que simbolizan los tres Magos de Oriente, que llegaron a Belén guiados por esa Luz.

Nacido para todos

Estos tres Magos de los que habla el evangelista provenían de lejos, no eran judíos, y sin embargo sabían que Jesús había nacido también para ellos. A veces se nos olvida: Jesús nació para todos, como dice Pablo: también para los que no conocemos y de quienes recelamos. Por eso la Iglesia es tan diversa, está en tantos lugares distintos, y quiere decir la Buena Noticia a todos, por muy diferentes a nosotros que sean.

Buscado por todos lados

Porque muchísimas personas buscan a Jesús, aunque no lo sepamos. Quien busca la paz, la justicia y el amor está en pos de la estrella de Belén. No confundamos la experiencia de seguir a Jesús con banderas y señas, y menos aún con formas culturales o civilizatorias. Eso nos enseñan las comunidades cristianas de África, de Asia, de América, con sus catequistas. Ellas buscan intensamente el Evangelio, algo que en las comunidades de Occidente hemos olvidado. Dejemos que vengan de Oriente a recordárnoslo.

Encontrado en Belén

A Jesús se le puede buscar también en muchos lados, y dar muchos palos de ciego, pensado que está allí donde nos imaginamos que debería. Eso les ocurrió a los Magos. Eso mismo nos ocurre a nosotros, y a nuestra Iglesia, cuando acudimos a los palacios. Seguir la estrella significa sin embargo salir de casa sin rumbo propio, arriesgarse a llegar adonde no esperamos. A Belén: un lugar a los márgenes del mundo, donde nace el Hijo de Dios: al margen de todo poder y reconocimiento.

Adorado

Los cristianos, como los Magos, llevamos lo más preciado que tenemos allí donde Jesús se manifiesta, porque seguimos su rastro. Y puede que lleguemos al piso de una familia inmigrante a la que han cortado la electricidad, o al albergue de transeúntes, o al campo donde pagan tres euros la hora por recoger cerezas. ¿Quién sabe dónde? Pero allí, como esas tres figuras del belén que en los próximos días recogeremos de nuevo en la caja, estaremos para adorarle.


1/1/23: SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Num 6,22-27 + Gal 4,4-7 + Lc 2,16-21

Orígenes de la fe de María

María se inicia en la fe de la mano de sus padres. Según la tradición apócrifa, asumida después por la Iglesia, san Joaquín y santa Ana. De ellos recibe los rasgos que identifican la tradición religiosa judía: la identidad de Israel que va indisolublemente unida al acontecimiento del Éxodo, la visión que tiene del mundo tiene a Yahveh como centro, frecuencia en la oración, fiestas sociales con una fuerte carga religiosa...

¿Qué meditaría María en su corazón?

Puede ser un atrevimiento, pero al recitar el «Shemá»: «Escucha Israel: nuestro Dios es uno solo, amarás al Señor tu Dios...», no es arbitrario intuir que esa Palabra de la Ley conectaba con su identidad personal más íntima: SER ESCUCHA.

Escuchar y amar configuran la existencia de María y poco a poco el Espíritu Santo la va preparando. ¿Cómo? Concentrando toda su existencia en estos dos pilares: escuchar y amar. Más adelante se dará cuenta de que no tiene otra cosa que hacer más que escuchar y amar.

Contraste entre lo que escucha y vive

El texto del Evangelio de hoy nos recuerda que María, al ser visitada por los pastores (curiosamente un grupo considerado por el judaísmo oficial como «pecador»), y al escuchar lo que se decía de su Hijo, calla y medita en su corazón, es decir, en silencio. Pronto empezará a escuchar que la liberación de Israel ha de venir de la mano de la violencia contra los invasores. Por dentro, sin embargo, ella experimenta otra cosa. No busca explicaciones. Confía en Dios y se abandona en Él.

María, engendra al Príncipe de la paz

Y lo hace, en primer lugar, diciendo «sí» a la propuesta de Dios, el Dios de la paz. En segundo lugar, desde su situación, como mujer en el ambiente judío, que no pintaba nada. Si, además, vive en un medio rural, su trabajo se duplica. Dureza de existencia que ponía a prueba la fortaleza del cuerpo y, sobre todo, la de su psiquismo.

Cuando imaginamos que en ese ambiente no es posible la grandeza de espíritu, María viene a animarnos y ser testigo de que la vida interior se suscita cuando la persona sufre, asume su realidad y vive de fe, de esperanza y de amor.

De esa libertad interior y de esa grandeza de espíritu el Espíritu Santo engendra, en el seno de María, al Príncipe de la paz: Jesús de Nazaret, Mesías.

El estilo de Dios sigue sorprendiendo: porque el amor auténtico siempre es discreto, poco ruidoso y primariamente escuchador. Como se dice: «El amigo es como la sangre; acude a la herida antes de que se la llame»


25/12/22: NAVIDAD

Is 9,2-7 + Tt 2,11-14 + Lc 2,1-14

Dios elige bien dónde nace

¿Quién elige nacer en un pesebre? ¿Quién se conforma con la oscuridad de la noche? ¿Quién descubre, en una situación tan precaria, el amor de Dios? El nacimiento del hijo de María y de José no podía ser corriente... Dios había puesto su mirada en ellos para acoger en su seno a su Hijo, y ambos habían dicho que sí. Este nacimiento presenta un nuevo y original escenario. Nos cautiva el Dios bebé, recién nacido. Dios, en el pesebre, comienza a presentar las bienaventuranzas... felices los que acogen a este bebé, porque acogen al Hijo de Dios.

En los «pesebres» también hay vida

El pesebre no es el lugar de las personas. La posada estaba cerrada y Dios eligió nacer en un lugar que era inapropiado. Él nunca evita los lugares incómodos para estar cerca de la vida de las personas y de los pueblos. Hoy hay muchos lugares que no son cómodos, como las situaciones de sufrimiento, muchas de ellas inhumanas. Son los nuevos «pesebres». Pensadlo... porque están muy cerca de nosotros (¡quizá en nosotros!): enfermedad, soledad, problemas personales o familiares, desempleo, dependencias, desesperanza... También hay pueblos enteros que las padecen: violencia, falta de libertad, escasez de recursos, trata de personas... El mensaje es muy claro: Dios no evita las realidades de sufrimiento y sigue naciendo en los «pesebres». Felices los que sufren, porque Dios está con ellos.

¡Gloria a Dios! ¡Paz a los hombres!

Esta noche santa se abre el cielo y Dios viene a nuestro encuentro. Al igual que los pastores, nosotros recibimos hoy este gran anuncio: ¡Dios ha nacido y está con nosotros! Él nos da su paz, su amor, su gracia, su perdón... Hasta en los momentos más difíciles, Dios se hace presente. Abrid las puertas de vuestra vida para que Dios nazca en vosotros... porque Él está deseando hacerlo. Felices los que acogen a Dios porque nunca quedarán defraudados.

Como José y María

Nosotros, que hemos acogido la Palabra de Dios como María y José, también tenemos que buscar lugares para que Él nazca. Quizá, como a ellos, nos cierren las puertas y haya personas que no quieran recibir este nuevo nacimiento. En ese caso, buscad que Dios nazca en otros lugares y en otras personas. Él está deseando nacer en toda persona hoy. Hacedlo posible... así viviréis la Navidad más feliz y más grande. La Navidad de un Dios que sigue naciendo en nosotros e iluminando nuestra vida. Él es la auténtica felicidad.


18/12/22: DOMINGO 4 DE ADVIENTO “A”

Is 7,10-14 + Rm 1,1-7 + Mt 1,18-24

Se llamará Jesús

En los textos evangélicos descubrimos que es Dios mismo quien ha decidido qué nombre llevará su hijo. Se llamará Jesús. Así se lo hace saber el ángel a María: «Vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). Se trata del evangelio de la anunciación, de la primera gran noticia. Y hoy, así lo hemos escuchado en el relato evangélico, el ángel se lo hace saber a José: «José, no temas, María tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1,21).

Jesús es «Dios salva»

Dios ha decidido revelarse en su Hijo y ha querido hacerlo desde la elección misma de su nombre. Se llamará Jesús, pues ese nombre significa «Dios salva». El Catecismo de la Iglesia católica, nos recuerda que «el nombre de Jesús significa que el nombre mismo de Dios está presente en la persona de su Hijo, hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados» (n. 432).

Así pues, Jesús es «Dios salva». Esa es su identidad y esa es su misión. Y Jesús hará honor a su nombre durante toda su vida. Sus palabras, su estilo de vivir y sus gestos serán la manifestación de que, en verdad, Dios es salvación. Así lo experimentaban las gentes que le buscaban para escuchar sus palabras llenas de vida; y los enfermos que se acercaban a él para poder tocarlo porque sabían que transmitía una fuerza que sanaba; y los discípulos que, atraídos por su persona, habían dejado de lado su vida para vivir al lado de la suya.

Jesús, el único nombre que salva

La experiencia que vivieron junto a Jesús fue tan intensa que, después, afirmarán que el nombre «Jesús» es el único que trae la salvación: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,12). Jesús mismo nos invita a pronunciar su nombre cuando oremos: «Lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará» (Jn 16,23).

Orar pronunciando su nombre

Pronunciar con fe el nombre de Jesús puede significar, para cualquiera de nosotros, el inicio de una experiencia semejante a la que señala el evangelista Lucas, cuando nos cuenta que la multitud procuraba tocar a Jesús, «porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6,19). ¡Qué mejor oración que pronunciar con amor el nombre de Jesús! Pronunciar su nombre y quedarnos ahí, con la certeza de que él nos ha escuchado, se ha detenido y nos mira; y experimentar que su mirada nos salva.

Que María del Adviento, su madre y nuestra madre, nos enseñe a pronunciar el nombre de su hijo con el mismo amor que ella lo hacía.


11/12/22: DOMINGO 3 DE ADVIENTO “A”

Is 35,1-10 + St 5,7-10 + Mt 11,2-11

¿Eres tú el que tenía que venir?

Juan se preguntaba si Jesús de Nazaret era «el que tenía que venir». Estaba sorprendido por lo que-anunciaba y, sobre todo, por lo que hacía. Él, había predicado un bautismo de penitencia y conversión y, en cambio, Jesús invitaba a la gente entrar en el Reino: ya no era necesario subir a Jerusalén a ofrecer un sacrifico y tampoco era necesario sumergirse en las aguas del Jordán. Lo único necesario era acoger al Dios de la misericordia que pasa por nuestra historia aliviando el dolor de la gente abandonada.

Para salir de dudas, Juan envío a unos discípulos a que le preguntaran. La respuesta de Jesús fue sorprendente: «Contadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11,4). Y aquellos discípulos vieron cómo a los caídos en las cunetas de la vida se les ayudaba a levantarse y a caminar; vieron cómo los cansados recuperaban el aliento y las ganas vivir; y cómo, los excluidos por el sistema, volvían a tener un lugar en la comunidad social. Eso era lo que Dios quería. Para los pobres era la mejor de las noticias.

Jesús nos sorprende

Cada vez que nos adentramos en él Evangelio, Jesús nos sorprende. Nos sorprende porque nosotros preferimos creer en un Cristo «religiosamente correcto», un Cristo que no se complica la vida con nuestros problemas sociales; preferimos un Cristo «más del cielo que de la tierra», que interceda por nosotros; preferimos, tal vez, un «Cristo de pasarela», que deslumbre con su atractivo y su belleza; o tal vez preferimos quedarnos con un «Cristo Juez», que tenga en cuenta nuestras buenas obras y no se olvide de nuestros pecados.

Pero resulta que Jesús siempre es distinto y mayor que nuestros deseos y conveniencias. Jesús nos sorprende hoy y siempre, como sorprendió a Juan. Por eso, si le preguntamos: «¿Eres tú «el que tiene que venir?», él nos responde así: «Los ciegos ven, los cojos andan, etc.». Es decir, el que tenía que venir es el Jesús del Reino, el Cristo del Reino. Ese fue su proyecto, esa fue su causa y por ella vivió, se desvivió y murió. Y a ella nos llama.

El Reino de Dios nos reclama

«Id y contadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo» (Mt 11,4). Jesús nos llama a ser testigos y misioneros del Reino. El papa Francisco lo dice así: «el Reino de Dios nos reclama» (EG 180). El Reino nos reclama a desear un mundo más humano, más fraterno, más solidario, más justo; nos reclama a estar atentos y ver cómo nace y crece en los esfuerzos de tantas personas, por una mayor humanidad, solidaridad y dignidad. Todos los cristianos estamos llamados a preocuparnos por la construcción del mundo. Jesús nos llama.


8/12/22: La Inmaculada Concepción de María

Gen 3,9-20 + Ef 1,3-12 + Lc 1,26-38

En el principio fue la alegría

Al inicio del evangelio ya se nos anuncia que Dios es la mejor de nuestras alegrías: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Las palabras del ángel, dirigidas a María, también fueron dichas para cada uno de nosotros. Palabras que nos descubren que la vida cristiana es, sobre todo, una gracia, un don: sin esperarlo, sin merecerlo, Dios se ha acercado a nosotros y se ha puesto a caminar a nuestro lado. La experiencia creyente nos dice, en lo más profundo de nosotros mismos, que somos amados con un amor nuevo y sin límites. Es esta experiencia la que nos llena de confianza y de alegría.

No siempre supimos acoger la alegría

Sin embargo, no siempre hemos querido o sabido acoger esta buena noticia; no siempre hemos creído en las palabras del ángel a María; no siempre hemos experimentado la fe como una alegría profunda. Tampoco hemos sabido comunicar la fe como una experiencia que nos llena de alegría. ¿Cuándo ha sucedido o sucede esto? Siempre que nos encerramos en nuestras comodidades e intereses, sin abrirnos a la gracia que supone el encuentro con el Otro (Dios)` y` con los otros (cualquier ser humano); sucede siempre que nos aferramos a falsas imágenes sobre Dios y sobre nosotros mismos, imágenes ajenas e incompatibles con el evangelio de Jesús.

La alegría que surge de la fe

La alegría surge al sabernos en las manos de Dios, al sentirnos amados, acompañados y sostenidos por Él. Surge al vivir reconciliados y en paz con nosotros mismos y con el mundo; al vivir la vida en una confianza fundamental, integrando las tristezas y pesares, que siempre los hay; surge al abrir las puertas y salir hacia el encuentro con los demás, hacia los pobres, hacia los que necesitan de nuestra ayuda y compañía; surge cuando caminamos con Jesús hacia el Reino.

La alegría de las bienaventuranzas

La alegría evangélica es, la alegría de las bienaventuranzas, es la alegría de ser sencillos y pobres, pacíficos, solidarios, justo, constructores de humanidad, testigos de Jesús. El papa Francisco nos dice en la exhortación Evangelii gaudium: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el- aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás» (EG, 10).

Que María, la llena de gracia, nos ayude a acoger y vivir la alegría del evangelio de su Hijo. La alegría que ella misma vivió.


4/12/22: DOMINGO 2 DE ADVIENTO “A”

Is 11,1-10 + Rm 15,4-9 + Mt 3,1-12

Adviento

El Adviento es, sobre todo, un tiempo de esperanza, un tiempo de preparación que surge en la Iglesia, en un principio como tiempo para preparar la venida gloriosa del Señor, un tiempo que orienta a los cristianos hacia el retorno glorioso del Señor al final de los tiempos. Pero conforme se afianzó la celebración de la fiesta de la Navidad y empezó a cobrar importancia, el Adviento se presentó también como un tiempo para la espera gozosa de la Navidad. Este tiempo de esperanza, la Iglesia lo expresa en la liturgia a través de los textos proféticos inspirados por la espera de la venida del Mesías y sitúa como los grandes personajes de la liturgia del Adviento al profeta Isaías y a Juan Bautista.

Sobre él se posará el Espíritu del Señor

Así, hoy el profeta Isaías, en la primera lectura nos presenta la esperanza de Israel. En un tiempo donde, en Israel, las-autoridades civiles y religiosas se enriquecen a costa de los más pobres, el profeta anuncia la llegada de un descendiente de David que vendrá con la fuerza del Espíritu que le llenará con sus dones, el Espíritu que guio a los Jueces de Israel es el que traerá al Juez que cumplirá estrictamente la voluntad de Dios el juez que «no juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas». Así Isaías anuncia, a la vez, un futuro de justicia y derecho con la venida del Mesías.

Preparad el camino del Señor

Este futuro anunciado por Isaías, se hace presente en Jesús de Nazaret, anunciado por Juan Bautista en el desierto, Juan anuncia la llegada del que ya viene a instaurar el auténtico bautismo, no solamente un rito de conversión como el de Juan, sino el bautismo en Espíritu Santo y fuego. Para ello Juan está predicando la necesidad de preparar su venida mediante una auténtica conversión pues ya no valen privilegios, «Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras», ahora solo vale la conversión del corazón y desterrar la hipocresía para recibir el Reino de Dios que ya está presente en medio de nosotros. El precursor anuncia el juicio definitivo de Dios y con ello nos dice que es sumamente urgente un cambio para entrar en la salvación.

Iglesia precursora

A la luz de la predicación del Bautista podemos decir que también la Iglesia, hoy, es precursora de Cristo porque, aunque realmente el Mesías ya está en el mundo, la Iglesia tiene que llevar adelante este anuncio del Bautista, señalarlo como ya presente en medio de nosotros, así, cada creyente tiene que ser un precursor, con su vida y con su palabra, del Salvador que está ya cerca de los hombres y es necesario que alguien les anuncie que es así. Porque solo Jesús da sentido pleno a la vida humana.


30/11/22: FESTA DE SANT ANDREU

Lc 6,12-19

1 - Amb la pregària de la vigília al vespre encetem la festa de Sant Andreu i ens disposem, a viure una cosa molt important. És el mateix que feia Jesús "Quan a la nit se'n va a la muntanya a pregar" perquè l'endemà ha de fer una cosa molt important que és la crida als seus seguidors. I n'escull 12, i entre ells escull Andreu, perquè necessita persones que li mostrin no només la seva simpatia, sinó també la seva col·laboració.

2 - Jesús és conscient que hi ha una gran tasca a fer, cal anunciar la Bona Nova de l'amor de Déu (especialment als pecadors) i cal treballar també per a la supressió del mal en el món, perquè hi ha moltes persones que arrosseguen malalties o que han quedat presoneres del Maligne, i així es vegi ben clar que el Regne de Déu avança amb força i que el regne del mal va retrocedint poc a poc.

3 - És per això que Jc actua d'aquesta manera. Crida els Apòstols, però no pas per a fer un grup de selectes i privilegiats, sinó que els crida per a poder-los oferir una certa formació i enviar-los, tot seguit, a l'acció, predicant l'Evangeli i lluitant contra el mal.

4 - Andreu, ho sabem prou bé, fou dels primers a conèixer Jesús (i aviat va convidar d'altres a acostar-s'hi) i, després, va ser escollit apòstol pel mateix Jesucrist. I, malgrat les seves limitacions, no va defraudar Jesús: ja en vida de Jesús, moltes vegades, feia de pont entre les persones que s'interessaven per Jesús i la mateixa persona del Mestre, facilitant el contacte personal amb aquell Jesús que sempre estava envoltat de deixebles i que havia d'atendre una gran gentada del poble.

I, després de la Resurrecció de Jesucrist, Andreu va esdevenir un autèntic Apòstol, que va evangelitzar l'Orient i va acabar la seva vida amb el martiri. Màrtir vol dir testimoni i Andreu va donar testimoni de Jesucrist Ressuscitat amb unes paraules que ens han traspassat a nosaltres la Bona Notícia i amb uns fets, que li van costar la mort en creu.

5 - L'Apòstol Sant Andreu ha de ser per a tots plegats un motiu d'acció de gràcies, perquè hem rebut molt a través de la seva persona, i alhora ha de ser un exemple a imitar: acollint amb agraïment la crida que Déu també ens ha adreçat a nosaltres, i no pas a formar part d'una colla de selectes i privilegiats, sinó a col·laborar amb Ell, sentint-nos una mica apòstols, enviats a anunciar l'Evangeli als qui ara vivim a Sant Andreu de la Barca i a col·laborar amb la Parròquia en la lluita contra els mals i dimonis, que avui encara afecten a tantes persones del poble.

6 - Demanem, doncs, l'ajut del Senyor per la intercessió de Sant Andreu!


27/11/22: DOMINGO 1 DE ADVIENTO “A”

Is 2,1-5 + Rm 13,11-14 + Mt 24,37-44

Comenzamos un nuevo año litúrgico

Y lo comenzamos con el Adviento, tiempo de esperanza, en que se nos va a insistir en prepararnos para recibir al Señor que viene a nuestras vidas, el mismo Señor que vino hecho carne en el centro del tiempo y de la historia, el que vendrá con gloria al final de los tiempos que es el mismo que viene hoy a nuestras vidas en cada hombre y en cada acontecimiento. Con vistas a prepararnos a recibirle, la liturgia divide este tiempo en dos partes: una primera parte hasta el 17 de diciembre, donde se nos insiste en la venida del Señor al final de los tiempos, y a partir del día 17 nos dispone a celebrar la Navidad, la conmemoración de la venida del Señor, hecho carne en las entrañas de María.

Estad en vela

En este primer domingo de Adviento, la Palabra de Dios es clara: es una llamada a permanecer en tensión, a permanecer vigilantes: Estad en vela, estad vigilantes, son las advertencias que nos aparecen en el evangelio; pero ¿por qué? Y responde: Porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Esto, en un primer momento, nos causa miedo, incertidumbre; sin embargo, tiene que ser una palabra de ánimo, de gozo y, sobre todo, de esperanza, porque quien viene es Dios mismo que se ha hecho Dios-con-nosotros; por eso caminamos hacia el encuentro con Dios, que viene a nosotros en la persona de Jesús.

Es hora de espabilarse

Por tanto no podemos estar adormecidos; el Señor viene y tenemos que estar preparados para recibirle; tenemos que dejar las obras de las tinieblas y echar a caminar como hijos de la luz. Pero caminar como hijos de la luz es saber reconocer al Cristo que vendrá al final de los tiempos y que es el mismo que viene a nuestras vidas cada día, en la proclamación de su Palabra, en la celebración de la Eucaristía y también en la persona de nuestros hermanos. Por ello en este tiempo de Adviento que comenzamos hay que espabilarse, el día se echa encima, viene el que es la luz y se tiene que terminar nuestro caminar en tinieblas; tenemos que prepararnos para recibirle.

De las espadas forjarán arados

Caminar como hijos de la luz es caminar haciendo siempre la voluntad de Dios, siendo constructores de paz. El profeta Isaías nos presentaba esta visión del día del Señor como el día en que se destruirán las armas preparadas para la guerra. Así, los que hoy esperamos al Señor tenemos que ser constructores de paz en nuestro mundo, en nuestra sociedad, una sociedad donde reina la violencia. Pero la paz no puede construirse al margen de la justicia, pues ser constructores de paz en nuestro mundo supone buscar la justicia y el bien de todos los hombres nuestros hermanos; solo de esta manera podremos construir la paz y esperar la venida del Señor.

Tenemos, entonces, que vivir de verdad este tiempo de Adviento, sabiendo que caminamos en esta vida de forma provisional hacia la vida definitiva, y que esta vida está marcada por el encuentro con Dios y que nuestro caminar en la vida es un caminar en esperanza y un camino que no es un camino al margen de Dios, pues el Hijo del hombre que vendrá, es el que vino en la plenitud de los tiempos y es el que viene cada día a nuestra vida. El mismo que viene hoy a nosotros en esta celebración de la Eucaristía, hecho alimento para nuestro caminar.



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